Reproducimos a continuación un extenso artículo escrito por Víctor Taibo, miembro de la Comisión Ejecutiva Estatal de Izquierda Revolucionaria en el Estado español, incluido en la revista Marxismo Hoy número 33 que acabamos de publicar.

Una alternativa desde el marxismo revolucionario

I. La masacre de un pueblo

El Gobierno sionista, supremacista y colonialista de Netanyahu ha desatado una masacre contra la población palestina de Gaza sin precedentes desde la fundación del Estado de Israel. Retrasmitida en vivo y en directo, la ofensiva asesina de Tel Aviv ha reducido la Franja de Gaza a cenizas y, si esto no fuera suficiente, la hambruna planificada como arma de guerra afecta ya al 80% de los gazatíes. Como han señalado los relatores de la ONU, más de dos millones de palestinos sufren un infierno en la tierra.

Al escribir este artículo, son ya más de 40.000 los asesinados, de los que 8.000 yacen todavía bajo los escombros y un 90% son víctimas civiles. De esta atrocidad, 15.000 muertos son niños y niñas, el 1% de la población infantil, lo que supone 127 niños palestinos masacrados diariamente, superando a los 118 aniquilados cada día en Auschwitz por las SS nazis. En total, más de 100.000 personas entre muertos, heridos y desaparecidos, el 5% de la población palestina, y 1,9 millones de desplazados, prácticamente la totalidad de los habitantes de la Franja, de los que 1,5 millones se hacinan en la ciudad de Rafah, fronteriza con Egipto, a la espera de una nueva ofensiva militar.

Las casas y edificios destruidos se cuentan por cientos de miles, igual que familias palestinas sin techo. Y a la situación de hambruna, fruto del cerco militar impuesto por Israel para evitar la entrada de alimentos y medicinas, se suman las epidemias por el corte del suministro de agua y electricidad, la destrucción de todos los hospitales y los servicios sanitarios.

En definitiva, en Gaza se han concentrado todos los elementos necesarios para ejecutar una limpieza étnica y un exterminio masivo, con el apoyo incondicional del imperialismo occidental.

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Al escribir este artículo, son ya más de 40.000 los asesinados, un 90% víctimas civiles. De esta atrocidad, 15.000 muertos son niños y niñas, el 1% de la población infantil. 

A esta terrorífica realidad se suman secuestros y ejecuciones extrajudiciales por parte de los militares israelíes en Cisjordania, con la participación entusiasta de las falanges fascistas de colonos: desde el 7 de octubre se ha asesinado a cerca de 500 palestinos, cien de ellos menores. La llamada libertad de prensa ha sufrido un asalto en toda regla: 89 periodistas han caído bajo las balas sionistas, más que en ningún otro conflicto militar, buscando silenciar el genocidio ante el mundo.

Todos estos elementos recuerdan al terror nazi vivido en el centro y este de Europa, que conllevó el exterminio de millones de judíos, gitanos, rusos y otros pueblos considerados inferiores en nombre del supremacismo ario. El mismo supremacismo teocrático que reivindica hoy sin disimulo la extrema derecha fascista sionista y el Likud, desde el Gobierno de Netanyahu.

Si queremos ser rigurosos en nuestro análisis tenemos que partir de una dolorosa verdad: lo que parecía un delirio de los sectores más lunáticos de la ultraderecha sionista se está convirtiendo en una realidad. Un sueño que estos sectores dentro del Gobierno y la cúpula militar, que marcan el tono, querrían completar desplazando a la población palestina de Cisjordania y ampliando al sur de Líbano, hasta el río Litani, su intervención militar, culminando su proyecto imperialista del Gran Israel.

De ahí las constantes provocaciones del sionismo para incrementar la escalada militar en Oriente Próximo, como puso en evidencia el ataque al Consulado iraní en Damasco, donde murieron varios altos funcionarios, incluido un general de la Guardia Revolucionaria.

Los imperialistas occidentales se cuidaron mucho de condenar esta nueva agresión militar, como han hecho con el genocidio en Gaza, pero cuando Teherán devolvió de forma muy cautelosa y medida el golpe a Israel, con una incursión de cientos de drones y misiles en la noche del domingo 14 de abril, todos los Gobiernos occidentales desplegaron su maquinaria propagandística para señalar a Irán, y de paso a Rusia y China, como los responsables de esta escalada bélica. El cinismo del imperialismo occidental no conoce límites.

II. Complicidad imperialista

La realidad es que en pleno siglo XXI, y gracias al apoyo y complicidad de EEUU, la Unión Europea (UE) y los Gobiernos europeos, una atrocidad que recuerda lo peor de la Segunda Guerra Mundial se está cometiendo contra una población inocente e indefensa.

Cada año la Administración estadounidense garantiza 3.800 millones de dólares a Israel, el mayor receptor desde hace décadas de ayuda norteamericana. Washington ya ha entregado a Netanyahu 38.000 millones de dólares desde octubre de 2023, más de la mitad de los 69.000 millones que el Banco de Israel ha calculado que costará el conflicto en el periodo 2023-2025.

El presidente Biden, ese líder que fue presentado por una izquierda sumisa y entregada como una opción progresista al populismo ultraderechista de Trump, sigue activando toda su diplomacia en el Consejo de Seguridad de la ONU para vetar cualquier resolución de condena contra el régimen sionista o que reclame un alto el fuego inmediato.

En cuanto a la actitud de la UE y los Gobiernos europeos, las lágrimas de cocodrilo de Josep Borrell o Pedro Sánchez, y sus discursos vacíos sobre lo insoportable que resultan las muertes de civiles, no han impedido que se mantengan todos los acuerdos y negocios con Israel, incluida la exportación de material militar para aplastar al pueblo palestino. Las constantes declaraciones sobre el derecho de Israel a defenderse, que también Pedro Sánchez ha pronunciado, y las visitas de los mandatarios europeos a Tel Aviv para reunirse con Netanyahu, han supuesto un apoyo político crucial, legitimando a este criminal de guerra.

Nos dicen que es terrible lo que está ocurriendo. ¡Como si con ellos no fuera la cosa! Pero la UE, que tiene un acuerdo preferente de libre comercio con Israel, es su principal socio comercial, acaparando el 25,6% de sus exportaciones y el 31,9% de sus importaciones. Si la UE y los Gobiernos del viejo continente rompieran toda relación económica con Israel, bloqueando importaciones y exportaciones, el suministro y compra de armamento o energía, sus cuentas en Londres, París y Berlín, es evidente que la economía israelí se hundiría sin remedio y el esfuerzo bélico terminaría colapsando. Pero obviamente esto no va a ocurrir, es utópico pensar que algo así va a pasar salvo que un levantamiento popular amenace a las burguesías occidentales.

