Se inicia una legislatura muy diferente a las anteriores. Mariano Rajoy ha sido investido Presidente del Gobierno otra vez, pero en esta ocasión gracias a la abstención de 68 diputados del PSOE que han perpetrado una traición sin paliativos a sus militantes, a su base electoral y social, a los trabajadores y la juventud del Estado español. El nuevo gobierno del PP, débil y cuestionado por todos los flancos, se enfrenta a un escenario político realmente complicado. Los acontecimientos vividos en torno a la formación del gobierno confirman la grave crisis del régimen capitalista español y abren una nueva etapa en la lucha de clases marcada, sin duda, por el regreso de una fuerte movilización social.

Convulsión en el PSOE

De nada ha servido que una inmensa mayoría de militantes socialistas se hayan pronunciado en cientos de asambleas por el NO y que más del 70% de los votantes del PSOE rechazarán la abstención en la investidura a Rajoy. Haciendo oídos sordos a este clamor, el Comité Federal del PSOE decidió entregar el gobierno al PP y abrir de par en par las puertas a nuevos recortes y más austeridad. Su acto pasará a la historia como una de las mayores capitulaciones de la socialdemocracia española.

La dirección golpista del PSOE, encabezada por los “barones territoriales” y Felipe González —pero dirigida por la burguesía, el Ibex 35 y la escuadra mediática a sus órdenes— ha hecho gala de un cinismo sin límites: niegan a la militancia el derecho democrático a decidir sobre un asunto de tanta trascendencia y exigen disciplina al grupo parlamentario socialista. Pero a pesar de todos estos llamamientos y amenazas, 15 diputados, entre ellos todos los del PSC, han votado No, y Pedro Sánchez ha entregado su acta de diputado planteando un desafío evidente al ala de derechas del Partido.

La decisión de Pedro Sánchez de renunciar a su escaño es cuestionable, pues se priva de un gran altavoz para dar la batalla al sector pro capitalista del PSOE y organizar las fuerzas de lo que podría ser una futura ala de izquierdas. Pero más allá de este gesto, sus declaraciones en el Parlamento horas antes de que se consumara la capitulación de los diputados socialistas, rechazando la estrategia de la Gestora golpista, exigiendo la convocatoria inmediata de un Congreso del Partido, y su llamamiento a “refundar el PSOE alejado del PP” y “devolver la voz a la militancia”, ha causado un enorme impacto entre miles de afiliados. Es un auténtico aldabonazo.

Pedro Sánchez se ha comprometido a recorrer todas las agrupaciones del PSOE para medir fuerzas y lograr un fuerte apoyo a su candidatura a la Secretaria General. Pero Felipe González, Susana Díaz, los barones territoriales, y detrás de ellos la burguesía, no han llegado hasta este punto para permitir ahora que Pedro Sánchez vuelva a ocupar la Secretaria General aupado por los votos de la militancia. Una dura y larga batalla está garantizada en el seno del PSOE, lo que será un factor muy importante a tener en cuenta de cara a los acontecimientos futuros.

Una capitulación histórica

Las caretas han caído de manera vergonzosa; atrás quedan las declaraciones demagógicas, las filigranas dialécticas de unos dirigentes “socialistas” entregados. La verdad es concreta. La abstención de los parlamentarios socialistas es todo un programa político, una decisión estratégica de enormes consecuencias, que define el grado de fusión que los actuales dirigentes del PSOE mantienen con la clase dominante. En la práctica significa la puesta en marcha de una “triple coalición”, entre el PP, Cs y PSOE como muy bien ha señalado Pablo Iglesias. Con esta abstención no se logrará “acabar con la obra del PP” o “hacer avanzar la agenda reformista”, como balbucearon patéticamente Eduardo Madina o Juan Ramón Jáuregui, sino perpetuarla y seguir infligiendo sufrimiento a millones de personas. Si los actuales dirigentes del PSOE cuando estaban en el gobierno fueron incapaces de romper con los dictados de la gran banca y la UE ¿lo van a hacer ahora que han entregado el gobierno al PP?

