Una de las mayores manifestaciones de desigualdad en México es la discriminación hacia los pueblos indígenas, el total de esta población se cuantifica en poco más de 12 millones de personas, de las cuales 51.1% somos mujeres, y de acuerdo con cifras del INEGI éste es el único número en el que tenemos ventaja.

Todos los indicadores del INEGI que tienen que ver con derechos humanos básicos reflejan un poco de la realidad de la mujer, por ejemplo el 85% de las mujeres no tienen acceso a seguridad social, esta realidad aparentemente se contradice con las 47.8 millones de personas afiliadas al seguro popular, pero del que las comunidades más alejadas no reciben ningún beneficio. En los últimos años, se hizo una afiliación masiva que no corresponde a un aumento de presupuesto para dar el servicio. Otro indicador alarmante es que el 55% de las mujeres indígenas tiene rezago educativo, de esto se desprende toda la política de violencia de género contra la mujer indígena, mucho más marcada que con respecto a las mujeres que no pertenecen a un grupo étnico.

La arraigada cultura patriarcal, no permite a las mujeres indígenas experimentar una sexualidad plena debido a una moral influenciada por prejuicios religiosos principalmente, tan sólo basta con señalar que el 19.8% de las mujeres indígenas consideran que es su obligación tener relaciones sexuales con su marido aunque ellas no quieran, el 74.2% considera que una buena esposa debe obedecer en todo lo que su esposo ordene, el 85.7% considera que el hombre debe responsabilizarse de todos los gastos de la familia.

En cuestión de planificación familiar el método más utilizado por las mujeres indígenas en México es la esterilización por ligadura de trompas de Falopio. Es un dato que llama la atención, pues es indicativo de que no hay una orientación clara de los diferentes métodos anticonceptivos. Un caso indignante fue la campaña de esterilización forzada de mujeres indígenas, en Perú durante el gobierno de Pinochet y en México no menos indignantes, fueron las denuncias de mujeres indígenas que eran condicionadas con los programas sociales para usar métodos de anticoncepción. Este tipo de aberraciones fueron implementadas como parte de políticas públicas para disminuir los niveles de pobreza, como si ser indígena fuera sinónimo de pobreza cuando sus políticas públicas son las que han creado el ambiente de desigualdad.

Mientras las mujeres indígenas nos quedemos en ese mundo de dependencia y rezago educativo no hay manera de visualizarnos como personas libres emocional, social y económicamente.

Aunque hay un porcentaje de mujeres indígenas económicamente activas, somos apenas el 21.6% y dentro de este porcentaje el 25.3%, se emplea en servicios domésticos o personales, el 18.2% en actividades de la agricultura, el 15.0% se dedica a las artesanías, 12.9% sobrevive con el comercio, los empleos profesionales ni siquiera se menciona. Es una lamentable realidad que pocas mujeres indígenas lleguen a un nivel profesional por las condiciones de desigualdad en las que se encuentran nuestras comunidades: lejanas, educación básica deficiente, pobreza alimentaria, transporte público deficiente, escuelas públicas de nivel superior lejanas y con altos costos, desempleo, bajos salarios, etc. Parece una condena que las mujeres indígenas sólo podamos integrarnos al empleo informal, mayormente en trabajo doméstico y jornalero, pero no estamos dispuestas a aceptarlo, no por que no sean trabajados dignos, sino porque en primer instancia deben ser trabajos bien remunerados, con todos los derechos laborales, y además, por que las mujeres indígenas somos capaces de desempeñarnos en cualquier área como cualquier otra persona en condiciones justas.

Con el sólo hecho de ser mujer ya nos encontramos en desventaja con el rol de género que nos predetermina a ciertas tareas que tienen implícita la desigualdad salarial y prejuicios a nuestro desempeño en la sociedad. Pero el hecho de ser indígena es una carga más sobre nuestra persona, esa imagen ridiculizada por la televisión de las “paisanas” que llegan a la ciudad para emplearse en quehaceres domésticos y cubrir el papel de las mujeres que tienen la posibilidad de salir de sus casas a jugar otro rol, esas “Marías” que tuvieron que migrar de sus pueblos de origen, son una realidad para contribuir con la economía de su hogar mientras son solteras, pero que también están a la expectativa de encontrarse un marido proveedor que las mantenga, no porque queramos ser dependientes, sino porque se nos crea la idea de que si no cumplimos con esa secuencia seremos señaladas como las “quedadas”, en el mejor de los juicios, en otros, es una deshonra a la familia.

Retomando la migración de las mujeres indígenas, los que nos llaman de manera despectiva “Marías” no son capaces de comprender la dinámica de migración forzada a lo que nos atrae el capitalismo, somos educados de tal manera que no respetamos el origen étnico, afectando la identidad de esta población que por pena ya no viste los trajes típicos, que prefiere no enseñar el idioma nativo por temor a que se siga reproduciendo esa discriminación que de entrada juzga a las personas por su apariencia, obedeciendo a los estereotipos de belleza, en el que no cabe ser moreno. Se pierde entonces una identidad que ha permitido a los pueblos originarios organizarse en colectividad.