Asistimos a una política de «apaciguamiento» igual de cínica y despreciable que la que siguieron las llamadas potencias «democráticas» europeas, Francia y Gran Bretaña, y también EEUU, frente al ascenso de Hitler, permitiéndole conquistar los Sudetes, apoyar a Franco, invadir Austria, imponer una dictadura fascista militar sangrienta, perseguir y masacrar a millones de judíos, a cientos de miles de militantes de izquierdas, a otras minorías étnicas como los gitanos, o rearmarse hasta los dientes preparando la masacre de la Segunda Guerra Mundial.

Por eso hay que ser claros: luchar contra el genocidio en Gaza es combatir contra la burguesía norteamericana, alemana, británica, francesa o española, y contra sus Gobiernos títeres. El enemigo del pueblo palestino no solo está en Tel Aviv, está aquí, dentro de nuestros países. El enemigo está en casa.

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Cada año la Administración estadounidense garantiza 3.800 millones de dólares a Israel, el mayor receptor desde hace décadas de ayuda norteamericana. Desde octubre de 2023 han entregado a Netanyahu 38.000 millones de dólares. 

Un enemigo que toca tambores de guerra, intentando crear un clima de miedo e histeria que les permita justificar entre la «opinión pública» sus planes militaristas y, de paso, garantizar jugosos negocios a la industria militar: 350.000 millones este año solo en la UE. Unos recursos que saldrán, como siempre, de recortar aún más el gasto social, alimentando la polarización y profundizando la crisis del capitalismo occidental.

De ahí el creciente y agresivo discurso militarista. Quieren conjurar la amenaza interna, la lucha de clases en EEUU y en Europa, como está poniendo en evidencia el poderoso movimiento de solidaridad con el pueblo palestino, y justificar así el aumento de la represión y la aprobación de leyes autoritarias y de excepción que cercenan cada vez más los derechos democráticos.

Pero el margen de maniobra del Ejecutivo sionista es también el resultado de la conciliación que practican otros poderes. La responsabilidad de los regímenes burgueses árabes, que no mueven un solo dedo por el pueblo palestino o que construyen nuevos muros para encerrar a los refugiados gazatíes, como hace Egipto, son buena prueba de ello.

Egipto, Jordania, Marruecos, Qatar, Arabia Saudí han agachado la cabeza ante Tel Aviv y sus mentores en Washington. Y lo mismo podemos decir de Irán o Hezbolá en el Líbano, Gobiernos y organizaciones integristas y burguesas, ligadas a potencias imperialistas como China y Rusia, y que defienden, por encima de todo, sus negocios e intereses geoestratégicos, reprimiendo a sus pueblos con saña cuando se levantan exigiendo derechos democráticos y justicia social.

El ejemplo del Irán de los mulás es representativo. Se muestran muy cautos a la hora de responder a las constantes provocaciones militares sionistas, lo que se explica en primera instancia por la estrategia de China, la potencia que desafía el poder estadounidense en el mundo, pero que no quiere oír hablar de escalada militar en Oriente Medio.

Algunos pueden pensar que el Gobierno de Beijing mantiene un decidido amor por la paz. Pero no se trata de paz, sino de negocios, de las inversiones multimillonarias de China en Oriente Medio, de los lazos económicos que mantiene con Tel Aviv y que suponen que China sea el segundo socio comercial de Israel y el primero a nivel de importaciones, con un valor comercial en 2023 de 24.500 millones de dólares, un 10% más que en 2022.1

Si los países árabes, la OPEP, China y Rusia plantearan un embargo de petróleo y gas a Israel, y rompieran cualquier vínculo económico con Netanyahu y sus socios más activos, estarían en condiciones de forzar una tregua y evitar más atrocidades del Estado sionista. Pero no es el caso.

Este completo abandono del pueblo palestino por parte de la llamada comunidad internacional ha quedado aún más en evidencia con la resolución del Tribunal Internacional de Justicia de la ONU,que dictamina que aún no está claro que haya un genocidio, que se niega a exigir un alto el fuego a Israel y que reclama a Netanyahu que no destruya las pruebas de sus atrocidades. ¿Qué clase de broma pesada es esta?2

Una resolución a la que ha seguido un montaje contra la UNRWA3 que ha supuesto la retirada de la financiación de EEUU, Alemania, Francia y otros países occidentales, que representan el 68,64% de la misma, condenando aún más a los gazatíes a la hambruna y el exterminio. Ninguna sanción a Israel, pero a la UNRWA, es decir, al pueblo palestino, sí. Esta es la legalidad internacional a la que una izquierda otanista y proimperialista se pretende acoger.

Que la extrema derecha en todo el mundo, desde Milei a Trump, de Abascal a Meloni, haya cogido con las dos manos la causa sionista defendiendo abiertamente el genocidio, igual que hicieron en los años 30 del siglo pasado con el antisemitismo, no es ninguna casualidad. El Gobierno de Netanyahu es el representante más brutal de este nuevo ascenso global de la extrema derecha, su campo de experimentación más sólido y avanzado.

Pero la opresión del Estado de Israel contra el pueblo palestino no nace ahora, se lleva prolongando décadas. Una opresión que despertó desde sus comienzos la solidaridad de las masas trabajadoras y oprimidas de todo el mundo, convirtiendo la causa palestina en uno de los motores del internacionalismo revolucionario más consecuente.

Esta solidaridad ha vuelto a emerger contra este brutal genocidio, con movilizaciones masivas, de millones, en EEUU y Gran Bretaña, en toda Europa, en los países árabes, desde abajo, mediante la acción directa, y es el miedo que infunde este levantamiento lo que explica las lágrimas de cocodrilo de Borrell, Biden y Pedro Sánchez.

Gaza ofrece también una valiosa lección: refuta contundentemente a todos aquellos que siguen considerando que la liberación nacional dependerá de la alianza con Gobiernos o bandidos imperialistas. La lucha del pueblo palestino echa por tierra la política de colaboración de clases, también la idea falaz de que la liberación nacional y el combate por el socialismo son cosas independientes o contrapuestas.

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La opresión de Palestina despertó desde sus comienzos la solidaridad de los oprimidos de todo el mundo, convirtiéndose en uno de los motores del internacionalismo revolucionario más consecuente. 

En esta batalla, el pueblo palestino, como todos los pueblos oprimidos y colonizados, tiene el derecho y la obligación de tomar las armas contra sus opresores. Pero la lucha armada debe ser guiada por una política revolucionaria y de clase, no por el integrismo religioso ni por maniobras de subordinación a potencias reaccionarias o imperialistas.

Como explicaremos, la izquierda que se reivindicaba «marxista» o «comunista», en realidad estalinista, tanto en Palestina y el mundo árabe como a escala internacional, ha cometido demasiados errores estratégicos. Y estos errores, que se han prolongado durante décadas, impidieron al movimiento de liberación nacional palestino armarse con un programa capaz de impulsar la revolución socialista y derrotar la maquinaria asesina del sionismo y sus patrocinadores imperialistas.

