El mundo se acerca a una guerra comercial de múltiples frentes a medida que la administración Trump despliega su política comercial ‘América primero’. Esta tiene en su punto de mira, tanto a los aliados cercanos a EEUU como a sus principales rivales.

El 1 de junio EEUU implantó aranceles del 25% a las importaciones de acero y del 10% a las de aluminio de la Unión Europea (UE), Canadá y México. Estos gobiernos inmediatamente prometieron represalias amenazando con aranceles a cientos de productos norteamericanos que van desde las motocicletas al licor.

Trump ha amenazado con nuevos aranceles del 25% a los automóviles y camiones importados. Este sería un golpe mucho mayor para Alemania, México y Japón que los aranceles al metal. Las importaciones de acero y aluminio de EEUU suman un total de 45.000 millones de dólares, mientras el valor de las importaciones de vehículos es de 208.000 millones de dólares. Para los gigantes alemanes del automóvil Mercedes-Benz y BMW el mercado estadounidense representa alrededor del 15% de las ventas globales. En el caso de Japón lo que está en juego es aún mayor, ya que uno de cada cinco automóviles que produce lo vende en EEUU.

Pocas semanas después de la retirada de EEUU del acuerdo nuclear con Irán y de la imposición de fuertes sanciones contra cualquier empresa que negocie con Irán, los primeros disparos de la guerra comercial de Trump están agravando enormemente las tensiones entre las diferentes potencias capitalistas.

Cuando los ministros de finanzas del G7 se reunieron el 2 de junio en Canadá, todos excepto el de EEUU, publicaron una declaración atacando los aranceles norteamericanos. “Aún tenemos unos días para adoptar los pasos necesarios para evitar una guerra comercial entre la UE y EEUU”, decía el ministro de económica francés Bruno Le Maire.

Punto muerto entre EEUU y China

Mientras tanto, la tercera ronda de conversaciones comerciales en Beijing en las que se pretendía alcanzar un acuerdo entre las dos economías más grandes del mundo, EEUU y China, terminó en punto muerto. Trump exige que China, “el verdadero objetivo de su guerra comercial” como dice Larry Elliot en The Guardian, recorte su superávit comercial con EEUU que actualmente asciende a 30.000 millones de dólares al mes.

China vende cuatro veces más a EEUU de lo que esta le compra. Pero aunque Trump culpe al “engaño”, esto refleja en realidad profundos cambios estructurales en la economía capitalista global, destacando el ascenso de China como la fábrica del mundo. El sector manufacturero chino es una vez y media más grande que el de EEUU.  El régimen chino también ayuda a financiar el gasto norteamericano depositando grandes cantidades de su plusvalía comercial en valores estadounidenses.

Mientras avanzan las negociaciones, amenazas y contra amenazas, acompañadas por una cascada de tuits contradictorios de Trump, ha quedado claro que más que el déficit comercial, el auténtico elemento de discordia para el gobierno estadounidense son las ganancias y planes tecnológicos de China para hacer su industria más competitiva.

No se puede descartar un acuerdo comercial entre Beijing y Washington pero en este momento parece lejano. Incluso aunque se llegara a un compromiso éste pronto se rompería.

Las últimas conversaciones revelaron un endurecimiento de posiciones. Luego siguió un aparente pero breve “avance” en la anterior (segunda) ronda de conversaciones en Washington en mayo, cuando ambas partes firmaron una declaración conjunta que no decía mucho pero pactaban que no se impondrían aranceles mientras continuaran las conversaciones. A su vez la parte china aceptaba aumentar “sustancialmente” sus compras de productos norteamericanos para reducir su superávit comercial, pero se negaba a poner una cifra específica. Fue el equivalente a un “alto el fuego” entre dos bandos, pero colapsó sólo nueve días después.

Cuando el secretario de comercio estadounidense Wilbur Ross iba de camino a Beijing para la tercera ronda de conversaciones, Trump renovó su amenaza de imponer aranceles del 25% por un valor de 50.000 millones de dólares a la “tecnología industrialmente significativa” de China. Un funcionario chino dijo al Financial Times que el giro de 180º de Trump era “inesperado pero tampoco una sorpresa”.

El comportamiento errático e impredecible de Trump es en parte una táctica deliberada para acumular presión sobre su oponente para que haga concesiones. Pero en Beijing, China se negó a ir más allá de las vagas promesas hechas en Washington en mayo a menos que la parte norteamericana diera garantías de que no aplicaría los aranceles.

