¡Hay que impulsar la movilización de masas contra la reacción españolista!

La rebelión del pueblo catalán el pasado 1 de octubre colocó contra las cuerdas al régimen capitalista español y al gobierno del PP, abriendo una crisis revolucionaria en Catalunya. La respuesta de la reacción no se ha hecho esperar: utilizando todos los medios a su alcance, y con el monopolio absoluto de los medios de comunicación y del aparato estatal, han lanzado una rabiosa campaña de nacionalismo españolista para movilizar a su base social.

La manifestación del domingo 8 de octubre en Barcelona, convocada por una organización de credenciales derechistas, Societat Civil Catalana, respaldada por el PP, Ciudadanos, numerosos grupúsculos fascistas, y a la que se sumaron dirigentes del PSOE y del PSC, agrupó a 400.000 personas, muchas de ellas venidas de fuera de Catalunya. Una cifra muy inferior a las movilizaciones históricas del 1 y del 3 de octubre, que sacaron a las calles a millones de jóvenes, trabajadores y ciudadanos catalanes para ejercer su derecho democrático a decidir y contra la represión policial.

La lucha de clases en Catalunya y en el Estado español ha entrado en una fase decisiva. La alianza tejida desde la monarquía, la judicatura, la policía y el Ejército, con el PP, Ciudadanos y la socialdemocracia de Pedro Sánchez, se ha visto reforzada en las últimas jornadas por la burguesía catalana que ha cerrado filas contra las aspiraciones del pueblo catalán. La presión de estos días está siendo tremenda, el ruido es ensordecedor y, aún así, la reacción españolista, que defiende los intereses de la oligarquía capitalista, del Estado heredero del franquismo, de lo más rancio y atrasado de la sociedad española, no ha sido capaz de ganar para su causa a la mayoría del pueblo, y mucho menos a la clase obrera.

No obstante, la confusión en estos momentos es grande. Y lo es por la ausencia de una dirección de izquierdas que plantee una posición de clase para dar una salida a esta crisis revolucionaria en beneficio de la mayoría de la población. La cuestión nacional catalana se ha convertido en una poderosa palanca para la transformación social, no sólo en Catalunya sino también en el conjunto del Estado. Es algo que la burguesía, española y catalana, entiende perfectamente y por eso han unido sus fuerzas contra la proclamación de la república catalana. Por el contrario, la izquierda parlamentaria o bien ha claudicado abiertamente ante la derecha, como es el caso de la socialdemocracia, o bien hace llamamientos al diálogo y a un “referéndum pactado y legal” con el mismo Estado y el mismo gobierno que envuelto en la bandera rojigualda planifica una nueva oleada represiva.

En estos momentos cruciales es urgente levantar una alternativa revolucionaria de izquierdas para combatir a la reacción españolista y ayudar a las masas catalanas a conquistar la república.

Una crisis revolucionaria

El 1 de octubre millones de ciudadanos pacíficos, familias enteras y, destacando por derecho propio, la juventud, resistieron de manera ejemplar la brutal represión de miles de efectivos de la policía nacional y guardias civiles, enviados por el gobierno del PP para aplastar el derecho a decidir de todo un pueblo. Viviendo escenas propias de una dictadura, los efectivos policiales se abrieron paso con una violencia extrema y a martillazos para desalojar colegios electorales, y robar urnas enseñadas como trofeos. Aquella jornada pasará a la historia de la llamada “democracia” española como un acto de barbarie autoritaria. Pero lo más importante de aquel día no fue la crueldad policial saldada con cerca de 1.000 heridos, sino la imagen ofrecida por un pueblo sin miedo, decidido a luchar hasta las últimas consecuencias, y que ha protagonizado un movimiento revolucionario sin precedentes en cuarenta años.

La participación de más de dos millones de personas en la votación del 1 de octubre representa un triunfo sin paliativos de la voluntad popular, mucho más teniendo en cuenta que se produjo en medio de un estado de excepción policial. Pocas veces hemos asistido en la historia reciente a un ejercicio de democracia directa tan elevado y generalizado como el acontecido el 1 de octubre, arrojando un resultado aplastante a favor de la república catalana.