III. Gran Bretaña y la colonización sionista

En 1917 el Gobierno británico promovió la Declaración Balfour, por la que se comprometía a establecer un «hogar nacional» para el pueblo judío en Palestina. Tras la Primera Guerra Mundial, y al amparo de la Sociedad de Naciones,4 la administración de Palestina fue encomendada a los británicos, quienes la incorporaron a su imperio colonial como una pieza clave para controlar el estratégico Canal de Suez.

Paradójicamente, Arthur Balfour, conocido como Balfour el Sangriento por su despiadada actuación como secretario colonial de Irlanda, también impulsó siendo primer ministro una ley de extranjería en 1905 que restringió la inmigración de judíos que huían de los pogromos zaristas a Gran Bretaña.

Es de sobra conocido que amplios sectores de la intelectualidad y el movimiento obrero judío, tanto en Rusia como en el conjunto de Europa, jugaron un papel central en la configuración del movimiento socialista revolucionario y proporcionaron una gran cantidad de dirigentes y cuadros al comunismo internacional. La condición de pueblo perseguido, las atrocidades perpetradas por el antisemitismo institucionalizado, que tan buenos servicios rindió a la clase dominante, generó un sentimiento de rebeldía que se extendió y contagió a cientos de miles. Pero precisamente esta situación lacerante también se manifestó en intereses de clase contrapuestos y soluciones contradictorias para acabar con la humillación nacional y material de las masas judías.

Una de estas soluciones fue el sionismo, nacido a finales del siglo XIX como una respuesta nacionalista al profundo antisemitismo que recorría las sociedades europeas. Como explica el marxista Abraham León, se trataba de una «ideología de la pequeña burguesía judía, ahogada entre el feudalismo en ruinas y el capitalismo decadente (…) el producto de la era imperialista (…) [que] quiere resolver la cuestión judía sin destruir el capitalismo, fuente principal de los sufrimientos de los judíos».5

El sionismo como corriente ideológica y política asumió un carácter progresivamente supremacista y colonialista en la medida que las expectativas creadas con la ocupación y dominación de Palestina se afianzaban. La alianza de los líderes sionistas con los prohombres del imperialismo británico marcaba a fuego la naturaleza del nuevo movimiento. Y no es casualidad que el propio Winston Churchill fuera un acérrimo defensor de la colonización sionista, como medio eficaz para garantizar la subordinación de la población árabe-palestina a la que mostraba todo su desprecio racista: «No estoy de acuerdo en que el perro tenga derechos sobre el comedero, aunque haya comido en él durante mucho tiempo. No reconozco ese derecho», decía refiriéndose a los palestinos.

La colonización sionista se hizo a costa de la población nativa más oprimida y empobrecida, concretamente de los fellahin, agricultores arrendatarios, y de los pobres de las aldeas y ciudades. En contraste, los terratenientes y las élites comerciales palestinas sí sacaron una buena tajada trabando negocios importantes con los inmigrantes sionistas acaudalados.

Un factor clave en este proceso fue la demanda de tierra por parte de la burguesía sionista colonizadora, que disparó los precios y se volvió una fuente de lucro atractiva para los terratenientes palestinos, tanto absentistas, que vivían en otros países árabes, como presentes. Entre 1901 y 1914 el 65,4% de las compras de tierra por parte del Fondo Nacional Judío6 se realizó a grandes terratenientes árabe-palestinos (el 33,6% exactamente a latifundistas absentistas). Entre 1914 y 1936 dicha cifra se disparó al 76,6%, correspondiendo el 52,6% a latifundistas que no vivían en Palestina.

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Tras la Primera Guerra Mundial, la administración de Palestina fue encomendada a los británicos, quienes la incorporaron a su imperio colonial como una pieza clave para controlar el estratégico Canal de Suez. 

Al principio las explotaciones agrarias judías en Palestina eran muy deficitarias y pudieron sobrevivir gracias a una enorme inversión de capital y maquinaria que, finalmente, les dio ventaja sobre la agricultura feudal de los fellahin. Muchos de estos arrendatarios pobres se vieron obligados a realizar inversiones para poder competir, pidiendo prestado a los propios terratenientes árabes y palestinos a intereses usureros. Una vez que dicha deuda se volvía impagable, los terratenientes se apropiaban de sus tierras y tenían más margen aún para venderlas a los compradores sionistas.7

Los dirigentes sionistas, abiertamente de derechas o de tinte más socializante, siempre fueron muy conscientes de que estaban llevando adelante una brutal colonización. Uno de los padres fundadores del Estado de Israel y líder del Mapai,8 David Ben-Gurión, decía lo siguiente en 1918: «El conflicto entre los intereses judíos y los árabes se puede resolver, en teoría, recurriendo a sofisterías. No conozco a ningún árabe que acepte que Palestina debe pertenecer a los judíos (…) Nosotros, como nación, queremos que ese país sea nuestro».9

Lo mismo explicaba de forma aún más cruda Zeev Jabotinsky, ideólogo de la derecha sionista: «Si quieres colonizar un territorio en el que ya vive gente, debes disponer de una guarnición en ese territorio o encontrar un benefactor que te proporcione esa guarnición (…) El sionismo es una empresa colonizadora y, como tal, depende íntegramente de la cuestión de las fuerzas armadas».10

Con el objetivo de ganar el apoyo de las masas trabajadoras en Europa, y evitar ser asociados a un proyecto agresivo y colonialista, los dirigentes del sionismo laborista lo encubrieron con una apariencia «socialista». Durante los primeros 30 años de existencia del Estado de Israel, el movimiento sionista estuvo bajo el férreo control del Mapai y del Histadrut, la central sindical judía.11 Con esta cobertura, el proyecto colonialista sionista se presentó al mundo como una especia de vía judía hacia el socialismo.

Esta presentación fraudulenta fue denunciada y combatida por los comunistas judíos y la Internacional Comunista (IC) bajo la dirección de Lenin y Trotsky, negándose a aceptar en su seno organizaciones sionistas. En las tesis sobre la cuestión nacional y colonial del II Congreso de la IC se señalaba «la necesidad de explicar infatigablemente y desenmascarar continuamente ante las masas trabajadoras de todos los países, sobre todo ante los proletarios, el engaño que utilizan sistemáticamente las potencias imperialistas, las cuales, bajo el aspecto de estados políticamente independientes, crean en realidad estados desde todo punto de vista sojuzgados por ellos en el sentido económico, financiero y militar. Como un ejemplo flagrante (…) podemos citar el asunto de los sionistas en Palestina, país en el que so pretexto de crear un Estado judío, allí donde los judíos son una minoría insignificante, el sionismo ha entregado a la población autóctona de los trabajadores árabes a la explotación de Inglaterra».12

A pesar del apoyo de Gran Bretaña y la Sociedad de Naciones, la colonización tuvo resultados muy limitados hasta 1933. A partir de ese año, con la llegada de Hitler al poder, la situación dio un vuelco, y la población judía en Palestina pasa del 18% en 1931 a más del 30% en 1939. Un flujo potenciado por el endurecimiento de las leyes de inmigración británica y estadounidense contra los judíos con menos recursos económicos que trataban de huir de la Alemania nazi. Es decir, la colonización se realizó con secciones importantes de la población judía de extracción obrera a las que las potencias imperialistas rechazaban otorgar cobijo.

