Medioambiente

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El pasado 24 de septiembre cientos de miles de jóvenes hemos vuelto a las calles en más de 1.400 movilizaciones a lo largo y ancho del planeta.

La catástrofe ecológica no se detiene. Los pavorosos incendios que arrasan Grecia, Turquía, Túnez o el norte de California, el deshielo de Groenlandia, las lluvias torrenciales en China o las inundaciones en Alemania y Bélgica no son plagas divinas. Son el resultado directo de la actuación destructiva del modo de producción capitalista sobre la naturaleza, y de la connivencia de los Gobiernos serviles.

Durante los últimos años se ha agravado la crisis ambiental y de escasez de recursos naturales no renovables estratégicos para la vida como el agua, y es por ello una cuestión clave y urgente cuidarla y defenderla de los intereses capitalistas que la ambicionan para obtener ganancias acosta de las necesidades humanas.

El pasado 7 de diciembre, el agua, un bien indispensable para la vida en la Tierra, se convirtió en una mercancía más para la especulación. Al igual que el petróleo, el oro o el trigo, el agua ya cotiza en el mercado de futuros de materias primas de Wall Street según informó el CME Group. 

El 5 de agosto se filtró una grabación de Víctor Toledo, Secretario de la SEMARNAT, donde señala las posiciones enfrentadas dentro del gabinete de la 4T, y hasta del propio presidente. Por un lado, la SEMARNAT aboga por la agroecología, mientras que, por el otro, y de la mano de Alfonso Romo, las secretarías de Agricultura y Desarrollo Rural, Economía y Energía, impulsan proyectos desde la agroindustria.

Tanto la derecha como la dirigencia zapatista del CNI denuncian el proyecto del Istmo de Tehuantepec en el estado de Oaxaca, como uno de los megaproyectos de la 4T, esto es una verdad a medias. Sí, López Obrador ha dicho que el proyecto transístmico, que incluye la modernización del Ferrocarril del Istmo de Tehuantepec (FIT), es uno de los megaproyectos que invertirá para el sexenio, sin embargo, estos deseos no se planean de un día para otro, menos de un sexenio a otro.

A la expectativa dejamos un 2019 devastador con el planeta, arrancamos un 2020 con una bofetada de crudeza y crisis en las narices. Los que serían efectos que se esperaban con más tardanza, se presentaron como una llamada de atención ante la emergencia climática y la crisis humanitaria desatada por la depredación capitalista surgida hace más de un siglo.

Desde hace semanas asistimos a una de las mayores catástrofes naturales que haya conocido la humanidad, los masivos y virulentos incendios que están asolando el sureste de Australia. Hasta el momento se han quemado más de 10 millones de hectáreas, una superficie superior a la de Andalucía; han muerto 1.000 millones de animales, entre ellos un tercio de la población de koalas; se han destruido ecosistemas únicos, como el de la Isla Canguro que ya se ha quemado en una tercera parte; Camberra se ha convertido en la ciudad más contaminada del mundo, con 5.000 microgramos de partículas tóxicas por metro cúbico de aire (más allá de 200 microgramos es nocivo para la salud); miles de viviendas ha quedado arrasadas, más de 300.000 personas han sido evacuadas y casi 30 personas han muerto. Los daños se cuantifican en miles de millones de dólares, y se prevé que las nubes de humo, que ya han alcanzado la estratosfera afectando a las condiciones atmosféricas, den la vuelta al mundo.

Esta semana arrancará en Madrid la Cumbre Mundial del Clima COP25. A pesar de que ya no se organiza en Chile, la presidencia de la misma seguirá correspondiendo al Gobierno asesino de Piñera, algo que no parece incomodar ni a Pedro Sánchez, ni a las Naciones Unidas, ni a ninguna de las democráticas naciones europeas. Una cumbre, además, que está siendo una plataforma publicitaria descarada para las grandes empresas capitalistas que son la causa de la actual degradación medioambiental.

Ahora resulta que la energía del sol radiante tiene precio; las empresas lograron conformar una industria “emergente” que “ayudará” en la lucha contra el cambio climático. El tratamiento de la energía solar alcanza hoy por hoy ocho millones de dólares de acuerdo a datos de la Asociación Nacional de Energía Solar (ANES). Sólo que su incipiente uso llega a unos cuantos porque aún no beneficia del todo a la mayoría de población. 

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