El avance de tendencias fascistas a nivel mundial es un fenómeno innegable. Este despliegue, si bien no constituye estrictamente el establecimiento de regímenes fascistas totalmente desarrollados o "clásicos", sí encarna una deriva peligrosa que adopta y ajusta elementos fundamentales de ese legado histórico, integrados en estructuras “democráticas” formales. Así pues, como izquierda combativa es nuestro deber denunciar este despliegue, no como una simple sucesión de hechos aislados, adoptando el relato de lxs opresores, sino como la expresión más brutal del sistema capitalista que se desangra en su propia crisis.
Siguiendo a Trotsky, el fascismo es la carta más desesperada del capital en crisis, cuando la burguesía ya no puede gobernar bajo mecanismos democráticos comunes. Se trata de un movimiento de masas pequeñoburguesas y proletarias desclasadas, movilizado por un ultranacionalismo chovinista, que el gran capital convierte en su banda armada paramilitar con un objetivo fundamental: la destrucción física y total de toda organización autónoma de la clase trabajadora.
La misma esencia contrarrevolucionaria
Hablar de rasgos, tendencias y políticas fascistas en lugar de regímenes fascistas plenos es una distinción pertinente, pero esto no minimiza la gravedad del fenómeno. La justificación para utilizar estos términos reside en la presencia recurrente y sistemática de características fundamentales propias de las dictaduras fascistas del siglo XX, aunque reconociendo su adaptación a contextos actuales.
Al igual que el nazismo criminalizaba a judíxs, comunistas y pueblos eslavos, y el fascismo italiano a "razas inferiores" y disidentes, en la actualidad, los gobiernos de Estados Unidos e Israel, construyen enemigxs internos (migrantes, activistas, la izquierda) o externos (el pueblo palestino) como amenazas que justifican la barbarie. La retórica de la "invasión" o la deshumanización de un grupo étnico (creación del “otrx”) son sellos distintivos de esta lógica.
Los regímenes fascistas se caracterizaron por glorificar la violencia, disolver los límites entre policía y ejército, y crear cuerpos paramilitares como las Camisas Negras italianas. La operación de ICE como una fuerza paramilitar que nada tiene que envidiarle a la Gestapo nazi, construida para cazar personas racializadas, así como la aplicación de políticas militares de aniquilación sobre el pueblo palestino, replican esta supremacía de la fuerza bruta.
Asimismo, en figuras como Bukele, Trump y Netanyahu podemos observar una erosión constante de los contrapesos, un ataque a la prensa crítica y una personalización del poder que gira en torno a figuras que se presentan como la encarnación única de la voluntad nacional, paralelo al culto a Mussolini o Hitler.
El fascismo histórico forjó una alianza con sectores industriales y financieros para aniquilar al movimiento obrero y garantizar el orden para la acumulación. Los vínculos entre el complejo carcelario-industrial ―que priva de su libertad a decenas de miles de migrantes detenidxs por ICE― y Wall Street en EEUU, o entre los asentamientos coloniales en la Palestina ocupada y el capital financiero e inmobiliario de Israel y EEUU, reflejan esta misma relación, donde el genocidio, la limpieza étnica y la persecución de migrantes se convierte en un negocio multimillonario.
Al igual que las dictaduras fascistas identificaron y persiguieron a comunistas, anarquistas y sindicalistas ―su reclusión y asesinato en campos de concentración nazis es un capítulo a menudo minimizado o borrado por la historia burguesa y la propaganda sionista―, la ultraderecha contemporánea ha abrazado el "anticomunismo" como estandarte. En América Latina, figuras como Milei han llamado abiertamente a la violencia contra militantes de izquierda. En EEUU, sectores del trumpismo y comentaristas de derecha describen iniciativas progresistas, la educación crítica o la justicia social como "marxismo cultural", un concepto con el que pretenden construir un enemigo interno omnipresente que supuestamente rompe con los valores y la identidad estadounidense.
Hitler y Mussolini dedicaron enormes esfuerzos en adoctrinar niñxs y jóvenes en el culto a la violencia, la obediencia y el sacrificio por el líder, a través de organizaciones como las Juventudes Hitlerianas, los Balilla y las Piccole Italiane. En la actualidad, el sistema educativo de Israel está construido para formar infancias sionistas, es decir, para fabricar seres supremacistas que defiendan a sangre y fuego el proyecto colonialista israelí.
Más allá de la definición
Señalar estas tendencias no pretende ser un ejercicio alarmista, sino un diagnóstico que nos permita reconocer su potencial de evolucionar hacia formas de dominación totalitarias, que el fascismo no es algo que mágicamente se evaporó y que como ya no vemos a las Camisas Negras en las calles signifique que a quienes reproduzcan ideas y políticas fascistas ya no les podemos llamar por su nombre. Esperar a que el fascismo se manifieste de la misma forma que en los años 30 constituye una traición al materialismo histórico y dialéctico, pues nuestro método exige analizar las formas concretas que asume la lucha de clases en cada periodo histórico. Pensar en una repetición idéntica es un error mecanicista que congela la historia e ignora las transformaciones materiales de la lucha de clases.
Asimismo, recurrir al prefijo "neo" (nuevo) para calificar las expresiones actuales del fascismo y el nazismo, aunque se busca precisión histórica, conlleva un riesgo político de gran beneficio para la burguesía: deshistorizar y despotenciar la lucha. Lo “nuevo” marca una ruptura y sugiere que se trata de un fenómeno radicalmente distinto o menos virulento, restando gravedad y rompiendo con el arraigo histórico del concepto y la memoria de la resistencia que generó: lxs antifascistas. Este academicismo oscurece el hilo de la continuidad con los regímenes de los años 30, que es precisamente la clave para entender su peligro y organizar una resistencia con la contundencia que la amenaza merece.
Centrarse en debates academicistas sobre si un régimen cumple o no con una definición pura y estática de fascismo es un error paralizante para la izquierda. Mientras se discute si el término es "correcto", la ultraderecha en el poder está perpetrando genocidios, limpiezas étnicas e intervenciones imperialistas en todo el mundo. El purismo teórico desarma ideológicamente a las masas y juega en favor de lxs opresorxs. Como advirtió Trotsky frente el ascenso de Hitler, el gran error fue la subestimación de la amenaza por parte de la Internacional Comunista, que catalogó al nazismo primero como un "hermano gemelo" de la socialdemocracia y luego, cuando ya era demasiado tarde, llamó a una resistencia sin haber construido previamente un frente único obrero y popular. Los debates estériles sobre definiciones, en lugar de fomentar la unidad de acción urgente, repiten el error histórico: dividen, retardan y evitan que la izquierda se agrupe a tiempo para enfrentar una amenaza que, aunque no sea idéntica en su forma, posee la misma esencia contrarrevolucionaria. La lección es clara: la prioridad es construir un frente antifascista amplio y combativo para enfrentar, aquí y ahora, la barbarie capitalista.
¡No pasarán! ¡Antifascistas siempre!












