A un año de haberse cometido el vil crimen contra Sara Millerey en el municipio de Bello, Colombia, la justicia continúa lejana: solamente dos personas han sido capturadas, mientras el caso no se trata ni se nombra como lo que es: un transfeminicidio; uno como tantos otros que, por desgracia, ocurren en toda nuestra América Latina y el mundo; uno que, como tantos otros, no obtiene justicia por parte de las autoridades; uno que, como tantos otros, carece del enfoque de género necesario; y uno que, como en tantos otros, la memoria de la víctima sigue siendo irrespetada.
Sara fue torturada y golpeada brutalmente por el odio transfóbico, machista y patriarcal de sus agresores, antes de ser lanzada a un río. A pesar de tanta violencia, Sara resistió dos horas, para luego ser llevada al hospital donde finalmente falleció. Posteriormente se difundieron videos revictimizándola, videos que solo respondían al odio y el morbo de una sociedad insensible. Una insensibilidad que no es casual, sino que es producto ideológico de un sistema que cosifica los cuerpos y normaliza la violencia contra quienes cuestionan el orden cisheteropatriarcal, pilar de la reproducción del capital.
El caso de Sara, como el de muchas otras personas y mujeres trans en Latinoamérica y el mundo, termina convirtiéndose en una cifra sin rostro para un sistema judicial que no es capaz de responder con justicia verdadera, porque el Estado burgués no está diseñado para proteger a las oprimidas, sino para administrar la opresión, explotación y violencia contra nosotras.
Para el feminismo de clase, la raíz de la opresión es clara: existe un pacto estructural entre el patriarcado (como sistema político-cultural) y el capitalismo (como sistema económico). Esta alianza utiliza el binarismo de género y la familia tradicional como herramientas para garantizar la propiedad privada y su herencia, así como para la reproducción gratuita de la fuerza de trabajo de la clase obrera, delegando en la mujer el trabajo doméstico y de cuidados, y ubicándola como el último eslabón de la cadena de explotación capitalista-machista. Por ello, cuestionar estos moldes pone en jaque al sistema.
La violencia que sufren las mujeres y la comunidad trans tienen ese mismo origen. La marginación de las identidades trans es una extensión de la misma violencia patriarcal. Negar el derecho de las personas a la identidad es despojarlas de su estatus como sujetos de derecho, dejándolas en total vulnerabilidad ante el Estado y la sociedad.
Pero es igualmente peligroso que el feminismo blanco-burgués adopte discursos transexcluyentes bajo argumentos falsos como el supuesto borrado de mujeres, posicionándose desde lugares de privilegio pequeñoburgueses que ignoran la realidad material que las personas trans oprimidas sufrimos. Estos pensamientos, abanderados por las terfs (feministas radicales transexcluyentes), solamente dividen a la clase trabajadora, dándole más campo de maniobra a la extrema derecha y al fascismo para infiltrarse en las clases populares y avanzar en sus políticas anti-derechos y contrarrevolucionarias.
La lucha por los derechos de las mujeres incluye, inequívoca y necesariamente, a las mujeres trans. No se puede defender la opresión bajo la bandera del feminismo; la transfobia no es "libertad de expresión", es violencia y esa sí mata. Como feministas revolucionarias y marxistas sostenemos que las personas de la comunidad trans y no binarie no son enemigas, son parte de nuestras filas, y en muchas ocasiones las primeras en estar al frente de la batalla contra el patriarcado y el capital.
La emancipación sólo será posible mediante la organización conjunta en las calles, luchando por un sistema que no asfixie las identidades y que garantice una vida digna, libre de explotación económica, marginación y moldes cisheteropatriarcales. Tampoco se trata únicamente de exigirle al Estado que sea más “inclusivo” o “tolerante”, sino de destruir al Estado burgués y construir desde abajo una sociedad socialista donde la liberación de todas las opresiones sea posible.
¡Por un feminismo anticapitalista, combativo e incluyente! Porque como explicó Trotsky: la revolución es una sola o no es. No hay revolución que libere a la clase obrera si no libera a todas las mujeres, a las mujeres trans, a las personas no binarias y a las sexodisidencias. Contra el pacto del capital y el patriarcado, ¡sólo la lucha de clases internacionalista y transfeminista puede abrir el camino hacia la emancipación total!
¡Feminismo no es transfobia!
¡Las vidas trans importan!