Dicho todo esto, es importante constatar que la Agencia Judía13 y una parte considerable de los líderes del sionismo, incluidos muchos dirigentes de la llamada «izquierda sionista», no tuvieron reparo en llegar a acuerdos con la Alemania nazi para seguir fortaleciendo su proyecto colonizador. En agosto de 1933 se firmó el Acuerdo Haavara (transferencia), vigente hasta 1939, permitiéndose la emigración de 60.000 judíos a Palestina con gran parte de su patrimonio.14 Una emigración a la carta en favor de los más ricos. A cambio, la Agencia Judía y parte del movimiento sionista levantaron el boicot impuesto contra los nazis.

La creciente opresión del colonialismo británico y sionista, y su racismo respecto a la población palestina nativa, llevó la situación a un punto crítico en 1936. Aquel año estalló una huelga general que se extendió durante seis meses y que, finalmente, derivó en una insurrección armada que puso contra las cuerdas a los británicos. La crisis se prolongó hasta 1939. Tras enviar 100.000 soldados británicos para hacer frente a un millón de palestinos, aplastaron la revuelta a sangre y fuego, encarcelando y exiliando a decenas de miles, entre el 14% y el 17% de la población masculina. Durante la insurrección, los británicos armaron hasta los dientes e integraron junto al ejército británico a las milicias sionistas, tanto al Irgún como a la Haganá, estableciendo las bases del futuro ejército del Estado de Israel.

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La opresión del colonialismo británico y sionista llevó la situación a un punto crítico en 1936. Aquel año estalló una huelga general que se extendió durante seis meses y que derivó en una insurrección armada. 

Lo más significativo es que la crisis revolucionaria confirmó los pronósticos del II Congreso de la Internacional Comunista. Uno de los principales aliados de los sionistas y los británicos ante la revuelta popular y la huelga general fue la propia élite palestina, concretamente el gran muftí de Jerusalén, Amin al-Husayni, cargo creado por el Gobierno de Londres para mantener el orden entre la población palestina. La revuelta se desarrolló al margen de estas élites, que negociaron contrarreloj con los británicos para frenarla, negándose a romper en todo momento con el Mandato colonial británico. Una posición colaboracionista que repetirán una y otra vez la oligarquía terrateniente y la burguesía árabe, y también palestina, a lo largo del conflicto.

El Partido Comunista de Palestina (PCP) y la Internacional Comunista, ya bajo el control de la burocracia estalinista, apoyaron la insurrección como «una revuelta progresista antiimperialista», pero lo hicieron con una posición acrítica respecto al muftí y las élites palestinas, en el marco de su política de colaboración de clases consagrada en los «frentes populares». Con este mismo enfoque, militantes judíos del PCP y de la IC plantearon una alianza con el sionismo de izquierdas y con la burguesía sionista progresista. La división del comunismo palestino en líneas nacionales estaba germinando impulsada por la política estalinista.15

IV. El papel del estalinismo en la fundación del Estado de Israel

Fruto de los acontecimientos revolucionarios en Palestina y de la necesidad de contar con aliados en el mundo árabe frente a las potencias del Eje, en 1939 Londres planteó formalmente poner límites a la inmigración judía (el llamado Libro Blanco). Una política demagógica que no frenó el desarrollo del sionismo.

Previamente, en 1937, el imperialismo británico ya había dado un paso al frente al formular el primer plan de partición de Palestina (a través de la «Comisión Peel») y proponer la constitución de un Estado judío independiente en el 17% del territorio mediante la expulsión de 200.000 palestinos, manteniendo el Mandato británico en el resto con población árabe-palestina.

Tras la Segunda Guerra Mundial, los horrores del holocausto nazi y el conocimiento de los millones de judíos asesinados y gaseados en los campos de exterminio de las SS, junto a las masacres perpetradas contra la población judía en Ucrania, Bielorrusia, los países bálticos, en los países de Europa central y los Balcanes o el aplastamiento del levantamiento heroico del gueto de Varsovia, hicieron que la simpatía de la opinión pública mundial y de la inmensa mayoría de la izquierda internacional hacia el pueblo judío se acrecentara notablemente. Su calvario y su sacrificio se convirtieron en un argumento poderoso para los planes del sionismo.

En 1945, más de cien mil supervivientes judíos vivían confinados por los Aliados en campos de refugiados por toda Europa. En 1946, EEUU y Gran Bretaña constituyeron un comité para tratar la cuestión del Estado judío, acordando que dichos refugiados pudieran emigrar a Palestina. Una decisión que volvió a poner encima de la mesa el cinismo de EEUU y Gran Bretaña, pues a la vez que promovían el éxodo masivo a Palestina cerraban sus fronteras a estos mismos inmigrantes.

En un momento de tanta trascendencia, solo los militantes comunistas agrupados en la Cuarta Internacional, fundada por León Trotsky en 1938, se mantuvieron firmes en una posición de clase e internacionalista, y advirtieron de las consecuencias catastróficas que traería la creación de un Estado sionista en Palestina de la mano de los imperialistas occidentales. Solo ellos se opusieron a esta maniobra contra el pueblo palestino.

La Cuarta Internacional denunció con contundencia este arreglo imperialista: «Por eso debemos reconocer el hecho de que la continuación de la inmigración judía a Palestina amplía la brecha entre los trabajadores judíos y árabes (…) la Cuarta Internacional debe hacer todo lo posible para disuadir a los refugiados judíos de emigrar a Palestina; debe esforzarse, en el marco de un movimiento de solidaridad mundial, para que se les abran las puertas de otros países y debe advertir que Palestina es para ellos una trampa terrible; y en su propaganda concreta sobre la cuestión de la inmigración judía debe partir de la soberanía de la población árabe. Solo la población árabe tiene derecho a determinar si la inmigración a Palestina debe estar abierta o cerrada a los judíos».16

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El Partido Comunista de Palestina había crecido notablemente durante los años treinta combatiendo al sionismo y organizando al creciente proletariado palestino junto a sectores de la clase obrera judía. 

