Mucho tiempo y dinero se ha invertido en la campaña propagandística que pretendía quitar peso y gravedad al asalto al Capitolio del pasado 6 de enero. Hemos oído que Trump estaba acabado, aislado y sin apoyos en su partido. Con Joe Biden dirigiendo la Casa Blanca, los capitalistas pretendían rebajar el alto nivel de polarización social intolerable para la estabilidad que necesita la clase dominante. Ese era su deseo, pero los hechos muestran una realidad muy distinta.

Devastación social y decadencia imperialista

No ha pasado un año desde la toma de posesión de Biden y sus recetas ya hacen aguas por todas partes. Desde el fracaso cosechado en Afganistán a la incapacidad para paliar la pobreza y la desigualdad que asolan la sociedad norteamericana. Todos los planes billonarios anunciados a bombo y platillo no han ido a combatir la precariedad ni a garantizar servicios sociales públicos, sino una vez más a los bolsillos de las grandes empresas.

Según USA Today, tan solo el 26% de la población apoya la labor económica del presidente y el rechazo general a su gestión alcanza el 55%. La devastación social sigue extendiéndose, mientras la demagogia reaccionaria trumpista refuerza y amplía su base de apoyo entre esos millones de pequeños propietarios y capas medias, golpeadas por la crisis y aterrorizadas ante la posibilidad de perder su cómodo estatus social; también entre sectores de trabajadores políticamente atrasados.

Al tiempo que fortifica su base, Trump ha tomado el control del Partido Republicano, depurando su dirección de todos los elementos críticos que se opusieron a este giro a la extrema derecha, como ocurrió con Liz Cheney, hija del vicepresidente de Bush.

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Trump ha tomado el control del Partido Republicano, depurando su dirección de todos los elementos críticos que se opusieron a este giro a la extrema derecha.

Una guerra contra la vanguardia del movimiento: Trump ataca derechos de mujeres y migrantes

Dirigiéndose a esos sectores desesperados que ven con pavor el fin de la estabilidad, del “sueño americano” y de la posición de EEUU como potencia sin rival, Trump les ha dado un bandera por la que luchar y señalado a un culpable: la clase obrera y, en particular, su vanguardia que ha protagonizado las movilizaciones de masas en el último periodo. Poniendo una diana sobre estos sectores, el trumpismo reclama venganza.

Está utilizando sus posiciones —estado a estado— para atacar los derechos sociales y democráticos más elementales. Cabe destacar la prohibición del derecho al aborto prácticamente en todos los supuestos —malformación y violación, incluidos— en los estados de Texas y Arkansas. Son los primeros de una lista de otros 19 que planean aprobar con su mayoría republicana iniciativas legislativas en ese sentido.

Las mujeres y el colectivo LGTB siempre han estado en su punto de mira. Pero el odio que el trumpismo rezuma es incluso superior cuando se trata de la clase trabajadora afroamericana: los que encendieron la mecha de la lucha tras el asesinato de George Floyd.

Las nuevas leyes aprobadas en Georgia, Texas, Arizona o Florida limitando el derecho a voto de la población afroamericana y los migrantes, así como el voto por correo, tienen como objetivo golpearles duramente.

A su vez, en Oklahoma han aprobado disposiciones para garantizar inmunidad a los conductores que maten o hieran a un manifestante si este alega que huía de un disturbio. En cinco estados republicanos se han impulsado normativas para prohibir lo que consideran una enseñanza antipatriótica, que culpabiliza a los blancos y califica el racismo de problema sistémico.

El gobernador de Texas, Greg Abbot, está siendo el máximo exponente del odio al migrante. Ha enviado contra los haitianos que intentan entrar en los EEUU huyendo de la miseria a la guardia fronteriza a caballo, con látigos, a cazar —literalmente— negros. Las imágenes han provocado tal conmoción social que la Casa Blanca se ha visto obligada a prometer que tomará medidas contra estos agentes. Abbot, por su parte, ha respondido desafiante que, ante cualquier sanción a los agentes, él les ofrece un puesto de trabajo como policías. Es un llamamiento encubierto a seguir organizando al ejército de la reacción, y lo hacen a la vista de todos.

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El gobernador de Texas, Greg Abbot, está siendo el máximo exponente del odio al migrante. Ha enviado a la guardia fronteriza a caballo, con látigos, a cazar —literalmente— negros.

Mientras el trumpismo hace ostentación de su racismo y su machismo sin ningún complejo, la Administración Biden lo permite. Y no ha modificado, en lo fundamental, ni la política migratoria practicada por Trump, ni ninguna otra.

¡Hay que levantar una alternativa revolucionaria para frenar el avance del trumpismo!

La lucha contra el supuesto “fraude electoral” ha sido el factor aglutinante en torno al cual Trump ha incrementado sus fuerzas. Así preparó el asalto al Capitolio y trató de impedir los recuentos electorales en muchas ciudades.

Desde entonces, el expresidente ha redoblado su agitación para mantener prietas sus filas. La recogida de más de millón y medio de firmas para revocar al gobernador demócrata de California no logró finalmente los votos necesarios para destituirle. Pero esta batalla, que se ha vivido en clave nacional, ha sido un toque de corneta para dar una referencia a su base social: la batalla sigue, hay que estar organizados y preparados.

Tras lo ocurrido en California, ha dado instrucciones en otros estados para forzar auditorías privadas que recuenten los votos. Arizona ya lo ha hecho y el resultado ha sido ¡aún mejor para Biden! Da igual. Pensilvania y Wisconsin harán otro recuento.

Incluso tras la refutación de la idea de fraude a través de sus propias auditorías, hoy sigue habiendo un 36% de los estadounidenses y un 78% de los republicanos que cree que Biden no ganó legítimamente las elecciones. El avance y fortalecimiento del trumpismo hunde sus raíces en dos factores: la descomposición social alimentada por la crisis capitalista sumado al fracaso de las políticas reformistas y el papel nefasto de sus dirigentes.

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Los sectores del Partido Demócrata que se presentan como su ala izquierda, avalan en los hechos la nefasta política que lleva a cabo el actual presidente demócrata.

Los sectores del Partido Demócrata que se presentan como su ala izquierda (Sanders, Ocasio-Cortez...), más allá de los gestos y las palabras, avalan en los hechos la nefasta política que lleva a cabo el actual presidente demócrata. Para cortar el paso al avance de la reacción hay que basarse en la movilización de todos los oprimidos y oprimidas y levantar una alternativa revolucionaria que se proponga acabar con la dictadura del capital.

Hoy, todavía una parte mayoritaria de la clase dominante quiere apaciguar la situación por la vía de la democracia burguesa. Pero la polarización —no solo a izquierda, sino también a la derecha— es una tendencia objetiva en este periodo. Una parte cada vez más sustancial de los capitalistas, mira con mucho temor la determinación de las masas en EEUU. No les temblará la mano en dar la espalda a procesos electorales, jueces y constituciones y apoyar todo tipo de medidas autoritarias o la represión más salvaje si ven en peligro sus privilegios. ¡Hay que construir una izquierda revolucionaria en EEUU y en todo el mundo!


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