A la jornada del 1 siguió la gran huelga general del 3 de octubre, y la movilización en Catalunya fue tan masiva que sólo hay un precedente histórico de algo similar: cuando las masas del pueblo y los trabajadores de Catalunya se lanzaron el 18 y 19 de julio de 1936 a combatir el golpe de Estado fascista, y lograron desarmar tras horas de batalla enconada a las fuerzas reaccionarias. Aquel triunfo abrió las puertas de par en par a la revolución socialista en territorio republicano, creó organismos de poder obrero, milicias, colectividades y amenazó el orden capitalista en toda Europa.

El movimiento de las masas catalanas en defensa de sus derechos democrático-nacionales, por la república catalana, contra la represión del Estado centralista y las políticas de la derecha españolista, han creado una crisis revolucionaria en Catalunya. Una crisis que apunta a la línea de flotación del régimen político que la burguesía española levantó en los años setenta con la colaboración de las direcciones reformistas de la izquierda (PCE y PSOE y los sindicatos). Y es necesario señalar lo que pasó en ese momento, ahora que desde sectores de la izquierda se habla con profusión del agotamiento de ese régimen a la vez que se ofrece como alternativa las banderas blancas, el diálogo y la conciliación.

Entre 1976 y 1978 los políticos de la dictadura franquista reconvertidos en “nuevos demócratas”, del estilo de Martín Villa, Adolfo Suárez y muchos otros, siguiendo las directrices del gran capital español e internacional, llegaron a un acuerdo con Felipe González y Santiago Carrillo para abortar una situación revolucionaria, en la que la clase obrera y la juventud de todos los territorios pusieron contra las cuerdas a la dictadura y al capitalismo. Este gran pacto, o esta gran traición según el punto de vista de clase con el que se mire, supuso un reconocimiento legal de una parte de las libertades y derechos democráticos que ya habían sido impuestos por la movilización popular, a cambio de que la burguesía española recobrara el control de la situación y se aceptara el régimen monárquico impuesto por Franco.

El régimen del 78 consagró formalmente la “monarquía parlamentaria”, pero se construyó sobre una ley de punto y final que garantizó la impunidad de los crímenes del franquismo, permitiendo que el aparato del Estado, la judicatura, las fuerzas policiales y militares siguieran en manos de los reaccionarios de siempre. La Constitución que le dio consistencia legal garantizó la economía de “libre mercado” y el poder incuestionable de los capitalistas, negando el derecho de autodeterminación de Catalunya, Euskal Herria y Galiza. El texto constitucional tuvo que reconocer el llamado Estado de las autonomías, pero también consagró la máxima de la dictadura: España, una, grande y libre, la unidad de la “Patria” mediante medidas de excepción (el artículo 155) y el recurso a la violencia del Estado. Los argumentos de las direcciones reformistas de la izquierda para aceptar aquel “acuerdo” fueron los que siempre se utilizan en una situación revolucionaria para justificar el derrotismo: el “ruido de sables”, la amenaza golpista y una “correlación de fuerzas” desfavorable.

La opresión nacional. La posición de la izquierda reformista y de los marxistas revolucionarios

Transcurridos estos días decisivos, sólo se puede concluir que la dirección del PSOE se ha pasado con armas y bagajes al campo de la reacción. Pedro Sánchez se ha arrastrado detrás de Rajoy respaldando todas sus medidas y, aunque apele al diálogo, en la práctica está contribuyendo a que el chovinismo españolista se siga propagando. Dentro del PSOE, los sectores que combatieron a Pedro Sánchez en las primarias están reclamando a gritos mano dura, como han hecho con su infamia habitual Alfonso Guerra, Felipe González o Rodríguez Ibarra, entre muchos. Pero aquellos que han intentado modular su posición, como los líderes del PSC, también se han pasado en la práctica al otro lado de la barricada: no sólo han recurrido al constitucional para que suspenda la sesión del Parlament de Catalunya e impedir la proclamación de la república catalana, han llamado a participar en la manifestación españolista de Barcelona.