Al acabar la Segunda Guerra Mundial las milicias sionistas se habían fortalecido aún más, armadas e integradas en el ejército británico. Volvieron sus armas contra la población árabe y también contra los británicos, exigiendo constituir un Estado judío. Una decisión que desde Londres, con el apoyo del imperialismo norteamericano, pusieron en manos de la ONU, que acordó la partición de Palestina y la creación ¡de dos Estados! La propuesta fue conceder a los sionistas el 54% del territorio, a pesar de que solo el 33% de la población era judía.17

Tras los horrores del nazismo, la consigna del derecho de autodeterminación del pueblo judío fue utilizada en beneficio del sionismo y como cobertura a la maniobra imperialista. Y gran parte de la izquierda mundial se sumó a ella esgrimiendo la necesidad de otorgar a los judíos un Estado en Palestina. La «izquierda» sionista, apoyada por la socialdemocracia internacional, continuó recubriendo con un barniz progresista su empresa colonizadora, popularizó los kibutz, cooperativas agrarias, como una suerte de socialismo autogestionario, y planteó la fundación del Estado de Israel como un enorme paso progresista frente al atraso feudal de las naciones árabes.

Pero lo que inclinó la situación a favor del sionismo fue el cambio en la posición de la URSS, dirigida por Stalin, que votó en la ONU, junto a los estadounidenses, a favor de la partición y de la constitución de un Estado judío, abandonando definitivamente la posición de clase e internacionalista que defendió la Internacional Comunista en tiempos de Lenin. El Partido Comunista de Palestina había crecido notablemente durante los años treinta combatiendo al sionismo y organizando al creciente proletariado palestino junto a sectores de la clase obrera judía, convirtiéndose en un importante factor en la lucha de clases.

Este cambio de posición de la URSS, utilizando su enorme autoridad ante el movimiento obrero internacional tras su victoria sobre la Alemania nazi, supuso un espaldarazo al sionismo y recubrió con una apariencia izquierdista y emancipadora una decisión profundamente reaccionaria.

Al tiempo que Stalin imponía este giro, desde la dirección del PCUS se iniciaba su campaña de purgas antisemitas en la URSS, persiguiendo y censurando a intelectuales judíos que estaban investigando el holocausto. En 1947 se prohibiría el llamado Libro negro de Ilyá Ehrenburg y Vasili Grossman, elaborado por Comité Judío Antifascista y que recopilaba documentación y testimonios sobre el exterminio de los judíos y su participación en la resistencia en los territorios de la URSS ocupados los nazis. La campaña antisemita culminó en 1952 con la Noche de los Poetas Asesinados, en la que se ejecutó a trece de los más destacados artistas yidis de la URSS, y con un nuevo montaje judicial, conocido como el Complot de los médicos, que supuso la detención de decenas de médicos judíos acusados de tramar una conspiración sionista para asesinar a Stalin.

Stalin y su camarilla eran conscientes de que la constitución de una Estado judío conllevaría inevitablemente la expulsión de la población árabe en los territorios concedidos al sionismo. Pero la estrechez de miras y las vanas ilusiones de utilizar a Israel como con un aliado frente a EEUU, en un momento en que la Guerra Fría estaba en marcha, condujo a este nuevo y trágico zigzag de la burocracia estalinista.

Poco antes Stalin había sacrificado la revolución griega y permitido la masacre de los guerrilleros y militantes comunistas a manos del ejército británico, también había impuesto al Partido Comunista Italiano y al Partido Comunista Francés el desarme de los ejércitos partisanos y de la resistencia para apoyar a la burguesía de sus países. Todo ello con el objetivo de cumplir sus acuerdos con Churchill y Roosevelt. Y el apoyo al sionismo, en línea con lo anterior, implicó a su vez una brutal traición a la revolución árabe en marcha y un enorme balón de oxígeno a Gran Bretaña y EEUU.

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Stalin había sacrificado la revolución griega e impuesto a los Partidos Comunistas Italiano y Francés el desarme de los partisanos. Todo ello para cumplir sus acuerdos con Churchill y Roosevelt. 

En el momento de aprobarse la partición, la población árabe era mayor que la judía18 y tan solo 1.734 kilómetros cuadrados de los 20.658 de Palestina pertenecían a la Administración sionista. Por eso mismo, desde noviembre de 1947 la clase dominante judía, en alianza con las fuerzas de la izquierda sionista y el beneplácito del estalinismo, impulsó el Plan Dalet, de limpieza étnica, con matanzas indiscriminadas contra la población civil palestina para arrojarla fuera de las fronteras del nuevo Estado judío. Fue la Nakba (catástrofe), que implicó la expulsión manu militari de 750.000 palestinos.

La guerra con los países árabes a partir de la declaración de independencia de Israel, en mayo de 1948, agravó aún más y facilitó la limpieza étnica, tal y como reconoce el historiador sionista Benny Morris:

«Si me viera obligado (…) a evaluar moralmente los planes y comportamiento de la Yishuv19 en 1948, sería reacio a la condena (…) ¿Qué líder, conociendo el potencial desestabilizador para el nuevo Estado judío de una eventual gran minoría árabe, no habría tratado de reducir su peso y número, y no se habría felicitado, más aún, regocijado, ante el espectáculo de la evacuación en masa árabe? ¿Qué líder cuerdo y pragmático no habría procurado, dada la iniciación árabe de las hostilidades, aprovechar la guerra para ampliar el territorio de Israel y darle unas fronteras más racionales y viables?».20

La Cuarta Internacional denunció que el estalinismo, con sus concesiones vergonzosas al sionismo, había facilitado la penetración del chovinismo entre la población judía, y las tendencias clasistas y socialistas habían retrocedido de manera brutal, facilitando la limpieza étnica:

«Todos los judíos de Palestina se oponen a la convocatoria inmediata de una Asamblea Constituyente, que pondría el poder en manos de la mayoría árabe de la población (…) no apoyan las elecciones generales hasta que los judíos constituyan la mayoría absoluta de la población (…) Por lo tanto, es inevitable la conclusión de que en la etapa actual las masas judías en Palestina no constituyen en su conjunto una fuerza antiimperialista, y que el establecimiento de un bloque antiimperialista judeo-árabe no pude convertirse en un lema de agitación inmediata».21

Este último lema fue utilizado demagógicamente por el estalinismo para justificar su giro en favor de la partición.

Stalin dio un apoyo militar decisivo a Israel en su guerra contra los Gobiernos árabes, que eran a su vez semicolonias británicas. La guerra de 1948 se convirtió en una guerra reaccionaria azuzada por el imperialismo angloamericano,22 el divide y vencerás británico. Por un lado, el sionismo colonialista, por otro, las élites feudales árabes. Así lo denunció con contundencia la Cuarta Internacional en su manifiesto contra esta guerra:

«Los dos campos hoy movilizan a las masas bajo la máscara de la autodefensa (…) La guerra es la continuación de la política por otros medios. La guerra liderada por los feudales árabes no es más que la continuación de su guerra reaccionaria contra los trabajadores y los campesinos que luchan por sacudirse la opresión y la explotación (…) La guerra librada por los sionistas es la continuación de su política expansionista basada en la discriminación entre los dos pueblos: defienden el kibbush avoda (expulsión de los trabajadores árabes), el kibbush adama (expulsión de los fellah), el boicot a los productos árabes y el Gobierno hebreo. El conflicto militar es resultado directo de la política de los conquistadores sionistas.