La burguesía ha sopesado mucho el paso que ha dado, pero finalmente se ha decidido por arruinar al PSOE y acelerar su pasokización, antes que sacrificar al PP y hacer estallar en su seno una crisis catastrófica (para la que están dadas todas las condiciones). Y ahí reside la gravedad de estos acontecimientos, pues la dirección socialista ha jugado un papel crucial en la estabilidad del capitalismo español a lo largo de las últimas décadas.

Es importante recordar que Felipe González y el aparato socialista se beneficiaron de las enormes reservas sociales del PSOE, de la memoria histórica de millones de hombres y mujeres que sufrieron la larga noche de la dictadura franquista, del crecimiento económico, y de una derecha que rezumaba franquismo por los cuatro costados. Pero más de tres décadas defendiendo los intereses de los capitalistas españoles e internacionales no han pasado en balde: reconversiones industriales y privatizaciones masivas, la entrada en la OTAN y en la UE, la guerra sucia en Euskal Herria, la intervención en las guerras imperialistas, los ataques a los derechos sociales y democráticos…ofrecen un saldo demoledor. La pérdida de credibilidad política del PSOE se ha ido desarrollando en los últimos diez años, acelerándose con virulencia al calor de la crisis económica.

“La tarea fundamental en estos momentos es desplazar la acción hacia el terreno de la movilización. La huelga general educativa del 26O organizada por el Sindicato de Estudiantes, ha sido un acontecimiento decisivo.”

No tiene ningún sentido culpar de esta deriva a uno u otro dirigente. La causa fundamental de la crisis actual del PSOE es política: en una época de decadencia orgánica del capitalismo las reformas sociales son eliminadas de un plumazo, las medidas de ajuste y recortes dominan, y la socialdemocracia se somete a ellas con todas las consecuencias. Lo hemos visto en Francia con Hollande, en Alemania con el SPD (formando parte de un gobierno de coalición con la CDU de Merkel), en Grecia con el PASOK, y en el Partido Laborista británico con los blairistas. En el Estado español la dinámica ha sido la misma: recortes, reformas constitucionales en beneficio de la banca, respaldo activo a un nauseabundo nacionalismo españolista que les ha llevado a una posición de marginalidad en Catalunya y Euskal Herria, por no hablar de su arrogancia como campeones de la gobernabilidad capitalista. Esta política ha colocado claramente al PSOE en el lado derecho de la foto. Pero la razón de fondo de que está percepción se haya hecho muy visible, hay que buscarla en los cambios profundos que se han producido en la lucha de clases y en la conciencia de millones de personas.

Reformismo o revolución

El giro a la izquierda entre la clase obrera y la juventud es el factor más importante en la crisis del régimen capitalista español, lo que ha hecho saltar por los aires el bipartidismo y roto la preponderancia del nacionalismo españolista. Sí, un giro a la izquierda que se ha cocido a fuego lento en una movilización social extraordinaria, cuyos antecedentes más cercanos hay que buscarlos en las grandes luchas contra la dictadura franquista de los años setenta. En el 15M, las huelgas generales, las Marchas de la Dignidad, la Marea Verde y Blanca (movimientos de masas en defensa de la educación y sanidad públicas), las grandes movilizaciones estudiantiles o las masivas manifestaciones a favor del derecho a decidir en Catalunya… millones de trabajadores, jóvenes y sectores amplios de las capas medias empobrecidas han dado la espalda al PSOE, pero también a la burocracia de CCOO y UGT.

El gran movimiento de masas de estos años ha reflejado cambios en la conciencia muy importantes. Uno de los rasgos de las luchas vividas ha sido su gran radicalidad y su carácter desafiante contra los aparatos burocratizados de la socialdemocracia y los grandes sindicatos, que han mantenido su estrategia de paz social otorgando constantes balones de oxígeno al PP. Esto fue lo que creó el espacio vital para que Podemos irrumpiera y se convirtiera en una alternativa a la socialdemocracia oficial. El desarrollo explosivo de la formación de Pablo Iglesias sólo se puede explicar a partir de esta gran conmoción social y de los elementos de ruptura con el sistema que esta movilización puso de manifiesto.

