La llegada de la 4T prometió el fin de la desigualdad en México, pero 8 años después, ¿cuál es la realidad del país?
Entre 2018 y 2024, la economía mexicana pasó del 15° al 12° lugar en la lista del Fondo Monetario Internacional (FMI)[1], posicionándose como una de las economías más fuertes a nivel global. Pero, ¿en manos de quiénes se encuentra esta riqueza?
En 2025, la fortuna conjunta de los 22 milmillonarixs mexicanxs alcanzó la cifra histórica de 3.9 billones de pesos, la más alta desde que se tiene registro. A su vez, y a pesar de los recientes pero insuficientes esfuerzos del gobierno, los ingresos públicos son los más bajos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Aquí, dónde el 1% de la población concentra el 40% de la riqueza privada, la brecha de la desigualdad se convierte más bien en un abismo cuando 38.5 millones de personas viven con carencias sociales o ingresos por debajo de la línea de bienestar. [2].
La explicación no se encuentra en un desinterés de la población por trabajar, todo lo contrario; en el análisis de la OCDE de 2024, México ocupa el primer lugar en horas trabajadas anuales [3]. Sin embargo, el producto de todo este trabajo está destinado al patrón, a las grandes empresas y acumuladores de capital por excelencia.
Es inaceptable el hecho de que, por ejemplo, el empresario Carlos Slim gana en un segundo lo que unx trabajadorx mexicanx percibe en 19 días recibiendo el salario mínimo. Y no es un misterio que su fortuna haya crecido aún más desde la crisis provocada por la pandemia del COVID-19, no cuando sus ingresos dependen de la precariedad ajena. [4].
Más allá de la cartera, el impacto de la explotación y la desigualdad socioeconómica
La explotación laboral de la clase trabajadora y sus consecuencias no solo se perciben en ingresos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Internacional del Trabajo (OIT) revelaron que entre el 2000 y 2016, las muertes por enfermedades cardíacas y accidentes cerebrovasculares aumentaron 42% y 19% respectivamente debido a largas jornadas laborales. El estudio concluyó que trabajar 55 o más horas por semana se asocia con un riesgo estimado 35% mayor de sufrir un derrame cerebral y un riesgo 17% mayor de morir por enfermedad cardíaca isquémica, en comparación con trabajar de 35 a 40 horas por semana. [5].
Por otro lado, la salud mental tanto de la fuerza trabajadora como de sus familias se ve directamente afectada: con nulo tiempo de ocio y esparcimiento personal, y menos tiempo para el cuidado y educación de sus hijxs. Esto nos lleva a un ciclo de malestar social; que, junto a otros problemas sistémicos, se traduce en una preocupante ausencia de movilidad social y en un deficiente desarrollo de las infancias, atrapándonos en un ciclo generacional de pobreza, violencia y prácticamente inexistente movilidad social.
Este no es un error del sistema, es lo que lo mantiene. La concentración de la riqueza es la concentración de poder
Este poder económico se convierte inevitablemente en poder político. Estos ultrarricos acceden a los espacios de decisión, influyen en políticas públicas y heredan su poder dentro de dinastías sin legitimidad democrática. Sus fortunas están estrechamente ligadas a las privatizaciones de los años ochenta y noventa, así como a concesiones, licencias y permisos para explotar bienes públicos en sectores estratégicos, con frecuencia poco regulados. [6].
“El poder económico de los ultrarricos, que se refleja en el tipo de infraestructura social y productiva en la que invierten, hace que tengan –de facto– un poder de veto sobre el modelo de desarrollo de nuestro país y pone en riesgo nuestro futuro democrático”, señala Alexandra Haas, directora ejecutiva de Oxfam México. [2].
Es así como el poder capital de la burguesía influye en las políticas públicas, manipulándolas de acuerdo a sus propios intereses, manteniendo a la población en una situación de precariedad, facilitando su explotación y protegiendo el orden de las clases sociales.
Incluso para muchxs de sus críticxs, este sistema se percibe como un monstruo invencible, un modelo que ha engullido al mundo entero y del que es imposible escapar; pero la apatía es una más de las armas del capital, que desde la cuna, nos ha condicionado a una mentalidad de derrotismo. Pero para un animal arrinconado, su única opción será atacar. La historia nos ha enseñado una y otra vez, que el espíritu de lucha es imposible de erradicar.
No podemos conformarnos con reformas y supuestos apoyos del Estado que solo buscan apaciguar el descontento de un pueblo manteniéndoles apenas al borde del abismo. No se puede vencer la desigualdad dentro de un sistema que depende de ella. Cuando las raíces están podridas, el árbol jamás prosperará, no importa cuánto se atiendan sus ramas.
El verdadero cambio no vendrá desde arriba, sino de la organización de los sectores más oprimidos. De un verdadero cambio estructural dirigido por y para el pueblo. La oligarquía político-capitalista ha generado un enorme poder, pero este no se compara al de la cooperación y resistencia de las masas, un poder brindado por la mera existencia de cada ser humanx y capaz de ser explotado sólo a través de la unión, de la organización y la resistencia conjunta de las comunidades víctimas de un mismo sistema.
Notas:
[1] https://oncenoticias.digital/economia/mexico-inicia-2026-como-la-doceava-economia-del-mundo-fmi/543398/
[2] https://oxfam.mx/boletin-oligarquia-o-democracia/
[3] OCDE Data Explorer, Promedio de horas anuales efectivamente trabajadas por trabajador, 2024. https://www.oecd.org/en/data/indicators/hours-worked.html
[4] https://expansion.mx/empresas/2026/02/24/carlos-slim-cuanto-dinero-gana-por-segundo
[5] https://expansion.mx/mundo/2025/12/03/paises-jornada-laboral-mas-larga-mundo