«No se puede decir que esta guerra tenga un carácter progresista por parte de ninguno de los bandos (…) La verdad es todo lo contrario: puede oscurecer el antagonismo de clases y abrir la puerta a los excesos nacionalistas. Debilita al proletariado y fortalece al imperialismo en ambos campos».23

La guerra, tal y como denuncia el manifiesto, acabó con el proceso de huelgas y luchas unificadas que habían protagonizado los trabajadores judíos y palestinos desde 1943 contra los británicos, la burguesía sionista y los terratenientes y élites árabes, y en las que el Partido Comunista de Palestina jugó un papel muy destacado. Fruto del giro prosionista de la URSS, el PCP se terminó escindiendo en líneas nacionales, con sus dirigentes y militantes judíos creando el Maki, Partido Comunista de Israel, que estamparía su firma en la declaración de independencia de Israel en mayo de 1948.

El apoyo del estalinismo a la creación del Estado de Israel y al sionismo de «izquierda» y «extrema izquierda», promoviendo un discurso demagógico sobre la posibilidad de construcción de un Estado socialista judío en contraposición a los «feudales» —la clase dominante árabe formada por la oligarquía terrateniente y la burguesía comercial— dio un aura de progresismo al sionismo y su proyecto.

En las primeras elecciones a la Asamblea Constituyente de Israel el Mapai de Ben-Gurión obtuvo el 35,72% de los votos, el Mapam (Partido de los Obreros Unidos), que se reclamaba marxista, fue segundo con el 14,73%, y el Maki obtuvo el 3,48% de los sufragios.

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El apoyo del estalinismo a la creación del Estado de Israel, promoviendo un discurso demagógico sobre la posibilidad de construcción de un Estado socialista judío, dio un aura de progresismo al sionismo y su proyecto. 

La socialdemocracia sionista, en solitario o en Gobiernos de unidad nacional con la derecha religiosa, dominaría la política israelí ininterrumpidamente durante los primeros 30 años de existencia del Estado de Israel. Al principio, y apoyándose en la fuerza del movimiento sindical, el Histadrut, logró crear un cierto Estado de bienestar con importantes derechos laborales, a semejanza de Europa occidental, pero solo para los judíos y especialmente para las élites y clases medias askenazís,24 y la aristocracia obrera.

Todo esto camufló ante la opinión pública de izquierdas el carácter profundamente reaccionario, racista y colonialista del Estado de Israel, donde hasta 1966 estuvieron prohibidas las organizaciones políticas mixtas, de judíos y árabes. Algo que no impidió, sin embargo, que una parte de las élites y la pequeña burguesía palestina que permaneció en Israel tras la guerra de 1948, colaborara con los diferentes Gobiernos laboristas proporcionándoles incluso apoyo parlamentario.25

Toda una gama de dirigentes israelíes, que ocuparon posiciones dirigentes en el nuevo Estado, desarrollaron una mentalidad imperialista muy agresiva, aspirando a constituir el Gran Israel, que incluía Gaza, Cisjordania y el sur del Líbano. Ben-Gurión se negó a tomar militarmente Gaza y Cisjordania en 1948, pero no lo hizo por razones morales, sino porque, como él mismo escribió, eso habría vuelto inviable demográficamente el recién creado Estado de Israel, obligando a elegir entre una Estado democrático judío o un régimen dictatorial sionista.26

El carácter imperialista del sionismo ha quedado en evidencia en sus continuas agresiones militares. Desde la guerra de 1956, atacando, junto a Francia y Gran Bretaña, a Egipto tras la nacionalización del Canal de Suez por parte de Nasser, hasta la Guerra de los Seis Días en 1967, del Yom Kipur en 1973,27 o la invasión del Líbano en 1982.

Gracias al apoyo de las potencias imperialistas occidentales, de Gran Bretaña y Francia28 y posteriormente de EEUU, Israel se convirtió, en palabras de Alexander Haig, secretario de Estado con Reagan, en «el mayor portaviones estadounidense» en la región. La ayuda norteamericana a Israel desde 1951 ha ascendido a 225.200 millones de dólares, el grueso a partir de los años 70. Una ayuda decisiva, que explica el comportamiento de Israel en las décadas posteriores.

V. La cuestión palestina y el mundo árabe

Desde la expulsión del pueblo palestino de sus tierras se ha producido un intenso debate sobre cómo lograr su liberación nacional. Una de las principales aportaciones de Lenin y los bolcheviques respecto a la cuestión nacional y colonial, que además demostraron en el terreno práctico tras la toma del poder en octubre de 1917, fue señalar que en la era del imperialismo las naciones y pueblos sojuzgados solo podrían conseguir su liberación nacional plena y real de la mano de la revolución socialista. Y para lograrlo, el único camino era apoyarse en la clase trabajadora y las masas oprimidas, ya que la llamada burguesía nacional, subordinada por lazos económicos y políticos a las metrópolis imperialistas, no podía liderar consecuentemente dicha liberación.

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La socialdemocracia sionista, en solitario o en Gobiernos de unidad nacional con la derecha religiosa, dominaría la política israelí durante los primeros 30 años de existencia del Estado de Israel. 

Esta posición leninista, basada en un programa de clase e internacionalista, fue traicionada por el estalinismo. Primero, la burocracia usurpadora se sacó de la manga la teoría del «socialismo en un solo país», que fue la cobertura para renunciar a la revolución mundial y convertir a la Internacional Comunista en un instrumento para defender los intereses y privilegios de la nueva casta dirigente soviética. Luego fue la política del «frente popular», una vuelta a los principios del menchevismo y la colaboración de clases, que planteaba subordinarse políticamente a la llamada «burguesía nacional progresista», y rechazaba impulsar la revolución socialista y que la clase obrera tomara, como en Rusia, el poder político.

Como ya hemos esbozado en el caso palestino, las élites árabes y palestinas, los terratenientes y la burguesía comercial contribuyeron significativamente a la colonización sionista, confirmando su papel de apéndices del imperialismo y su incapacidad para poder encabezar consecuentemente la lucha por la liberación nacional. Lo mismo ocurriría a partir de 1948, con la burguesía y los Gobiernos del mundo árabe.

A pesar de su oposición a la partición y de su guerra con el recién formado Estado judío, estos Gobiernos abandonaron muy pronto la causa palestina. En primer lugar, porque en 1948 Jordania o Egipto eran monarquías tuteladas por el imperialismo británico. La propia Liga Árabe fue una creación británica, excluyendo conscientemente de su manifiesto fundacional la cuestión palestina. Si nunca pudieron desligarse del todo de la lucha del pueblo palestino, aunque solo hicieran brindis al sol y demagogia, fue exclusivamente por la presión desde abajo de las masas oprimidas árabes, que vivían con efervescencia el proceso de liberación colonial que emergió por toda la región.