Que Podemos haya ganado la mitad de la base electoral socialista corona las tendencias fundamentales de la crisis agónica del PSOE. Pero la evolución de los acontecimientos plantea otros aspectos que hay que analizar cuidadosamente, sobre todo después de que la dirección de la formación morada abandonara descaradamente la lucha en la calle.

La dirección de Podemos pretendía ocupar el espacio de la socialdemocracia tradicional, pero a la vista de los hechos no han conseguido los objetivos deseados. Lejos de alcanzar nuevos éxitos electorales, el giro “institucional” —gestionando los gobiernos de las grandes ciudades sin romper con las privatizaciones y la lógica capitalista, o el abandono de los aspectos más avanzados de su programa para no “asustar”— ha mermado su base de apoyo entre sectores de los trabajadores y la juventud, y ha reducido considerablemente su nervio militante.

La crisis que ha estallado en el PSOE, y la que está desarrollándose en Podemos, plantea el debate fundamental que ha atravesado al movimiento obrero contemporáneo: reformismo o revolución. Para la socialdemocracia, exactamente igual que para muchos dirigentes de las nuevas formaciones emergentes de la izquierda, fuera del juego institucional sólo existe el vacío; reniegan del marxismo, acusándolo de ser incapaz de dar respuesta a los nuevos “desafíos políticos” del siglo XXI, pero cuando acceden al gobierno capitulan rápidamente ante las presiones y exigencias de los capitalistas. El ejemplo de Tsipras en Grecia es concluyente.

Las viejas disyuntivas vuelven a situarse en el centro del debate por qué los viejos problemas siguen sin resolverse. En esta época de recesión mundial, cualquier mínima reforma en beneficio de la población implica una dura lucha de clases. Los discursos parlamentarios son inútiles, las negociaciones y el espíritu de “consenso” impotentes para torcer la voluntad de los capitalistas. Enfrentarse a sus ataques con éxito requiere levantar un programa socialista basado en la movilización de masas. Ambas cosas son un tabú para la socialdemocracia oficial y muchos de los nuevos líderes que pretenden ocupar su espacio.

¡Impulsar la movilización de masas contra la derecha!

La investidura de Mariano Rajoy con los votos de los parlamentarios socialistas marca el carácter fraudulento e ilegítimo de su gobierno. Al precipitar la crisis del PSOE la burguesía buscaba la estabilidad necesaria para aplicar su agenda de recortes en las mejores condiciones, pero a la vista de los resultados el negocio no les ha salido precisamente redondo. Este gobierno será muy débil, sometido al tortuoso lance de tener que pactar con el PSOE y Cs los aspectos fundamentales de su programa de recortes, pero con un Partido Socialista sumido en una profunda crisis, sometido a la crítica furibunda de sus bases, sus votantes, y al desafío abierto de Pedro Sánchez. En definitiva, todo lo contrario a una situación de estabilidad política, que se verá comprometida también por unas perspectivas económicas sombrías.

Para complicar aún más las cosas, Podemos es un hervidero. Los cambios operados en el discurso de Pablo Iglesias en las últimas semanas han sido notables, pero no son ninguna sorpresa: al fin y al cabo, reflejan los procesos que se están dando en la lucha de clases y sus efectos en una formación tan inestable como Podemos. Pablo Iglesias aceptó durante un largo tiempo la estrategia de la desmovilización como una opción ganadora (basta recordar sus declaraciones tras las elecciones del 26J cuando hacía gala de que el trabajo parlamentario sería el eje de Podemos). Pero está comprobando que esta línea sólo favorece a la derecha, tanto dentro de Podemos como fuera.

