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El llamado periodo de transición que terminará el 1 de diciembre con la toma de posesión de AMLO como presidente de la Republica, lejos de ser un periodo terso como lo pintan muchos, en realidad y pese a los esfuerzos de MORENA, se ha convertido en una prueba de resistencia frente a enormes presiones, por un lado de los empresarios y los medios de comunicación y por el otro de diferentes movimientos sociales, para que se acabe la política de conciliación de clases y se defina clara y concretamente en favor de quien gobernará.

La urgencia por una verdadera transformación y por políticas que realmente beneficien al 99% de la población mexicana ha convertido al periodo de transición en un momento para sacar a la luz todas las demandas pendientes del movimiento, exigiendo una posición del próximo gobierno frente a ellas. Es el caso de la Reforma Educativa, el Nuevo Aeropuerto, las desapariciones, entre ellas, la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, etc. 

Cada día, cientos de personas visitan la casa de transición en manifestaciones y llamados a que el nuevo gobierno atienda las demandas del pueblo. Aun sin asumir la presidencia, AMLO se ha visto obligado a posicionarse y dar respuesta ante varias de estas luchas aún en proceso.

Gracias a esa presión se ha conseguido, de momento, el compromiso de abordar y “llegar hasta las últimas consecuencias” en el caso de la desaparición de los 43 normalistas, poner límites a los sueldos de altos funcionarios, poner en marcha la reinstalación de los maestros cesados, etc.

A diferencia de otros gobiernos, el gobierno entrante ha tomado la actitud de escuchar y atender algunas de estas demandas, sin embargo, la política predominante sigue siendo la conciliación, que en muchos casos ha llevado a tolerar cuestiones de ilegalidad o mantener situaciones de injusticia social por más tiempo, por ejemplo, la consulta ciudadana por el aeropuerto que significa, bajo las condiciones actuales, poner a competir a los pueblos, jóvenes y trabajadores comunes contra las enormes fuerzas del capital y todos sus recursos económicos y mediáticos a su disposición para ver quién gana la opinión publica.

Ante cualquier mínimo gesto de simpatía y apoyo hacia los trabajadores, inmediatamente ha saltado la derecha y los empresarios con una campaña mediática que apesta a hipocresía, tratando de tomar los puntos más polémicos de los planteamientos de AMLO para lanzarse ferozmente contra el próximo gobierno. Durante este periodo los empresarios han demostrado una vez más que no están dispuestos a ceder en ninguno de sus privilegios.

Las presiones de la derecha combinadas con la falta de voluntad de AMLO de romper con ellas, han hecho mella. AMLO ha cambiado varias de sus posiciones de campaña para aparentar imparcialidad, lo cual es un paso atrás respecto a lo que los trabajadores esperaban con su voto por una transformación. Es por ello que dentro del movimiento muchos sostenemos la voz de no entregar un cheque en blanco al nuevo gobierno y no dejar de movilizarnos para contrarrestar esas presiones visibilizando las necesidades urgentes que tenemos la mayoría de la sociedad contra la minoría históricamente beneficiada por las políticas gubernamentales.

Desafortunadamente y como lo evidenciábamos desde el inicio de la campaña electoral, las presiones de derecha no sólo se encuentran fuera del gobierno de AMLO, sino también dentro, personajes como Romo (pro empresarios) o Ricardo Monreal y Martí Batres, que junto con la bancada morenista actuó como lo haría cualquier priísta acérrimo, con el otorgamiento de licencia a Manuel Velasco para volver a la gubernatura de Chiapas prolongando la represión y el mal gobierno de este odiado personaje, a cambio de hacerse de la mayoría en las cámaras. Estas artimañas parlamentarias son inaceptables, el camino que debe seguir un gobierno que se diga del y para el pueblo siempre debe ser en beneficio de este y no sacrificándolo, como todos los gobiernos lo han hecho.

El caso de Velasco no ha sido el único error del próximo gobierno, someter a consulta el NAIM y la reforma educativa antes que posicionarse claramente en contra de ellos y comenzar a echarlos abajo, es otro de ellos, así como dejar la decisión del próximo jefe de las fuerzas armadas en manos del mismo ejército. Esto último, refleja que pese a los esfuerzos de AMLO por mantenerse imparcial, esto no le es suficiente a la burguesía ni al Estado actual para darle una mínima confianza y dejar este aspecto clave en sus manos. 

La alianza con el PES rápidamente se hace agua y elementos extraños y desconfiables como Cuauhtémoc Blanco ya comienzan a generar inestabilidad a un gobierno que aún no se establece completamente. Por supuesto la derecha y un sector de la burguesía agazapada, ha aprovechado cualquier oportunidad para hacer gala de su hipocresía, señalando las incongruencias y los excesos del próximo gobierno, como en el caso de la lujosa boda de Yáñez o la renta de 180 mil pesos de la casa de transición.

Es fundamental señalar y romper con las tendencias y elementos que dentro y fuera del gobierno tratan y tratarán de evitar a toda costa que se gobierne para la mayoría, así como romper con los límites de la conciliación que pretende AMLO. En circunstancias de profunda desigualdad social no solo es insuficiente la conciliación sino que por la vía de los hecho perpetua esta desigualdad, es apremiante que el nuevo gobierno se pronuncie y actúe para beneficiar contundentemente a la mayoría históricamente olvidada y vulnerada frente a los intereses de la minoría rapaz que ha gobernado hasta ahora.

Hasta estos días AMLO goza de una popularidad del 69%, según una encuesta de El Universal, la mayoría de la población confía en que la actitud de AMLO y su gobierno mejorarán en cuanto asuma la banda presidencial pero AMLO se enfrenta a un país en crisis social, económica y política, no será fácil gobernar y hacer frente a las presiones y necesidades de un país saqueado y devastado. Sin embargo, medidas como la austeridad gubernamental o la guerra a la corrupción serán medidas importantes, pero insuficientes para afrontar los retos a resolver.

El futuro presidente no puede seguir mirando a la vieja estructura estatal, a las viejas clases poderosas para apoyarse en ellas, estos traidores son en los que se basó Lula, ahora encarcelado, no podemos tener ninguna confianza en la “mafia del poder”, en estos elementos incapaces de renunciar a su riqueza y privilegios. 

En 2006 miles de trabajadores, campesinos y soldados estaban dispuestos a tomar el poder a la orden de AMLO, la confianza en él aún hoy es muy grande, pero es más grande la disposición del pueblo para hacer una transformación de fondo que permita llevar una vida más digna, en este pueblo que resiste contra el saqueo, que es capaz de vencer al narcotráfico, que puede auto-organizarse para los cuidados de los niños y el medio ambiente, es en donde reside la verdadera fuerza sobre la que se debe basar la verdadera transformación.

La única alternativa para realmente llevar a cabo un gobierno para el pueblo, es tener un gobierno del pueblo, en donde no sean los Yáñez adinerados o los Romo los que guíen el rumo de este. En donde la seguridad nacional esté en manos del pueblo así como la fuerza parlamentaria, en donde los senadores y diputados se rijan por la revocabilidad inmediata, que tengan el salario de un obrero medio calificado y se aplique rotatividad de los puestos parlamentarios, para evitar que se gesten tendencias burocráticas. Los representantes deben estar al ras del pueblo, comprender su sentir y luchar por sus demandas porque las comparten.


Periódico de la Izquierda Revolucionaria

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