Tras la guerra de 1948, con Gaza bajo soberanía egipcia y Cisjordania bajo soberanía jordana, ambos países persiguieron a los activistas palestinos e ilegalizaron a sus organizaciones, incluido el potente Partido Comunista de Gaza, creado tras la ruptura del PCP en líneas nacionales. Una política que no cesó con el ascenso de Gamal Abdel Nasser.29

La Organización para la Liberación de Palestina (OLP) fue inicialmente una creación de la Liga Árabe a instancias del Egipto de Nasser, con la intención de mantener bajo control al movimiento nacional palestino. Pero la dura opresión y exilio del pueblo palestino hizo que dicho control resultara muy complicado, multiplicándose los choques con los Gobiernos árabes. La OLP se desarrolló como un movimiento nacional de masas con un carácter profundamente revolucionario, que fue alimentado por otros procesos, desde la revolución cubana, la guerra de liberación del pueblo argelino contra el yugo francés o la de Vietnam contra la intervención imperialista de EEUU.

A pesar de todo, la fracción más nacionalista y pequeñoburguesa de la OLP siempre mantuvo en sus estatutos un artículo según el cual «la OLP cooperará con todos los países árabes (…) y no intervendrá en los asuntos internos de ningún Estado árabe».

Esta subordinación a los Gobiernos burgueses árabes o a Gobiernos simpatizantes de la URSS30 condicionó la política de la OLP, y le llevó a perder importantes oportunidades revolucionarias que hubieran transformado por completo la situación en Oriente Medio.

El caso más claro fue el de Jordania. Tras las guerras del 48 y del 67, y de la ocupación de Cisjordania por Israel, Jordania se convirtió en el principal refugio de la diáspora palestina. A finales de los años sesenta del siglo pasado el poder de la OLP, de sus organizaciones y sus milicias armadas —no solo de Fatah, el partido de Yasir Arafat—, sino de sus alas más revolucionarias que se reclamaban marxistas, el Frente Popular de Liberación de Palestina (FPLP), dirigido por George Habash, y el Frente Democrático de Liberación de Palestina (FDLP), liderado por Nayef Hawatmeh, amenazaba con barrer a la monarquía hachemita, una sucursal del imperialismo norteamericano y el principal interlocutor árabe, en secreto, de Israel.

En 1969 Jordania vivía una situación de doble poder, las organizaciones palestinas armadas se habían convertido en un polo de autoridad indiscutible frente al Estado. La toma del poder por parte de la OLP era perfectamente posible, y una revolución socialista en Jordania no se habría detenido dentro de sus fronteras nacionales, al contrario, habría contagiado a todo Oriente Medio creando las condiciones para derribar al sionismo y acabar con la dominación imperialista.

En Washington eran muy conscientes de esta posibilidad, así que tomaron la iniciativa. El Gobierno del rey Huséin I comenzó una campaña de hostigamiento para desarmar y expulsar a las milicias palestinas, pero en este primer intento se desató una situación abiertamente revolucionaria que puso a la monarquía contra las cuerdas. Hasta tal punto fue así que Huséin I se vio obligado en junio de 1970 a ofrecer a Yasir Arafat el puesto de primer ministro.31

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En 1969 Jordania la OLP podía haber tomado el poder, y una revolución socialista habría contagiado a todo Oriente Medio, creando las condiciones para derribar al sionismo y acabar con la dominación imperialista. 

Arafat y la dirección de la OLP, condicionados por esa política de subordinación a los Gobiernos y burguesías árabes, negociaron una tregua con el régimen jordano y se negaron a tomar el poder y culminar así la crisis revolucionaria con una victoria sonada. Una política a la que se plegaron el FPLP y el FDLP en aras de la «unidad» del movimiento palestino, quedando a merced, como volvería a ocurrir en el futuro, de los sectores más conservadores de la OLP.

Perdida esta oportunidad, y consciente de lo cerca que había estado su derrocamiento, Huséin I preparó sus fuerzas para golpear definitivamente a la OLP y a las milicias palestinas. La operación se inició el 17 de septiembre de 1970, pasaría a la historia como el «Septiembre Negro», y enfrentó a 70.000 soldados jordanos con armamento pesado contra unos 40.000 milicianos de las diferentes organizaciones que componían la OLP.

El conflicto se prolongó debido a la feroz resistencia de los fedayines palestinos y a la intervención en la mañana del 21 de septiembre de cerca de trescientos tanques sirios que se posicionaron alrededor de la ciudad jordana de Irbid en apoyo de las milicias palestinas. El rey Huséin lanzó llamamientos desesperados de ayuda al imperialismo norteamericano y británico, al régimen sionista de Israel, y al Gobierno de Nasser. Finalmente, el 23 de septiembre, Siria retiró sus tres brigadas blindadas del territorio jordano.

La dirección de la OLP aceptó abrir negociaciones en El Cairo, pero el acuerdo rubricado duró poco. Los combates se recrudecieron con las milicias del FPLP y del FDLP, y en julio de 1971 miles de combatientes y los jefes políticos y militares de la OLP fueron expulsados de Jordania.

Tras la derrota en Jordania, tanto la dirección de la OLP como los diferentes grupos y milicias palestinas, se asentaron en el Líbano, donde residían medio millón de refugiados.

El Líbano se había configurado como un Estado multirreligioso donde convivían cristianos, suníes, chiíes y drusos, repartiéndose hasta día de hoy las élites de cada una de estas comunidades las principales responsabilidades del Estado.32 Un mecanismo promovido por el colonialismo francés para dividir en líneas sectarias religiosas a la población y asegurar su dominio indirecto, apoyándose principalmente en los cristianos maronitas (el 20% de la población), sobre las masas oprimidas mayoritariamente musulmanas.

Siguiendo esta tradición, Israel decidió basarse en los sectores más reaccionarios de la comunidad cristiana, impulsando y financiando al Partido de las Falanges Libanesas, fundado en los años 30 por Pierre Gemayel, admirador del nazismo, e inspirado en Falange española y el fascismo italiano. Una fuerza ultraderechista, con milicias armadas y batallones dentro del ejército libanés, que se convirtió en el principal grupo de choque para enfrentar la amenaza revolucionaria palestina.

A partir de 1975 se desató la guerra civil en el Líbano, azuzada por Israel. Los enfrentamientos entre las diferentes facciones libanesas llevaron a la desintegración del ejército en líneas religiosas, conformándose el Ejército del Sur del Líbano, ampliamente financiado y surtido por el Estado sionista y dominado por la extrema derecha cristiana, que intervino en el sur del país para aplastar a la OLP. La fuerza de esta última allí, desde donde realizaba incursiones militares en territorio israelí, era tal que la zona acabó siendo conocida como Fatahland (la tierra de Fatah, en referencia al partido de Yasir Arafat).

