espada-simon-bolivar.gifComo decíamos al comienzo de este trabajo, en 2010 se cumplen 200 años del inicio de la revolución independentista en América Latina. Al calor del ejemplo de la revolución francesa que dio al traste con el sistema de producción feudal reemplazándolo por el capitalista, las masas latinoamericanas se rebelaron casi en forma unánime a lo largo y ancho del continente contra el imperio español de la época. El 19 de abril de 1810 comenzó el desconocimiento de la autoridad colonial en Caracas, un mes después, el 25 de mayo, se repitió la historia en Buenos Aires y el 16 de septiembre se produjo el Grito de Dolores en México. En poco tiempo toda la región era un hervidero revolucionario contra un sistema basado en la extracción de materias primas que sólo servía para mantener a una clase parasitaria y decadente en la metrópoli europea y dejaba muy poco para los pueblos de las colonias. La posterior guerra de liberación  dio a la historia de la humanidad grandes gestas heroicas donde se demostró el valor y el espíritu revolucionario de las masas mestizas de estas tierras.  En su mayoría, los líderes que encabezaron esta revolución continental, con Simón Bolívar como el más destacado de ellos, pronto comprendieron que la revolución no podía quedarse dentro de las fronteras de sus respectivas regiones, que si se quería triunfar había que extirpar el poder imperial de toda la América, extender la revolución a todo el continente, con lo cual, sin saberlo, estaban llevando a la práctica una de las tesis de la revolución permanente que desarrollaría casi un siglo más tarde, León Trotsky. “El triunfo de la revolución socialista es inconcebible dentro de las fronteras nacionales de un país. Una de las causas fundamentales de la crisis de la sociedad burguesa consiste en que las fuerzas productivas creadas por ella no pueden conciliarse ya con los límites del Estado, nacional…. La revolución socialista empieza en la palestra nacional, se desarrolla en la internacional y llega a su término y remate en la mundial. Por lo tanto, la revolución socialista se convierte en permanente en un sentido nuevo y más amplio de la palabra: en el sentido de que sólo se consuma con la victoria definitiva de la nueva sociedad en todo el planeta” (42). Aunque aquélla no era una revolución socialista, ni podía haberlo sido porque las fuerzas productivas de la época no estaban lo suficientemente desarrolladas para permitir un avance hacia el socialismo, tampoco es menos cierto que un revolucionario como Simón Bolívar, de no haber tenido una muerte prematura, daba indicios en su pensamiento de haber podido evolucionar hacia posiciones de socialismo utópico como sí lo hiciera su maestro Simón Rodríguez.  

 

El triunfo de la revolución independentista se alcanzó luego de casi dos décadas de guerra, pero la victoria militar no trajo aparejado el triunfo de las ideas bolivarianas. El trabajo que generó la enorme riqueza que durante tres siglos estuvo saliendo como una hemorragia constante de América Latina, y que contribuyó en gran medida al desarrollo del capitalismo europeo, provino de la salvaje explotación de millones de trabajadores esclavos, indígenas, negros, criollos pobres, los mismos que más tarde vertieron generosamente su sangre para que la revolución venciera, sin embargo, al igual que en la Francia revolucionaria, fue la naciente burguesía criolla, básicamente agrícola, la que se benefició del triunfo revolucionario para ocupar el espacio dejado por la aristocracia europea como clase explotadora. La nueva clase dominante, alentada por Inglaterra, principal potencia imperial de ese momento, se encargó de acabar rápidamente con el sueño de Bolívar y los otros líderes revolucionarios, de una América Latina unida en una sola y gran nación. El continente se dividió una y otra vez en decenas de pequeños Estados, con lo cual, también, se dividió a las masas latinoamericanas y se facilitó su dominación. Los antiguos esclavos se convirtieron en modernos obreros y campesinos igualmente explotados bajo condiciones extremas, condenados a ser eternamente pobres y a ver morir a sus hijos de hambre y enfermedad.   

