El gasolinazo del 1 de enero pasado ha dejado al descubierto la enorme fragilidad de la economía mexicana. Cualquier argumento urgido en los años recientes por parte de la burguesía, a propósito del supuesto bienestar económico que significarían contrarreformas como la laboral (2012) y petrolera (2013) y sus implicaciones positivas para la clase trabajadora, ha sido hecho añicos. Contrario a ello, lo que vemos hoy son síntomas que advierten sobre la eventualidad de un colapso económico de magnitudes similares o mayores al de 2009.

Largo estancamiento económico

Tras el magro crecimiento económico logrado bajo el gobierno de Zedillo (1994-2000) del 3.9%, la economía nacional ha experimentado década y media de estancamiento: en los dos gobiernos del PAN, Fox y Calderón, la económica creció un 1.9% respectivamente; y ya con Peña, el Producto Interno Bruto (PIB) obtuvo un desarrollo acumulado del 2.5 entre 2013 y 2016. Si bien a lo largo de los primeros cuatro años de la administración de Peña se ha presentado un pequeño repunte, la tendencia de estancamiento económico no sólo no se ha revertido, sino que ahora va acompañada de síntomas que auguran un futuro sombrío para México: en general se trata de un mediocre comportamiento económico que sólo ha permitido la generación de 2.6 millones de empleos en los últimos 4 años, cantidad muy lejana a la que se necesita para similar tan sólo al 1.4 millón de jóvenes que cada año se integran al mercado laboral. Durante ese mismo lapso, la pobreza entre la población pasó de 37.1 a 42.1%.

La economía de México pende de un hilo frágil, y las contradicciones no dejan de madurar: por ejemplo de 2012 a 2016 la inflación pasó de 3.57 a 4.8% y el peso se depreció respecto al dólar en un 53%, brincando de 13.13 pesos a los 22.15 pesos por dólar, tal como se cotizó el 11 de enero pasado. Además, las arcas del Estado está siendo seriamente estrujadas por la propia política de los gobiernos del PAN y del PRI, pues la contrarreformas energéticas de 2008 (Calderón) y 2013 (Peña) —responsables de la reducción de la plataforma de producción de PEMEX—, combinadas con la caída de los precios internacionales del petróleo, ha significado un descalabro de más de 57 mil millones de dólares para las finanzas públicas. Además la deuda externa se ha incrementado en un 157.2% entre 2009 y 2016.

Se profundiza el declive

Lo anterior ha generado pavor entre varios capitalistas nacionales y trasnacionales, quienes han optado por trasladar sus capitales a mejores destinos, siendo éste el caso de los 26 mil millones de dólares propiedad de mexicanos que durante 2016 se fugaron del país para ser depositados en el extranjero; lo mismo se puede decir de los 209 mil 507 millones de pesos invertidos originalmente por extranjeros en valores gubernamentales y que salieron del país en el primer semestre de ese mismo año.

Además, la Inversión Extrajera Directa (IED) de 2016 se colocó en 19 mil 733 millones de dólares, cantidad muy lejana al máximo histórico de 2013, cuando alcanzó los 35 mil 188 millones de dólares.

La búsqueda de refugios más seguros por parte de los capitalistas es un síntoma claro de pérdida de confianza. De continuar esa tendencia juntos con sus efectos colaterales (mayor inflación, devaluación aguda, merma de las fianzas publicas…) se podría llegar a un punto de inflexión en el que la cantidad se podría transformar en calidad, empujando a la economía mexicana del estancamiento al abierto colapso.

Destrucción de fuerzas productivas

Y es que existen síntomas alarmantes en la base productiva mexicana que sustentan la anterior aseveración, pues la producción industrial pasó del pírrico crecimiento de 1.0% alcanzado en 2015 al 0% logrado en 2016. De ese resultado a la abierta recesión industrial sólo hay un paso de distancia, pues las propias medidas para tratar de salvar al capitalismo mexicano de una nueva crisis, se están encargando de estrangular a la industria nacional.

El deterioro de la industria manufactura expresa la caída sistemática de las exportaciones totales mexicanas: -4 y -4.4% en 2015 y 2016 respectivamente; y para el caso particular de las exportaciones industriales la caída en éste último año fue del -6.14%. Pero la viabilidad de la planta industrial de nuestro país, también está siendo puesta en entredicho por las propias estrategias capitalistas que intentan paliar los efectos del estancamiento económico: por ejemplo, para pretender frenar la fuga de capitales, el Banco de México subió el año pasado las tasas de interés de 3.25 al 5.75%, encareciendo el dinero y poniendo en condiciones muy desfavorables a la industria para asumir sus obligaciones con los bancos y para poder acceder a nuevos créditos; también la inflación y los ataques especulativos contra el peso en 2016, sin contar mano de obra, incrementaron los costos de producción en un 11.2%. Además por su lado, Peña recortó en 2016 el gasto programado para la compra de bienes y servicios del sector público en 134 mil millones de pesos, traduciéndose ello en la cancelación de miles de contratos de adquisiciones con la industria.

