Esta ofensiva ideológica no es nueva. Ni es nuevo que alguna de las concepciones económicas divulgadas por la burguesía sea aceptada por un sector de dirigentes de las organizaciones obreras, ni que esas ideas conduzcan a errores estratégicos de primera magnitud. Es precisamente el combate de Marx en el seno de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) —la I Internacional— por asentar la estrategia de la organización sobre unos sólidos fundamentos teóricos lo que le llevó a preparar dos intervenciones ante el consejo general de la AIT acerca de las propuestas defendidas por John Weston, miembro del Consejo y seguidor de las teorías de Robert Owen, uno de los máximos representantes del socialismo utópico anterior al desarrollo del marxismo, que proponía el cooperativismo como vía para mejorar la condición obrera.
Estas intervenciones fueron publicadas más tarde como folleto con el título de Salario, precio y ganancia, y exponen de forma concisa y con magistral claridad las ideas básicas de la concepción marxista de la economía. Constituyen una magnífica introducción a la lectura de El Capital y, a pesar del siglo y medio transcurrido desde su redacción, siguen siendo un texto fundamental para entender el funcionamiento del capitalismo y los caminos que se le abren a la clase obrera para luchar contra él hasta su total erradicación.

¿Qué ideas combate Marx en este folleto?

En sus propuestas a la AIT, Weston planteaba dos cuestiones cruciales. En primer lugar, afirmaba que la lucha por subidas salariales era inútil, ya que los capitalistas las compensaban con subidas de precios, de modo que finalmente el poder adquisitivo de los salarios no variaba. Y, asociada a esta idea, Weston proclamaba que la lucha sindical no solo era inútil en términos globales, sino que las victorias de los trabajadores en un sector provocaban inevitablemente daños de igual magnitud en los trabajadores de otros sectores productivos.
Probablemente Weston, carpintero de profesión, carecía de cualquier intención de obstaculizar el fortalecimiento de la AIT, pero la aprobación de sus propuestas hubiese significado un terrible paso atrás. Por ello, Marx se tomó un enorme interés en desmontar las falacias que subyacían en el pensamiento de Weston, empezando por la teoría del “fondo de salarios”, una idea tomada del pensamiento económico liberal. De acuerdo a esta teoría, la cantidad total que los capitalistas dedican a salarios es una cantidad fija en relación al capital total, de modo que las subidas salariales de un sector de trabajadores tienen que compensarse necesariamente con las bajadas salariales de otros. Y si los trabajadores, mediante la unificación de sus luchas, lograran una subida salarial generalizada solo conseguirían provocar una subida general de precios, de modo que la proporción representada por los salarios sobre el total del capital se mantendría invariable.
Marx explica que los salarios y los precios en modo alguno están en una relación directa. Ni las subidas de salarios provocan subidas inmediatas de los precios ni las subidas de los precios se traducen en incrementos salariales proporcionales. Lo que sí está en relación con la cuantía de los salarios, y precisamente en una relación inversa, son las ganancias de los capitalistas. Las subidas salariales en una empresa no disminuyen el salario del resto de los trabajadores sino los beneficios de los propietarios de esa empresa. Y las subidas salariales generalizadas hacen disminuir los beneficios del conjunto de los capitalistas, pero sin alterar los niveles generales de precios.

