Durante muchos años, y hasta hace apenas unas semanas, Brasil era destacado en los medios de comunicación como un país capitalista modélico, con una economía en continua expansión, donde se estaba erradicando la pobreza y todo el mundo se estaba convirtiendo en “clase media”. Gracias a las sabias políticas de un gobierno articulado por una “izquierda moderada” se había logrado satisfacer los intereses de todas las clases sociales y proporcionar estabilidad política al país. Pero, justo en vísperas de la inauguración de la Copa de las Confederaciones, el primero de los grandes fastos preparados para mostrar el país al mundo, estalla un movimiento de masas que deja a los “analistas” totalmente descolocados y al gobierno y a la clase dominante, muy preocupados.

Subida del transporte, la chispa de un descontento muy profundo

La chispa de esta oleada de manifestaciones y protestas fue el aumento de 20 céntimos de real (0,07 euros) en el precio del billete de autobús en el área metropolitana de Sao Paulo, anunciado conjuntamente por el derechista gobernador del estado de Sao Paulo, Alckmin, y el alcalde del Partido de los Trabajadores (PT), Haddad. Así, una de las tarifas más caras del mundo, que obligaba a millones de trabajadores y estudiantes a desembolsar en el transporte una parte muy importante de sus ingresos, se incrementaba aún más. Detrás de las tarifas abusivas están los intereses de las concesionarias del transporte, un lucrativo negocio fuente tradicional de corrupción y financiación de partidos.
Las primeras protestas convocadas por el Movimento Passe Livre (MPL, Movimiento Pasaje Gratuito) fueron ridiculizadas por la prensa y reprimidas con saña por la Policía Militar, el cuerpo represivo heredado de la dictadura que jamás fue depurado y está acostumbrado a operar, sobre todo en barrios pobres, como en “zona conquistada”. El jueves 13 de junio, la represión fue especialmente brutal, sobre todo en Sao Paulo, donde se vieron imágenes propias de un escenario de guerra. Incluso periodistas de los grandes medios de comunicación fueron salvajemente atacados y denunciaron que las manifestaciones eran pacíficas hasta que la policía cargó.

La brutal represión no detiene la lucha

Lejos de desanimar al movimiento, la represión propagó una impresionante oleada de simpatía hacia la lucha y de indignación contra la represión policial. El lunes 17 de junio se producen las mayores manifestaciones de protesta social en Brasil de las últimas dos décadas, sobre todo en Río, Sao Paulo, Brasilia, Belo Horizonte y Salvador. En estas manifestaciones las reivindicaciones se amplían. Se protesta contra la represión, por el derecho a manifestación, por el alto coste de la vida, por los gastos en los grandes estadios y la corrupción generalizada, mientras la sanidad, educación y transporte públicos siguen en un estado lamentable.
Ante la amenaza de un movimiento que se ampliaba en extensión y participación, y siguiendo una directriz desde arriba, las autoridades de Sao Paulo y Río anulan la subida de tarifas (otras ciudades ya lo habían hecho), que había actuado como desencadenante de la protesta.
El día culminante hasta el momento fue el jueves 20 de junio, cuando más de un millón de brasileños ocuparon las calles, en un ambiente de lucha y también de celebración de lo que era interpretado como una clara victoria del movimiento. Al día siguiente la presidenta Dilma Rousseff comparece en la televisión para anunciar que los ingresos del petróleo irían a educación y sanidad, un referéndum para reformar la constitución y la retirada de una ley que limitaba el poder de los fiscales a la hora de investigar la corrupción. Veremos en qué se concretan las mejoras sociales anunciadas; en todo caso, para que se hagan efectivas la lucha y presión sobre el gobierno tendrá que continuar e intensificarse. Otros anuncios tienen la intención de desviar el protagonismo de la calle y situarlo en las instituciones. En todo caso, son un reflejo de la honda preocupación del gobierno y de la burguesía brasileña por el despertar de las masas.