Por sus hechos les conoceréis. El PSOE de Pedro Sánchez ha frustrado cualquier esperanza de giro a la izquierda tras su triunfo en las primarias. ¿Cómo se puede pretender aparecer como la oposición de izquierdas, y al mismo tiempo participar sin ningún rubor en una manifestación en Barcelona junto a la derecha y la ultraderecha, blandiendo los símbolos de la reacción y apuntalando sus argumentos? La imagen de Josep Borrell, convertido en la estrella del mitin final de la manifestación del 8 de octubre, mientras Xavier Albiol, Albert Rivera o Inés Arrimadas se rompían las manos de tanto aplaudirle, es la viva estampa de este frente único que, a pesar de que dice defender el “Estado de derecho”, se envuelve con la bandera del españolismo y los símbolos de la dictadura.

En estos días hemos presenciado también el naufragio político de dirigentes que se posicionan formalmente a la izquierda de la socialdemocracia, pero que acusan las presiones de la campaña reaccionaria. Estos dirigentes, como Alberto Garzón, coordinador de Izquierda Unida, han levantado un discurso a favor del “diálogo”, la “concordia” y por un “referéndum pactado y legal” con el Estado español y su gobierno, el mismo que blande la porra de la policía y las medidas de excepción antidemocráticas contra el pueblo de Catalunya.

Hace poco tiempo que Alberto Garzón escribió un libro donde se reivindicaba comunista y marxista. Pero no basta con reivindicarse, hay que defender el programa y los métodos del marxismo en el día a día, y especialmente cuando la crisis política y social abre una oportunidad excepcional para que avance la conciencia de clase y revolucionaria de las masas. Con su discurso, Alberto Garzón no sólo no defiende el programa del marxismo, sino que ofrece argumentos para que la campaña de la reacción se fortalezca.

Garzón dice que es marxista. Pero en la crisis de Catalunya muestra una equidistancia entre el gobierno del PP y su actuación, y el movimiento de masas del pueblo catalán a favor de sus derechos democráticos.

El principio de la dialéctica marxista es claro: la verdad es siempre concreta. No ha sido Puigdemont ni el PDeCAT quienes han puesto en solfa el régimen del 78, sino el movimiento revolucionario de las masas catalanas. De hecho, las diferentes formaciones políticas de la burguesía catalana han sido baluartes durante décadas de la estabilidad capitalista, apoyando sucesivamente a los gobiernos de Felipe González y Aznar, defendiendo de manera clara los intereses de la oligarquía catalana.

Es cierto que el viraje hacia el independentismo de Mas, de Puigdemont, del PDeCAT y de la Generalitat representó, en su momento, una maniobra política de calado para desviar la atención sobre sus políticas de recortes, y neutralizar la gran contestación social que se había desatado contra ellos en las calles de toda Catalunya. Es absolutamente claro también que la posición de la CUP y de ERC, dando apoyo parlamentario al PDeCAT para aplicar su agenda neoliberal a cambio de que se mantuviesen dentro del bloque independentista, es un completo error.

Pero igual de erróneo, o más erróneo aún por lo que está en juego, es que cuando Puigdemont y el PDeCAT están completamente superados por un movimiento de masas que ha abierto una crisis revolucionaria que amenaza al régimen del 78, Garzón y muchos otros nieguen apoyo a este movimiento con acusaciones de que es reaccionario, y se implore a Rajoy y Puigdemont que arreglen el problema sentándose a negociar.

Alberto Garzón volvió a reiterar su posición el mismo día que se producía la manifestación españolista del 8 de octubre en Barcelona, asegurando que “sólo con el hecho de que Rajoy y Puigdemont se sentaran a dialogar ya se solucionaría parte de la tensión” que se vive en Catalunya, que calificó de “muy peligrosa, por la falta de diálogo, que incluso, está provocando tensiones económicas”. De verdad, ¿qué tiene esto que ver con la posición de Marx y Lenin ante la opresión nacional y la revolución? Nada, no tiene nada que ver, pero sí mucho con la posición de Carrillo en 1976-1978 cuando la dirección del PCE —entonces el partido de masas de la clase obrera— llamaba al diálogo y al consenso con la burguesía española y los herederos de la dictadura para abortar una situación revolucionaria que se les escapaba de las manos.