La teoría del valor

Marx no se limitó a poner de manifiesto las inconsistencias de Weston, sino que en sus intervenciones ofreció los elementos teóricos necesarios para la correcta comprensión del funcionamiento del capitalismo y para extraer las conclusiones prácticas que hicieran posible el avance de la organización internacional de la clase obrera.
La piedra angular de esta nueva concepción es la teoría del valor, que explica que el valor de una mercancía se determina por el tiempo de trabajo medio socialmente necesario para producirla, de modo que el precio no es más que la expresión de ese valor en dinero. Y aunque los precios de una mercancía determinada pueden oscilar en función de factores relacionados con las vicisitudes del mercado, la suma de los precios de todos los bienes y servicios equivale exactamente a la suma de sus valores.
Pero no todo trabajo, entendido como puro esfuerzo humano, es susceptible de crear valor. Solo crea valor el trabajo que forma parte de la división social del trabajo, es decir el trabajo que contribuye a la reproducción de las condiciones materiales de existencia de la sociedad. Y en una sociedad capitalista son precisamente los propietarios de los medios de producción los que toman las decisiones sobre lo que debe o no producirse, es decir, son los que definen lo que es o no “socialmente necesario”.
Sin embargo, los medios de producción por sí solos no producen nada. Necesitan de la acción de los trabajadores para generar riqueza. Los capitalistas resuelven esta necesidad comprando el derecho a utilizar durante un tiempo determinado las capacidades físicas e intelectuales de los asalariados, es decir, comprando su fuerza de trabajo, que se ve así reducida a la condición de mercancía. Y como tal, la fuerza de trabajo vale lo que cualquier otra mercancía: la cantidad de tiempo de trabajo necesario para reproducir el cuerpo vivo del obrero y su familia, y para cualificarlo para su oficio.

Plusvalía y beneficio capitalista

En este punto se plantea una cuestión básica. Si, tal y como defiende Marx, las mercancías se venden por su valor, y la fuerza de trabajo no es una excepción a esta regla, ¿cómo se genera el beneficio del capitalista?
Enfrentados a esta cuestión, los propagandistas de la burguesía explicaban que el beneficio se produce en el proceso de compra y venta de mercancías. Los capitalistas más astutos conseguirían vender mercancías por encima de su valor, y generarían así una ganancia.
La teoría de Marx destruye esta falacia, y explica que el beneficio capitalista nace de la capacidad de la fuerza de trabajo de generar mayor valor del que es necesario para su propia reproducción. De esta manera, en su jornada de trabajo el obrero produce un valor superior a lo que recibe en forma de salario, y este mayor valor, o plusvalía, es lo que el capitalista se apropia, ya sea directamente en forma de beneficio empresarial, o indirectamente en forma de renta del suelo o de interés del dinero.
Y precisamente porque es el trabajo de los asalariados la única fuente de riqueza, toda la dinámica del capitalismo gira en torno a las formas de incrementar al máximo la plusvalía, ya sea alargando la jornada de trabajo (lo que Marx llama plusvalía absoluta) o intensificando la explotación del trabajador de modo que cubra el valor de su salario en el menor tiempo posible y dedique la mayor parte de su jornada a producir plusvalía (la plusvalía relativa). Y puesto que la prolongación de la jornada tiene un límite natural (las 24 horas del día), los capitalistas optan por incorporar más y mejor maquinaria que haga al trabajador más productivo. Este hecho es lo que conduce a que la acumulación de capital sea más rápida que el incremento de la demanda de trabajo y, en consecuencia, Marx concluya que la tendencia general del capitalismo es bajar el valor del trabajo a su límite mínimo.

La importancia práctica de la teoría marxista

Esta conclusión, confirmada por la bajada masiva de salarios que se está produciendo ante nuestros ojos, es mucho más que un hallazgo teórico. Tiene una importancia práctica fundamental, ya que permite entender los límites del sindicalismo. El funcionamiento del ciclo capitalista está regulado por las leyes que rigen la acumulación del capital, y frente a esas leyes las mejores intenciones reformistas se estrellan y fracasan.
Pero de la teoría económica de Marx también se desprende otra valiosa conclusión: el capitalismo encierra las condiciones materiales y las formas sociales necesarias para su superación. Es la clase obrera la que encierra el potencial revolucionario que enterrará al capitalismo. La condición para que ello sea posible es que se dote de una organización revolucionaria y que fecunde su acción con las ideas del marxismo. Este libro ofrece una buena ocasión para profundizar en esas ideas y convertirlas en guías para la lucha que llevamos adelante cada día.


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