Cómo hacer enemigos

Los representantes de Beijing también dijeron que se retirarían de las conversaciones si la parte estadounidense aprobaba aranceles u otras sanciones (con las que Trump ha amenazado desde el 15 de junio). Esto representa un endurecimiento de la posición china. En las conversaciones anteriores han dejado claro que están dispuestos a ofrecer concesiones a EEUU, especialmente están dispuestos a aumentar las compras de productos agrícolas norteamericanos y gas natural. Pero el movimiento de Trump de imponer aranceles a Europa, Japón y otros aliados, justo unas horas antes de las conversaciones en Beijing, sin duda envalentonó a la parte china para no dar su brazo a torcer.

La situación es extremadamente fluida e inestable. La UE y Japón tienen sus propias disputas con China, en gran medida haciéndose eco de la posición del gobierno norteamericano. El 27 de abril los embajadores europeos en China firmaron un informe criticando la firma de Xi Jinping de la Iniciativa del Cinturón y la Ruta de la Seda (BRI), un plan chino de inversión masiva en el exterior. Los embajadores dijeron que el BRI “va en contra de la agenda de la UE de liberalizar el comercio y empuja el equilibrio de poder a favor de las empresas chinas subvencionadas”.

El régimen chino está particularmente preocupado porque estos países formen un bloque con Trump contra él, pero la política del presidente estadounidense de disparar en todas direcciones, ha dado mayor margen de maniobra a Beijing.

Nacionalismo

Las presiones nacionalistas aumentan tanto en China como en EEUU. El régimen chino está preparado para hacer concesiones a Trump pero con la condición de que pueda disfrazar estas concesiones como un acto voluntario producto de la defensa de sus propios intereses. De esta manera, los acuerdos para comprar más productos estadounidenses el régimen chino  podría presentarlos  como un “aumento de la disponibilidad de productos extranjeros para la creciente clase consumidora china” y las concesiones acerca de reglas de inversión, propiedad intelectual y propiedad extranjera anteriormente cerrada a los sectores estatales, como una “profundización de la reforma y apertura económica de China”.

Una señal reveladora es que el régimen ha cerrado el mes pasado la web maoísta más famosa, Utopía, temiendo que pudiera actuar como un canal de la indignación nacionalista contra la “capitulación ante el imperialismo norteamericano”.

En EEUU, Trump está siendo superado en su propio juego “América primero” por los demócratas y republicanos en el congreso. Con sus ojos en las elecciones de mitad de legislatura del próximo noviembre y cada vez más entregados al populismo estilo Trump, políticos de ambos partidos capitalistas están intensificando la retórica anti-China y atacando cualquier signo de ablandamiento del equipo de Trump.

Los políticos de ambos partidos están detrás en el Congreso, de la legislación que impediría a Trump “rescatar” el gigante de telecomunicaciones chino ZTE, al que éste se comprometió el mes pasado ante de Xi Jinping. En abril, ZTE fue castigada con un embargo de siete años en la compra de microchips o software de EEUU como castigo por violar las sanciones norteamericanas contra Irán y Corea del Norte. El fallo equivalía a una sentencia de muerte sobre ZTE que utiliza componentes norteamericanos en el 90% de sus productos.

El senador Marco Rubio, un halcón republicano anti-China, pretende que hay una gran mayoría en el Congreso (lo que significa que Trump no podría utilizar su veto) favorable no sólo a bloquear un acuerdo sobre ZTE sino también a imponer prohibiciones similares en otras empresas tecnológicas chinas como Huawei. Estas presiones son ahora un obstáculo significativo para cualquier acuerdo que pretenda evitar una guerra comercial.

Reducción de 200.000 millones de dólares

En su campaña electoral de 2016 Trump defendió una reducción de 100.000 millones de dólares en el déficit anual con China. Desde entonces este objetivo se ha doblado hasta los 200.000 millones de dólares en los próximos dos años, algo que muchos analistas consideran irreal.

“La economía norteamericana simplemente no puede producir suficientes mercancías nuevas para que China las compre a corto plazo”, comentaba el economista Amitrajeet A. Batabyal. Las negociaciones comerciales EEUU-China se han centrado en la agricultura y la energía, dos sectores donde EEUU podría aumentar sus exportaciones a China. Pero el total de las exportaciones agrícolas norteamericanas el año pasado alcanzaron los 69.000 millones de dólares y las energéticas 150.000 millones de dólares. Para para mantener el déficit en esos 200.000 millones de dólares, se necesitaría que China importara casi todas las exportaciones estadounidenses de estos sectores.