La renuncia a una política de confrontación en la calle con el PP debilita a Podemos, y en consecuencia a la persona que representa mejor que ninguna otra a la formación, dando alas a un Iñigo Errejón más que dispuesto a dirigir con entusiasmo el giro a la moderación socialdemócrata y de paso reemplazar a Pablo Iglesias en el liderazgo. Por eso, las palabras de Iglesias cuestionando la “comodidad” del parlamentarismo, apelando a colocar la lucha en las calles como eje de la acción de Podemos, la defensa de la huelga general, e incluso la autocrítica realizada por la política del último periodo, indican la enorme presión de las masas y el temor ante los avances del sector de derechas de Podemos. A su vez, este lenguaje y estos llamamientos animan sin duda a la movilización social y dibujan las enormes dificultades que va a tener Rajoy para llevar a cabo sus pretensiones.

La tarea fundamental en estos momentos es desplazar la acción de la izquierda militante hacia el terreno de la movilización. La huelga general educativa del pasado 26O contra las reválidas franquistas, organizada por el Sindicato de Estudiantes y en la que los marxistas de Izquierda Revolucionaria hemos jugado un papel muy activo, ha sido un acontecimiento decisivo. Más de dos millones de estudiantes secundaron la huelga y 200.000 inundaron las calles de todos los territorios en más de 70 manifestaciones. Esta demostración de fuerza de la juventud de la clase obrera, prueba el ambiente que existe entre las masas, su disposición a la lucha y al combate. Ha sido la movilización más masiva en años, exactamente desde la gran marcha de la dignidad el 22 de marzo de 2014, y ha cambiado el panorama. Tres días después de la huelga estudiantil, la manifestación “Rodea en Congreso” en Madrid, también congregó a más de 100.000 personas, volviendo a poner en evidencia la necesidad de profundizar por la vía de la acción de masas.

La experiencia de estos años ha quedado grabada en la conciencia de millones. La credibilidad del PP y los golpistas del PSOE para hacernos tragar una nueva oleada de ataques a nuestras condiciones de vida es nula. Su margen de maniobra se ha reducido considerablemente, y el que les proporciona la actitud nefasta de la burocracia de CCOO y UGT con su política de paz social, también. Unidos Podemos tiene una oportunidad histórica de emerger como la fuerza dominante de la izquierda en el próximo periodo. Pero las oportunidades hay que materializarlas, hay que aprovecharlas, como Pablo Iglesias sabe muy bien.

Si Unidos Podemos adopta de manera inmediata el camino de la lucha, llamando al pan pan y al vino vino, la situación puede transformarse rápidamente en beneficio de los oprimidos. Pero no basta con hacer apelaciones abstractas a la Declaración de los Derechos Humanos, o a la democracia (en este caso capitalista), o gobernar grandes ciudades aceptando las reglas del juego del sistema y frustrando las ilusiones de millones. Unidos Podemos debe también dar un giro claro a la izquierda, defendiendo un programa socialista capaz de enfrentarse a la crisis capitalista con medidas efectivas: nacionalizando los sectores estratégicos de la economía (incluida la banca); defendiendo intransigentemente la sanidad y la educación pública (derogación de la LOMCE, el 3+2, las reválidas, los recortes presupuestarios…); el derecho a la jubilación a los 60 años con contratos de relevo, el fin de la precariedad y la subida del SMI; prohibiendo por ley de los desahucios y creando un parque de vivienda pública con alquileres sociales de verdad; eliminando la ley mordaza y defendiendo los derechos democráticos, incluyendo el derecho a decidir de Esukal Herria, Catalunya y Galiza. Este es el programa que puede transformar completamente el panorama político.

La lucha de clases en el Estado español ha entrado en una nueva fase, mucho más turbulenta que la que hemos vivido en estos últimos años. La crisis del PSOE y el enfrentamiento dentro de Podemos, la ilegitimidad del nuevo gobierno del PP, la frustración de las ilusiones electorales y parlamentarias, son una gran escuela de aprendizaje político. Esta escuela, y los grandes acontecimientos que están por venir tanto en el Estado español como internacionalmente, abren enormes posibilidades para construir una fuerte organización armada con las ideas del marxismo.

¡Únete a Izquierda Revolucionaria!


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