Maniobras y provocaciones de la derecha

Una vez descartada la confrontación directa, la táctica fundamental de la burguesía, en estos momentos, es tratar de desvirtuar el carácter de izquierdas que sin duda ha tenido la protesta. Este cambio de orientación se vio sobre todo de cara a las mencionadas manifestaciones del 20 de junio a las que los principales medios de comunicación e incluso la patronal anunciaron su apoyo, con el objetivo de potenciar sus aspectos más inofensivos y difuminar su claro contenido de clase. En las manifestaciones de Sao Paulo y Río se produjo una infiltración policial masiva, vestida de paisano, con el fin de atacar los cortejos de las organizaciones de izquierda, e incluso a la gente que individualmente llevaba símbolos de izquierdas o banderas rojas, y aislarles de las manifestaciones. Esa intervención, perfectamente planificada, contó con el apoyo de bandas fascistas, aunque numéricamente agruparon a muy poca gente. Hay que denunciar esto con la mayor contundencia y defender la libertad de expresión dentro del movimiento, organizando si es necesario cordones de protección que defiendan las manifestaciones de los ataques de la policía. Evidentemente, estas provocaciones y maniobras de la derecha y del aparato del Estado no cambian para nada la naturaleza claramente de izquierdas y progresista que han tenido las protestas en Brasil, pero son una clara prueba de que los prejuicios antiorganización alimentados por determinados grupos que dicen simpatizar con el anarquismo y por determinados sectores que han estado impulsando las primeras manifestaciones, no hacen más que favorecer los intereses de la reacción.
Lógicamente, existe un sentimiento generalizado, sobre todo entre la juventud, que ha tenido un protagonismo muy especial en esta protesta, de gran desconfianza y recelo hacia la política oficial y también hacia la política desarrollada por la dirección del PT desde el gobierno, cediendo a los intereses de la banca, de las multinacionales, de los terratenientes y de la derecha. Pero toda esa desconfianza en la política burguesa y socialdemócrata tiene que encontrar el camino de la lucha organizada contra el capitalismo y por la transformación socialista de la sociedad, tiene que encontrar el vínculo con la lucha de la clase obrera y de los demás sectores oprimidos de la sociedad brasileña, para desplegar todo su potencial revolucionario.

El fracaso de la política socialdemócrata en Brasil

Las protestas del mes de junio en Brasil representan un profundo cambio en la situación política del país y del ambiente social. Uno de los gritos más sentidos en las manifestaciones era “el pueblo ha despertado” (oooooo, o povo acordou). Hasta ahora parecía que Brasil estaba al margen de los procesos que se estaban dando en Venezuela, Bolivia, Ecuador, Argentina y en la mayoría de los países de América Latina; o de procesos más recientes como el de Egipto o los que se están produciendo en Europa. Realmente esto no era así. La rotunda victoria del PT, que llevó a Lula a la presidencia en 2003, era un claro reflejo del deseo de las masas de un cambio social profundo y de una política económica radicalmente distinta a la practicada por los anteriores gobiernos de la derecha, completamente sumisos a los intereses de los grandes capitalistas nacionales y al poder financiero internacional.
Sin embargo, la política del PT, tanto con Lula, como más recientemente con Dilma, fue en una dirección contraria a la de un cambio profundo y a un enfrentamiento con el poder: se priorizó el pago de la deuda externa a costa de recortes y crecimiento de la deuda interna, se dio acceso a las multinacionales a los yacimientos de petróleo, se ha enfrentado con las reivindicaciones salariales de los trabajadores y ha continuado la represión a los campesinos sin tierra sin llevar a cabo la reforma agraria. Los recursos de la banca pública se han destinado a las grandes empresas y a financiar la creciente burbuja inmobiliaria, y en política exterior se produjo la intervención imperialista en Haití, continuando la defensa de los intereses de los capitalistas brasileños frente a cualquier amenaza de nacionalización en América Latina (Bolivia, Venezuela…).
Desde el primer momento, Lula utilizó toda su autoridad, acumulada en el pasado, de dirigente de los trabajadores contra la dictadura, para contener el movimiento, explicando que los cambios vendrían poco a poco y justificando los gobiernos de coalición con la derecha como “imprescindibles” y “tácticos”. Sin embargo, sólo en una coyuntura muy determinada, con un crecimiento económico basado en los altos precios de las materias primas exportadas y el aumento del crédito y el endeudamiento, se ha podido combinar la financiación de programas sociales para los sectores más depauperados (que no han resuelto en absoluto el problema de la pobreza y la brutal desigualdad) con los multimillonarios beneficios de la burguesía.

El capitalismo brasileño entra en crisis

Pero ahora el “milagro brasileño” está llegando a su fin (2,7% de crecimiento del PIB en 2011, 0,9% en 2012 y 0,6% en el primer trimestre de 2013). La devaluación de la moneda, por la salida de capitales que ya no encuentran la rentabilidad esperada, ha acelerado la inflación, que ya venía acumulándose desde hace años. Aunque los datos oficiales hablan de un 6,5% en el último año, productos básicos como la harina de mandioca han doblado su precio, y en abril estalló la “crisis del tomate” que obligó al gobierno a importar masivamente este producto para contener la inflación. El precio de la vivienda en las capitales ha alcanzado niveles insostenibles, obligando a los trabajadores jóvenes a alejarse más y más del centro y depender aún más del transporte público.
Al igual que ha ocurrido con los dirigentes del PSOE en el Estado español o del Pasok en Grecia, a los dirigentes del PT se les va a acabar abruptamente cualquier margen de maniobra: o con los intereses de la clase obrera y de los campesinos, o con los intereses de la oligarquía que domina el país. Lo que está claro es que estamos asistiendo a un nuevo despertar de las masas brasileñas y a una agudización de la lucha de clases que, tarde o temprano, llevará a este país de dimensiones continentales a una situación revolucionaria.


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