En el sector tecnológico, donde China quiere aumentar sustancialmente sus importaciones y sus inversiones en empresas norteamericanas, el país asiático se enfrenta al bloqueo del gobierno de EEUU por cuestiones de ‘seguridad nacional’.

El régimen chino es reticente a acordar una cifra específica de reducción del déficit. Si fracasa podría ser utilizado por EEUU para incrementar el conflicto en una etapa posterior.

También hay preocupaciones políticas. A pesar de una maquinaria de censura y control sin paralelo, Xi Jinping tendría grandes dificultades para que el acuerdo no fuera visto como la consecuencia de haber cedido a la presión de EEUU. Se deterioraría su imagen de ‘hombre fuerte’, lo que es un activo político crucial para el régimen en su enfrentamiento con la oposición interna.

Modelos diferentes

Las crecientes tensiones entre EEUU y China van mucho más allá del comercio. La propaganda de Washington ha pasado del déficit comercial a las inversiones financieras y al supuesto robo de tecnología norteamericana por parte de China. Las negociaciones comerciales de Trump cada vez hablan más sobre la necesidad de “cambios estructurales”, el objetivo es el modelo económico capitalista del estado chino, el apoyo gubernamental a industrias clave y los muros contra la propiedad extranjera de empresas chinas.

El régimen de Xi ha ofrecido concesiones incluso aquí, por ejemplo aceptando levantar las restricciones de inversión en sus sectores financiero y del automóvil. Pero estas son medidas limitadas que no cambiarán la tendencia general de mantener e incluso fortalecer fortalecer las características de capitalismo de estado de la economía china. En realidad, si se intensifica la guerra tecnológica entre EEUU y China, el país asiático tendrá que recurrir, inevitablemente, al aumento de la intervención estatal para acelerar el crecimiento del sector tecnológico autóctono de China. La “independencia”  en el sector de alta tecnología fue el tema de un discurso clave de Xi Jinping el 28 de mayo, unos días antes de las negociaciones comerciales de Beijing.

En la batalla ideológica que se está desarrollando junto a los conflictos económicos y geopolíticos, el grupo dirigente de China cree que su ‘capitalismo de estado autoritario’ es superior al ‘capitalismo de libre mercado’ occidental. Esta idea se basa en el comportamiento de China desde la crisis global de 2008, manteniendo un crecimiento económico relativamente rápido mientras el capitalismo occidental se deslizaba hacia el estancamiento económico y la convulsión política. Estos ‘éxitos’ chinos han requerido sin embargo el estado policial más caro jamás construido y unos niveles de deuda sin precedente, que el régimen sabe que puede desencadenar una crisis financiera seria. Pero el argumento más fuerte que esgrime Xi Jinping en esta batalla entre estos dos modelos capitalistas, es el desastre económico que ya está experimentando el campo contrario.

Conflicto imperialista

Esta batalla ‘ideológica’ es un elemento más en la profundización de la lucha de poder imperialista a escala global y en particular entre EEUU y  China. Cada vez más, en el ámbito de la política capitalista estadounidense, se está llegando al consenso, especialmente en lo militar, de que ahora es el momento de hacer retroceder a China, el más poderoso de sus presuntos rivales.

Peter Navarro, asesor comercial de Trump y autor de ‘Death by China’, cargaba en el Financial Times (9 abril 2018) contra los avances tecnológicos de China y su gran plan de modernización industrial ‘Made in China 2025’. Este plan pretende dar a China el liderazgo global en tecnología de vanguardia como la robótica, tecnología de la información avanzada, motores de aviones, vehículos ecológicos y biofarmacia. Navarro señalaba que si se implanta el plan de China “EEUU simplemente no tendrá futuro económico”.

Las crecientes rivalidades imperialistas todavía se encuentran en la fase en que la principal arma para doblegar al contrario es la presión comercial, frente a la acción militar. Este es el legado de la crisis global que comenzó en 2008. Antes de la crisis el comercio global crecía dos veces la tasa del crecimiento global del PIB, pero desde entonces se ha estancado.

Un informe del Banco Mundial del año pasado mostraba que las seis principales economías del mundo adoptaron más de 7.000 nuevas medidas proteccionistas desde ese año 2008. EEUU y la UE encabezaban la lista con más de 1.000 medidas cada uno. La doctrina de ‘América primero’ de Trump es una nueva manifestación de un proceso que ya estaba en marcha.