Y todo ello antes del gasolinazo del 1 de enero pasado (¡!) Así pues, el incremento en un 20% a los precios de la gasolina, porcentaje que escalará aún más a mediados de febrero próximo, combinado con la demás variables económicas adversas (inflación, devaluación, escaso financiamiento, mayor estreches aún del mercado nacional dado el bajo poder adquisitivo de las familias trabajadoras, etcétera) podrían empujar a una franca recesión de la industria nacional, lastrando tras ella al resto de la economía, dado que se trata de un sector que lleva sobre sus espaldas al 25% del PIB mexicano.

El pobre papel de los EEUU

En última instancia la decadencia del capitalismo mexicano no es otra cosa más que la expresión del largo invierno de ya casi una década por la que atraviesa el capitalismo en todo el orbe; el capitalismo mexicano está acorralado y su posición en la división internacional del trabajo, le impide lograr alguna clase de recuperación, por pequeña que sea, al margen del ritmo económico del capitalismo mundial, en particular del caso de los EEUU, destino del 81% de las exportaciones de nuestro país.

Y a ese último respecto, las cosas no pintan bien para México pues durante los ocho años de la administración de Obama la economía yanqui creció en total apenas un 1.5%, por debajo del 2.1 logrado por los ocho años de su antecesor Bush. Pero ahora, además del pobre ritmo económico de los EEUU, el capitalismo mexicano se verá forzado a sortear las tendencias proteccionistas que serán estimuladas por la administración de Donald Trump, alejando más aún las expectativas de recuperación y acercando cada vez a nuestro país hacia una nueva recesión.

El serio retroceso que han sufrido las exportaciones mexicanas en los años de la administración de Peña por sí mismo indican que, en lo fundamental, la contradicción que rige la actual crisis capitalista no se ha debilitado y por el contrario sigue profundizándose: el mercado mundial sigue contrayéndose en relación a la cantidad de fuerzas productivas existentes, y eso a pesar de que estás han sido sujetas a un proceso de destrucción a escala global no visto en décadas. El caso de las exportaciones mexicanas no sirve como un estupendo ejemplo que ilustra fielmente esa realidad, pues sus resultados negativos se han dado al mismo tiempo que el peso ha perdió su valor en más de un 50%. Un balance formalista sobre la devaluación del peso arrojaría la conclusión de que al abaratarse el valor de la producción mexicana en el mercado mundial, inevitablemente aumentaría la demanda por sus manufacturas, impulsando sus exportaciones hacia el frente. Pero lo que ha sucedido es todo lo contrario y ahora la industria nacional está al borde del colapso. Entrado ya en ese escenario, el capitalismo mexicano tendrá que experimentar predicamentos aún mayores que lo ya existentes y en los que la burguesía no tendrá más remedio que lanzar ataques que harán palidecer al Gasolinazo.

Para mala fortuna de Peña, a diferencia de 1995 cuando el papel del imperialismo yanqui fue clave para sacar a México del colapso económico de ese año, en estos momentos la principal economía del planeta está desarmada para jugar el mismo papel que en aquel momento.

Lucha de clases

Peña es consciente de la posibilidad de un mayor deterioro económico y la forma en que ello podría trascender en la lucha de clases; la fuga de capitales y las caída de los ingreso del Estado dibujan frente a él, y el FMI, el impago de la deuda externa como un riesgo latente. Además las reservas internacionales acumuladas por del Banco de México registraron en 2016 decrecimiento: 5 mil 562 millones de dólares menos respecto a al resultado de 2015, rompiéndose así esa dinámica de casi década y media en la cual, año tras año, los resultados siempre eran positivos.

Las perspectivas para la economía mexicana han puesto a temblar a la burguesía y al gobierno de Peña, pero también los ha puesto a temblar la reacción de las masas desposeídas contra el gasolinazo. Nos encontramos en un momento en el que las contradicciones capitalistas y entre las clases están siendo llevadas a un nivel de presión pocas veces visto en la historia del país; pero las movilizaciones que hemos atestiguado a partir del 1 de enero pasado no son un hecho aislado, sino la continuidad y profundización de un proceso de lucha que se ha venido desarrollando desde el propio arranque de la administración de Peña Nieto, y que ha experimentado extraordinarios puntos de auge por medio de la huelga estudiantil del IPN, las extraordinarias movilizaciones por la aparición de los normalistas de Ayotzinapa y también a través de la lucha del CNTE.

En ese panorama de lucha de clases resulta inimaginable pensar que los ataques que se avecinan motivados por un mayor deterioro de la economía nacional, o de plano su colapso, no va a ser respondidos de manera extraordinaria por la masa trabajadora. Por el contrario, el panorama más probable dada la bancarrota del capitalismo mexicano es el de una mayor conflictividad entre las clases; en ese marco resulta doblemente la necesidad de levantar una bandera de lucha que pugne por un programa para el movimiento obrero que llame al derrocamiento del Estado burgués y la expropiación del gran capital.