La crisis revolucionaria que vive Catalunya ha sido impulsada por dos factores políticos de primer orden: la opresión nacional de la burguesía española y su Estado centralista, que se niegan a reconocer que Catalunya es una nación y rechazan el ejercicio del derecho de autodeterminación por la vía represiva; y la frustración generada por la crisis capitalista, el desempleo de masas, los desahucios, la precariedad y los bajos salarios, la falta de futuro para la juventud. La lucha contra la opresión nacional y la opresión de clase se han entrelazado, como en otras épocas (1909, 1931, 1934, 1936, 1977…), generando un potencial revolucionario que ha desafiado las formas de dominación política del régimen capitalista español.

Hace más de 100 años que Lenin escribió un magnífico texto, El derecho de las naciones a la autodeterminación, fijando la posición de los marxistas revolucionarios en este terreno. La lucha por el derecho a la autodeterminación de las naciones oprimidas, como es el caso de Catalunya, es algo prioritario para los marxistas; pero en este combate no nos subordinamos a la burguesía de la nación oprimida, en este caso a la burguesía catalana, ni a su representación política hasta el momento, el PDeCAT, sino que, al mismo tiempo que abogamos por ese derecho, que incluye obviamente el derecho a la independencia, lo ligamos a la defensa de un programa revolucionario por la transformación socialista de la sociedad.

La crisis actual en Catalunya, como en otras épocas de la historia, ha abierto la posibilidad de conquistar la república catalana por métodos revolucionarios, basados en la acción directa del pueblo, la juventud y los trabajadores. Eso es lo que aterroriza a la burguesía catalana, que rápidamente ha dictado un ultimátum a las masas: abandonad vuestras pretensiones revolucionarias o desataremos el caos económico y os hundiremos en la miseria. Exactamente igual que hizo la burguesía griega y europea contra el pueblo griego. Y para llevar a efecto sus amenazas han conseguido el rápido auxilio del gobierno del PP, que no ha tardado ni 24 horas en aprobar una ley para facilitar el traslado de la sede social de las empresas fuera de Catalunya. Así es la legalidad burguesa. Para reconocer el derecho a decidir del pueblo catalán la ley es imposible de cambiar y emplea a discreción la violencia policial para hacerla cumplir. Para satisfacer a los capitalistas catalanes, españoles o europeos la legalidad se cambia en un abrir y cerrar de ojos.

Todos estos hechos ¿no hacen reflexionar al compañero Garzón? ¿Qué conclusión se puede sacar de la alianza entre la burguesía catalana y la española para evitar la proclamación de la república catalana? ¿Cuál es la alternativa de Garzón que se dice a sí mismo “comunista”, de la dirección de IU y de muchos dirigentes de Podemos ante esta alianza? ¿Que Rajoy y Puigdemont se sienten a hablar? ¿Que la Iglesia católica haga de mediadora?

Garzón, y otros que defienden su posición, dicen que son marxistas e incluso leninistas. Pero, ¿dónde y cuándo abogó Lenin por un acuerdo con la burguesía rusa o con el régimen zarista para conquistar el derecho de autodeterminación de Ucrania, Finlandia, o los países bálticos? Lenin y los bolcheviques unieron a las masas de las naciones oprimidas por el zarismo y a los trabajadores de la nación opresora, la Gran Rusia, inscribiendo en su bandera el derecho a la autodeterminación —incluida la independencia— junto a la lucha por el derrocamiento del orden capitalista, por el socialismo.

¿Qué tiene que ver esta posición con llamar a que el pueblo de Catalunya se desmovilice, abandone la calle y vuelva a sus casas, dejando a los políticos burgueses tranquilos para resolver el conflicto? Ésta es la posición de un esquirol, no la de un marxista revolucionario.

Garzón y otros dirigentes de IU y de Podemos abogan por “un proceso constituyente”, incluso por la “República Federal”. No aclaran qué orientación de clase, capitalista o socialista, debería tener ese proceso constituyente o esa república federal. Pero más allá de eso, ¿cómo pretenden imponer ese proceso constituyente o esa república? ¿Mediante el acuerdo con el Estado franquista y el PP? ¿Alcanzando un consenso con la burguesía española?