Los marxistas señalamos que el libre comercio es en gran parte un mito ya que la mayoría del comercio está controlado por un puñado de grandes corporaciones.

En una sociedad socialista, con la economía planificada y controlada democráticamente por la clase obrera, las relaciones comerciales e internacionales también se desarrollarían sobre la base de la planificación democrática. Sería una palanca increíble para el desarrollo global de la economía ya que su crecimiento estaría orientado conscientemente para cubrir las necesidades de la población, mejorar las condiciones de vida de la mayoría y la protección del medioambiente.

Las sanciones comerciales de Trump como los aranceles al acero y el aluminio bajo la excusa de la “seguridad nacional”, están impuestas para eludir el sistema de la OMC y sus reglas globales. Irónicamente, este sistema en gran medida fue obra de los gobiernos estadounidenses en el pasado. Sin embargo, mientras se aleja de los principios del ‘libre mercado’ en el comercio, en la mayoría de las otras áreas políticas Trump impone una desregulación extrema como se vio en su reciente desmantelamiento de las regulaciones bancarias impuestas después de 2008.

Tensiones militares

En el siglo XXI el capitalismo norteamericano ha perdido terreno comparado con sus principales competidores globales. Tanto en términos económicos como geopolíticos a pesar del poder militar sin paralelo que ostenta EEUU. En varios documentos recientes del gobierno se desprende un sentimiento de crisis inminente. Un ejemplo es la Estrategia de Seguridad Nacional, publicado en diciembre, que explícitamente señala a Rusia y China  como competidores que han emergido para “desafiar el poder, la influencia e intereses de EEUU”.

La Estrategia de Defensa Nacional hecha pública en enero, afirma que “la gran competencia de poder, no el terrorismo, es ahora la principal foco de la seguridad nacional de EEUU”. Este tono beligerante, combinado con una disposición cada vez mayor a utilizar las sanciones económicas (aranceles) como un arma política contra rivales tanto China como sus ‘amigos’ de la UE, Canadá y Japón, marcan un giro histórico en la política estadunidense.

Para China representa el final de más de cuarenta años de relaciones relativamente buenas y estables con varias administraciones estadounidenses, republicanas y demócratas. Cary Huang en el South China Morning Post comentaba que Trump es “el primer presidente de EEUU que define específicamente a China como un ‘rival’ desde el viaje para “romper el hielo” de Richard Nixon a China en 1971”.

Los ideólogos de la línea dura anti-China como Lighthizer (representante de Comercio de EEUU) y Navarro, ejercen una influencia clave en la política comercial de Trump, también el recién nombrado asesor de Seguridad Nacional Bolton, es un conocido defensor del enfrentamiento con China y una “guerra preventiva” contra Corea del Norte.

La administración de Trump está aumentando su presión sobre China en otros temas no relacionados con el comercio. En el reciente foro de seguridad de Singapur, el Secretario de Defensa de EEUU Jim Mattis atacó a China por “intimidar y coaccionar” a vecinos con la militarización de las islas del Mar de Sur de China. Por la misma razón China fue expulsada en mayo de unas maniobras navales multinacionales a iniciativa de la administración Trump.

EEUU y sus aliados, Gran Bretaña y Francia, han anunciado más maniobras en las aguas en disputa en el mar del sur de China, apelando a la libertad de navegación.

Ambas partes están incrementado su juego en la zona. Recientemente China ha instalado un radar avanzado y equipamiento de vigilancia en dichas islas, que están bajo su control y ha estacionado en una de ellas un bombardero con capacidad nuclear.

Trump no es reacio a mezclar cuestiones geopolíticas como las del mar del sur de China y el estatus de Taiwán (China se opone a lazos más estrechos con EEUU o al apoyo militar a la isla), con temas económicos, utilizando uno y luego otro para negociar. Esto añade inestabilidad global y aumenta los riesgos de una escalada. Aunque Beijing esté dispuesta a hacer concesiones en temas comerciales, considera Taiwán y el mar del sur de China como “líneas rojas” que no se pueden cruzar.

La crisis capitalista y sus creaciones políticas como Trump, y el “nuevo emperador” de China, Xi, están desestabilizando el mundo.

 Los marxistas insistimos en la necesidad de que el movimiento obrero actúe y hable de manera independiente, que no sea estafado por una banda capitalista nacional u otra. Nuestra alternativa es la propiedad colectiva de los medios de producción para que la economía pueda ser planificada democráticamente por la clase obrera y de esa forma acabar con el caos y el desgobierno capitalista.


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