 

Luego de 200 años de capitalismo la situación, en términos de explotación, no ha variado mucho para los latinoamericanos, posiblemente, esté peor que entonces. En ese tiempo Inglaterra cedió su poder imperial a los EEUU, quienes se convirtieron en la principal potencia capitalista mundial, y ya llevan más de un siglo haciendo uso y abuso de su “patio trasero”. Sin embargo, como lo explicara Carlos Marx a través del materialismo histórico, las sociedades humanas y los sistemas económicos no escapan a las leyes de la dialéctica. Hoy, tal como ocurriera a finales del siglo XVIII con el sistema feudal, el sistema capitalista agoniza y se hace imprescindible, para la supervivencia de la especie humana e, incluso, de la vida en el planeta, remplazarlo por un sistema socio económico superior: el socialismo. Como ya comentamos, el alto precio de las materias primas (alimenticias y energéticas) impulsado, en un primer momento, por el crecimiento de economías como la china, la hindú, etc., y luego por la especulación financiera, propiciaron, también, un crecimiento de las economías latinoamericanas, en general. Sobre este crecimiento se apoyó la política económica de los gobiernos nacionales para dar una sensación de estabilidad social. No obstante, aunque hubo crecimiento macroeconómico esto no mejoró la condición de las clases bajas, por el contrario, aumentó la desigualdad y la concentración del capital cada vez en menos manos. La crisis capitalista acabó de la noche a la mañana con esta situación y frenó en seco el crecimiento que en muchos casos se convirtió en recesión, agravando una realidad ya de por sí dura para las masas. Esta situación de crisis generalizada del sistema dominante ha reforzado el extendido y creciente deseo de cambio que vienen mostrando desde hace tiempo las masas del continente, he ahí la explicación para el auge actual que tienen las ideas revolucionarias en Latinoamérica, reproduciendo un ambiente muy similar al de hace 200 años y colocando a la región a la vanguardia de la revolución mundial. En aquella ocasión se luchaba contra el colonialismo europeo, hoy la lucha es contra el sistema capitalista y su brazo armado, el imperialismo norteamericano. Igual que en aquel entonces, la victoria pasa, como lo entendieron los libertadores, por la unificación de la lucha, por aplicar las tesis de la revolución permanente de Trotsky: la revolución para triunfar debe luchar por el socialismo y debe ser continental. Igual que en aquel entonces, serán los esclavos actuales, los obreros y campesinos latinoamericanos, quienes están llamados a dar esta batalla por la liberación definitiva.   

 

5.3.1) ¿Por qué aún no ha triunfado la revolución? 

 

trotsky1.jpgDecir aquí que las condiciones objetivas para la existencia de una situación revolucionaria, tal como lo planteaba Lenin, se hallan presentes en América Latina, es repetir algo que ya se ha dicho muchas veces en los últimos tiempos. Estas condiciones se han presentado en numerosas ocasiones a lo largo de la historia reciente de la región en los distintos países en que se encuentra dividida, pero, como comentábamos en el punto anterior, en muy pocas se han dado generalizadamente en todo el continente como está ocurriendo actualmente. Evidentemente, el hecho de que se encuentren de una forma generalizada no quiere decir que en todas partes tengan el mismo nivel de desarrollo, mientras en algunos países todavía están verdes, en otros, como Venezuela, de tan maduras podrían comenzar a podrirse, como dijera Trotsky en el Programa de Transición. Quién puede dudar que a la burguesía le está resultando sumamente difícil conservar su poder político, el cual, inclusive, ya ha perdido en algunos países como Venezuela, Ecuador y Bolivia, mientras en otros ha debido mimetizarse bajo gobiernos que se presentan como “progresistas” para continuar gobernando, y en donde gobierna abiertamente, como en Colombia, Perú o México,  debe recurrir con regularidad a la represión para controlar a unas masas que cada día le pierden más el respeto. La actual crisis capitalista sólo ha venido a resquebrajar aún más el ya de por sí debilitado poder de una clase dominante que siente como éste se le ha ido escapando entre los dedos. Por su parte, la clase media, merced a la degeneración acelerada que sufre el sistema capitalista desde hace un buen tiempo, se ha ido proletarizando paulatinamente, y hoy en día, se puede decir, que padece muchos de los males que antes eran exclusivos de la clase obrera, con lo cual, su habitual fidelidad a la burguesía también se encuentra en entredicho. Finalmente, la gran cantidad de conflictos sociales y laborales que han venido en aumento en la mayoría de los países latinoamericanos, producto de unas condiciones de vida que se han vuelto insoportables, unido esto a las revoluciones en desarrollo en Venezuela, Ecuador y Bolivia, al alzamiento popular en Honduras, etc., es un claro indicativo de que las clases explotadas han llegado al límite de su paciencia y se están rebelando a favor de un cambio social. Como decía Trotsky, las masas todavía no saben muy bien lo que quieren pero sí están claras en lo que no quieren.   