El segundo empleo demandado por las mujeres indígenas, es ser jornalera, sector laboral en el que los patrones actúan como terratenientes en el porfiriato, burlando todas las leyes posibles, las mujeres jornaleras hacen el mismo trabajo que los hombres por un salario menor, pero ambos en condiciones de esclavitud, con un salario mínimo que no pasa de los $100 pesos diarios y por lo tanto no cubre siquiera el 50% de los gastos del hogar en lo que denominan la “línea de bienestar”, son mujeres jornaleras que tuvieron que migrar de sus estados de origen, a estados como Sinaloa, Chihuahua, Baja California, entre otros, junto con sus padres, su familia e incluso solas, enganchadas con la esperanza de encontrar un trabajo que les prometía mejores niveles de vida, pero lo que se han encontrado es acoso sexual, explotación laboral, con jornadas de más de 12 horas al día en los surcos y extendida con las labores domésticas y más pobreza.

Somos la población con la que se hace tráfico de pobreza en cada periodo electoral, que por ignorancia, relacionada con la falta de acceso a medios de comunicación masivos veraces, por influencia religiosa, por falta de educación científica, de calidad, que nos permita entender la concepción del universo con toda su dinámica, para reconocernos como actores cambiantes con incidencia en los acontecimientos diarios; nos dejamos llevar por promesas a corto plazo de gobiernos paternalistas que nos darán migajas de nuestra riqueza nacional. El feminismo es un tema en boga de la clase política que maquillan con el salario rosa, por ejemplo, sabemos que el trabajo doméstico no remunerado genera ganancias al sistema capitalista, pero ese salario no es la solución para liberar a las mujeres de ese rol que nos encasilla. Para la mujeres jornaleras es una urgencia que las responsabilidades domésticas se socialicen para que no se vean obligadas a llevar a sus hijos a los surcos, primero porque no tienen con quién dejarlos y segundo porque el salario no les alcanza para mandarlos a la escuela. Es urgente que el Estado asuma el costo de guarderías, lavanderías y comedores públicos, educación gratuita de calidad, centros de recreación y esparcimiento y que se respeten todos los derechos de los trabajadores sin importar género, grupo social o etnia.

*Organización y lucha contra el acoso sexual. Castigo real a los responsables de todas las formas de violencia: violaciones, maltratos físicos y psicológicos, asesinatos y desapariciones de mujeres. Justicia a todos los casos de feminicidios, ¡Nos queremos vivas!

*Servicios de planificación reproductiva gratuitos y de calidad, acceso a la educación sexual integral así como a todos los controles de natalidad y anticonceptivos existentes.

*¡Detengamos la precariedad y la hiperflexibilidad laboral. Repartamos el trabajo entre todas y todos!

*Ninguna discriminación salarial o de prestación en el empleo entre hombres y mujeres. ¡A trabajo igual, salario igual! ¡Ninguna discriminación laboral!

*Castigo al acoso laboral, luchar firmemente contra quienes nos exigen favores sexuales para ascensos laborales.

*Abolición de leyes laborales y penales que discriminen a la mujer. Ninguna empresa debe negarse a contratarnos por estar embarazadas, cumplir con estándares estéticos, por color de piel, etc.

*Derecho a seis meses de permiso por maternidad para ambos padres, con goce de salario al 100%. Horarios de trabajo compatibles con la vida familiar y el ocio.

*Guarderías y escuelas infantiles públicas y gratuitas en cada colonia y/o centro de trabajo, que posibiliten compaginar empleo y maternidad y salarios familiares adecuados para cubrir el costo de la crianza.

*Fortalecimiento de la participación de las mujeres en las luchas sociales y sindicales. Creación de condiciones favorables para su participación en organizaciones de izquierda.

*Por una jornada de trabajo de 30 horas sin reducción salarial, con prestaciones y sueldo para una vida digna.

*Servicio de lavandería, comedores, tintorería, limpieza del hogar… público y gratuito para acabar con la esclavitud de las tareas domésticas. ¡NO AL DOBLE DÍA DE TRABAJO DE LAS MUJERES! Todos estos servicios deben ser atendidos por trabajadores en condiciones de trabajo dignas, bien remuneradas, con todas las prestaciones totales y con asignación de base.

*No hay capitalismo sin sexismo, racismo, homofobia, transfobia, etc. Por la unidad de mujeres y hombres oprimidos, trabajdor@s, jóvenes, indígenas, campesin@s pobres contra este sistema que sólo sirve a los intereses de una minoría de súper ricos.