A la expectativa dejamos un 2019 devastador con el planeta, arrancamos un 2020 con una bofetada de crudeza y crisis en las narices. Los que serían efectos que se esperaban con más tardanza, se presentaron como una llamada de atención ante la emergencia climática y la crisis humanitaria desatada por la depredación capitalista surgida hace más de un siglo.

Barbarie ecológica

A casi cinco meses de haber sufrido una de las mayores devastaciones ecológicas en la Amazonia brasileña, le sucedió una temporada infernal de incendios forestales en Australia, iniciados desde el mes de septiembre pasado. Al día de hoy, de acuerdo a los datos más recientes brindados por el diario El Universal: son 27 decesos humanos, un estimado de 825 millones de animales muertos, de los cuales 25 mil son koalas, especie endémica de la región; además de la mitad de la fauna de la Isla Canguro. Estas son cifras verdaderamente alarmantes tanto en magnitud como en hechos, ya que Australia es uno de los 17 países con mayor biodiversidad y uno de los más grandes a nivel territorial cuya extensión es ocupada principalmente por su flora y fauna; esto es, que dichos países aglutinan el 70% de la biodiversidad del planeta. Así mismo, las inmensas nubes de humo que llegan a la estratosfera afectan las condiciones atmosféricas, cambiando el clima no sólo de Australia, sino de todo el mundo.

La lacra de la industria del carbón

Sin embargo, estas consecuencias son efectos que los grandes depredadores burgueses generaron con la extracción de carbón, puesto que la plataforma World Coal Association informa que Australia se posicionó como el segundo país exportador de carbón en 2018, antes de Indonesia, exportando 382 toneladas.

Por otro lado la huella de carbono que hoy amenaza a la humanidad incrementa vorazmente, mientras los grandes países capitalistas como China, el principal importador de este elemento (295 ton) o India (240 ton), quienes a costa del trato inhumano a los millones de trabajadores esclavizados, producen sus mayores riquezas y beneficios, aumentando y acelerando el proceso del calentamiento global y los efectos tempranos del cambio climático; prueba de ello es también el incremento de temperatura récord alcanzando hasta 48,9 grados en Sídney y 49,8 grados en Eucla.

La gran huella de carbono ha puesto a la cabecera a Canberra, Australia, como la primera ciudad más contaminada del mundo; se estima que hay 5.000 microgramos de partículas tóxicas por metro cúbico de aire (200 microgramos son nocivos para la salud).

Política hipócrita ambiental

El mes de diciembre del año pasado la ONU celebró en Madrid eventos importantes por la Acción Climática, no obstante, nuevamente podemos ser espectadores de la nula eficiencia de organismos internacionales ante la emergencia climática, puesto que todos esos acuerdos fueron violados antaño por casi todas las naciones firmantes. Además, siguen predominando personajes como Trump, rostro del imperialismo yanqui, y el reaccionario primer ministro australiano, Scott Morrison, quien niega la existencia de este fenómeno y que cínicamente disfrutaba de unas paradisiacas vacaciones en Hawai, alejado de la masacre que se estaba desarrollando, ni él ni los demás miembros del gabinete actúan o actuaran comprometidos con el medio ambiente y la humanidad. Esto se explica ruinmente porque a los capitalistas y burgueses sólo les interesan sus negocios internacionales, como el mercado del carbón, aunque en ello destruyan al planeta entero.

El único camino, ¡luchar por el socialismo!

Sin duda lo anterior generó un gran descontento entre la multitud de australianos llegando a convocar protestas masivas, exigiendo tres principales consignas: dimisión del primer ministro, acciones inmediatas contra el cambio climático e inversión en servicios que contrarresten los incendios forestales.

Por otro lado, tal y como señalan los manifestantes, todos los recursos del país deben destinarse inmediatamente a frenar los fuegos actuales y prevenir los futuros, recortando inmediatamente el gasto militar y exigiendo que los grandes capitalistas, tanto australianos como extranjeros, paguen por los enormes daños que se han producido. Para ello, en primer lugar, es necesario expropiar y nacionalizar tanto la industria del carbón como el resto de industrias fósiles, así como la banca, diseñando un plan que reconvierta el tejido productivo y la industria en base a criterios exclusivamente ecológicos y sociales. Por otro lado, la reconstrucción debe llevarse adelante por empresas públicas, bajo el control de las y los trabajadores, de cara a evitar que los capitalistas, responsables de esta catástrofe, se lucren haciendo nuevos negocios. Sólo así podrán empezar a cambiar realmente las cosas.



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