La proclamación de la república el 14 de abril de 1931 fue el resultado de la acción revolucionaria de las masas, de la ciudad y del campo, que echaron abajo la dictadura de Primo de Rivera, y con sus huelgas y movilizaciones masivas a lo largo de 1930 y 1931 pusieron a Alfonso XIII rumbo al exilio. La proclamación de la república, que fue aceptada por los capitalistas y la burguesía como un mal menor, no pudo contener el movimiento de los trabajadores, los campesinos sin tierra y la juventud hacia la revolución socialista.

La analogía histórica tiene su importancia, pues una república catalana ganada mediante la acción revolucionaria implicaría necesariamente un combate frontal contra el PDeCAT y Puigdemont, contra toda esta oligarquía política y económica que ha gobernado Catalunya con las mismas recetas neoliberales que el PP, convirtiendo la batalla directa contra la opresión capitalista en el eje de la acción de masas. Abriría la puerta a un gobierno de la izquierda que debería acabar inmediatamente con los recortes y enfrentarse a la dictadura de los grandes poderes económicos, catalanes y españoles, nacionalizando la banca y las grandes empresas.

Los capitalistas catalanes, españoles, franceses y europeos lo saben perfectamente, y por eso intentan aplastar el movimiento con todos los medios de que disponen.

Por la república socialista catalana: hay que volver a la movilización de masas

La correlación de fuerzas en Catalunya sigue siendo favorable al pueblo, a los trabajadores y la juventud que han manifestado su determinación de llegar hasta el final en la lucha contra la represión policial y por la república catalana. Es completamente necesario responder al Estado y al gobierno del PP con la misma audacia del 1 y del 3 de octubre, ampliando la movilización y ganando a todos aquellos sectores de la clase obrera catalana que todavía dudan pero que rechazan la ofensiva de la reacción. Y esto sólo es posible con un programa que ligue la proclamación de la república catalana a medidas socialistas efectivas en beneficio de la población.

Desde Izquierda Revolucionaria llamamos a la dirección de la CUP, Podem y Catalunya en Comú, ERC… al movimiento estudiantil y sus organizaciones (Sindicat d’Estudiants, SEPC), al movimiento obrero y sus sindicatos de clase en Catalunya, a que establezcan un Frente Único de Izquierdas que se base en los Comités de Defensa del Referéndum (CDR) y en todos los organismos que han ido surgiendo estas semanas en Catalunya, para organizar comités por la república en empresas y fábricas, en barrios y centros de estudio, y coordinarlos para impulsar el movimiento con acciones cada vez más audaces, preparando una huelga general indefinida capaz de resistir cualquier acción violenta del Estado y conquistar la república catalana con un gobierno de izquierdas. Este Frente de Izquierdas debe romper cualquier subordinación a la derecha catalanista, al PDeCAT o a Puigdemont, y debe llamar a la solidaridad activa del movimiento obrero y la juventud en el resto del Estado.

La dirección de Unidos Podemos debe cambiar radicalmente su orientación. Hay que dejar de implorar a Rajoy que negocie, que el Estado conceda un referéndum pactado, o que el PSOE se ponga frente al PP con una nueva moción de censura. Todas esas peticiones ya han sido rechazadas, mientras la reacción se prepara para aumentar la represión y poner al pueblo catalán de rodillas.

La única manera de esclarecer la situación, de acabar con la confusión, de unir a los trabajadores y la juventud del resto del Estado con sus hermanos de clase en Catalunya es a través de la movilización masiva contra el gobierno del PP. Ésta es la tarea de toda la izquierda, de todos los militantes y activistas conscientes. Ésta es también la responsabilidad de la dirección de Unidos Podemos, de Pablo Iglesias, de Ada Colau, que en estos momentos críticos deben pasar a los hechos y dirigir directamente a los trabajadores y a la juventud, especialmente a la base de CCOO y UGT, un mensaje claro de lucha contra la reacción.

La clase dominante española y catalana ve con terror la proclamación de la república catalana, y la razón no es sólo porque quebraría la idea de España, una, grande y libre. Saben que esta conquista del pueblo sería el preludio a una lucha aún más intensa y trascendental a favor de los oprimidos, contra la dominación de los capitalistas, contra el orden social establecido y por una república socialista en Catalunya y una república socialista federal basada en la unión libre y voluntaria de los pueblos y naciones que componen actualmente el Estado español. Una lucha que ya está conquistando la solidaridad activa de las masas oprimidas de Europa y de todo el mundo.