 

Con unas condiciones objetivas tan favorables, con un capitalismo agonizante a nivel mundial, con un imperialismo debilitado y empantanado militarmente en el Medio Oriente, con un espíritu y una disposición al combate de las masas como pocas veces se ha visto, al punto que hasta han desalojado del poder político a la burguesía en por lo menos tres países, con una poderosa clase obrera en movimiento que en numerosas partes del continente ha puesto a producir bajo control obrero las empresas cerradas por los capitalistas, se hace difícil de comprender el hecho que la revolución todavía no haya triunfado en América Latina. Y lo peor, parafraseando lo dicho por Trotsky respecto a la revolución española de los años treinta, es que las masas venezolanas, ecuatorianas y bolivianas, por sólo mencionar los puntos donde la revolución está más avanzada, han podido tomar el poder no una sino numerosas veces en esta última década. Sin embargo, esto no ha ocurrido y las causas no hay que buscarlas, como dicen sectarios y reformistas, en la baja conciencia de las masas, que se han cansado de demostrar hasta la saciedad que si algo les sobra es conciencia, sino en la falta del factor subjetivo que, también planteaba Lenin. Gobiernos reformistas se hallan al frente de las tres revoluciones que se desarrollan en este momento en Latinoamérica, cada uno con sus características particulares, pero todos con una concepción etapista que ralentiza la revolución hasta niveles sumamente peligrosos. Como hemos venido recalcando una y otra vez a lo largo de este trabajo, la falta de una dirección revolucionaria, con un programa y un método marxistas, ha privado hasta la fecha a los pueblos latinoamericanos de sacudirse de una vez y para siempre el sistema capitalista y encender la mecha de la revolución mundial. Después de más de 70 años de haber sido escrito por Trotsky, el análisis que éste hacía en el Programa de Transición de la situación de aquel momento, tiene hoy plena vigencia: “La situación política mundial del momento, se caracteriza, ante todo, por la crisis histórica de la dirección del proletariado…La economía, el Estado, la política de la burguesía y sus relaciones internacionales están profundamente afectadas por la crisis social que caracteriza la situación pre­-revolucionaria de la sociedad. El principal obstáculo en el camino de la transformación de la situación pre-revolucionaria en revolucionaria consiste en el carácter oportunista de la dirección proletaria, su cobardía pequeño-burguesa y la traidora conexión que mantiene con ella en su agonía…En todos los países el proletariado está sobrecogido por una profunda inquietud. Grandes masas de millones de hombres vienen incesantemente al movimiento revolucionario, pero siempre tropiezan en ese camino con el aparato burocrático, conservador de su propia dirección”.  No puede haber dudas, entonces, que en este momento la principal tarea de los marxistas revolucionarios debe ser dedicar sus mayores y mejores esfuerzos a la construcción de la dirección y la organización revolucionarias que permita a la clase trabajadora cumplir con su tarea histórica de acabar con el capitalismo y construir la nueva sociedad socialista, en América Latina y el resto del mundo.  

 

Notas: 

 

(42) La revolución permanente, León Trotsky


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