Sin embargo, y a pesar del apoyo israelí, las fuerzas reaccionarias libanesas no consiguieron aplastar a las milicias palestinas. Fue en ese momento cuando, a petición del Gobierno libanés33 y de la Liga Árabe, Siria invadió el sur del Líbano para interponerse como una fuerza «pacificadora». Una jugada que sirvió tanto a Israel como al imperialismo norteamericano para continuar indirectamente su objetivo de diezmar las fuerzas palestinas. Tal y como señaló Henry Kissinger,34 «podríamos dejar que los sirios actúen y le rompan la columna a la OLP».35 Otro ejemplo de cómo los supuestos amigos árabes, en este caso un aliado estratégico de la URSS, colaboraron para perpetuar la opresión del pueblo palestino.

A pesar de todo, la OLP y las milicias palestinas mantuvieron su presencia y predominio en el sur del Líbano, incrementando a través de la lucha su prestigio en Beirut y en otras zonas del país. Una influencia creciente entre los sectores más explotados y oprimidos, tanto palestinos como libaneses, que ligada a un programa de transformación social, que apuntara contra las diferentes élites capitalistas y facciones gubernamentales, tenía un potencial revolucionario capaz de romper con las divisiones sectarias dando un salida de clase y socialista al conflicto libanés. Pero, como en Jordania, no fue esa la posición de los dirigentes palestinos.

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La agresión sionista en el Líbano se convirtió en una matanza sangrienta, dirigida por el carnicero Ariel Sharon. En solo diez semanas el ejército israelí asesinó a 19.000 palestinos y libaneses, la mayoría civiles, mujeres y niños. 

Finalmente, en 1978, Israel decidió ocupar militarmente el sur del Líbano expulsando a la OLP al otro lado del río Litani. Una nueva agresión que se llevó adelante al tiempo que se negociaban con Egipto los famosos Acuerdos de Paz de Camp David, firmados definitivamente con el presidente egipcio Sadat36 bajo los auspicios de la Casa Blanca, siendo la primera vez que una nación árabe reconocía a Israel, un importante espaldarazo al proyecto sionista.

En todo caso, la fuerza de la OLP no se vio seriamente afectada. Con el objetivo de poder justificar su intervención más allá del río Litani y aplastar definitivamente a la OLP, al FPLP y al FDLP, el Estado sionista inició una serie de montajes y provocaciones para desatar una guerra total en el Líbano y poder llegar hasta Beirut. En 1982 un grupo palestino hostil a la OLP,37 probablemente infiltrado por el Mossad,38 intentó asesinar al embajador israelí en Londres, dando la excusa perfecta para ello.

La posterior agresión sionista en el Líbano se convirtió en una matanza sangrienta, dirigida por el carnicero Ariel Sharon. En solo diez semanas, durante el verano de 1982, el ejército israelí asesinó a 19.000 palestinos y libaneses, la mayoría civiles, mujeres y niños, reduciendo gran parte de Beirut a cenizas.

Tras llegar a la capital organizaron un cerco criminal, como el que hoy vemos en Gaza, tratando de dejar sin agua, comida o electricidad a la población, especialmente en los barrios donde se concentraban decenas de miles de refugiados palestinos. Una salvaje intervención militar que culminó con la famosa masacre de los campos de Sabra y Shatila, donde las Falanges Libanesas, bajo supervisión israelí, asesinaron a sangre fría a cerca de 3.000 civiles, principalmente mujeres y niños.

El escándalo por estas matanzas y por el asedio de Beirut fue tal que la ONU calificó los hechos de genocidio, generándose un movimiento de repulsa tanto internacionalmente como dentro de Israel, lo que forzó a la Administración norteamericana a imponer un alto el fuego. Más de 400.000 personas salieron a las calles de Tel Aviv contra la masacre, y la presión llegó a tal punto que se constituyó una comisión de investigación en la Knéset que dictaminó la «responsabilidad indirecta» de Israel en la masacre.

La guerra del Líbano acabó con una nueva y dura derrota para la OLP, cuyos dirigentes partieron para el exilio en Túnez. Sin embargo, la imagen internacional de Israel se vio duramente golpeada. El ejército sionista mantuvo la ocupación del Líbano hasta 1985, viéndose finalmente forzado, ante los constantes ataques a sus tropas, a retirarse al sur, tras el río Litani, hasta su salida definitiva en el año 2000.

Con la OLP y sus dirigentes a más de 3.000 kilómetros de tierras palestinas, los sionistas pensaron que habían conjurado por mucho tiempo la lucha del pueblo palestino, pero su sorpresa sería mayúscula cuando tan solo cinco años después una gran insurrección se extendió como la pólvora por Gaza y Cisjordania.

VI. De la Intifada revolucionaria a los Acuerdos de Oslo

En diciembre de 1987 el asesinato de cuatro palestinos arrollados por un vehículo militar israelí, un hecho semejante a muchos otros que se habían sucedido a lo largo de cuarenta años de opresión sionista, desató un virulento estallido en Gaza que pronto se extendió a Cisjordania. Tras décadas de brutal ocupación, el hartazgo de un pueblo se convirtió en un desafío revolucionario como nunca antes había sufrido el Estado israelí y sus aliados imperialistas.

La Primera Intifada acabó con la imagen que vendía Israel de una «ocupación progresista» donde judíos y palestinos vivían en paz y armonía. El Gobierno laborista había intentado legitimar la limpieza étnica y que el pueblo palestino viviera como refugiado en su propia tierra recurriendo a una aguda campaña de propaganda mundial, y la celebración de elecciones municipales en Cisjordania le otorgaba ese supuesto crédito. Pero en los comicios de 1976 los candidatos vinculados a la OLP y a los comunistas lograron una contundente victoria, ganando la alcaldía de las principales ciudades (Nablus, Ramala, Hebrón o Al-Bireh). Poco después, el Gobierno israelí los destituiría y deportaría a muchos de ellos.

Ese mismo año también se desarrolló un movimiento de masas de la población árabe-israelí dentro del Estado de Israel, incluida una huelga general, contra el intento del Gobierno de expropiar tierras palestinas en pueblos de mayoría árabe para expandir los asentamientos judíos. Fue la primera gran rebelión de la población árabe-israelí desde 1948, impulsando un movimiento de solidaridad con la causa palestina dentro del propio Estado sionista.

Con estos antecedentes, la Intifada demostró que se podían emplear métodos clasistas para combatir al sionismo con éxito. Durante seis años, de 1987 a 1993, un potente movimiento de masas organizado desde abajo, mediante la acción directa, utilizando como herramienta central la huelga general, el boicot o el impago de impuestos, golpeó duramente a la economía israelí, galvanizó a la población árabe-israelí,39 y colocó a la clase dominante sionista en una situación crítica.

La Intifada se estructuró a través de una amplia red de comités populares en los que participaba día a día el conjunto de la población, coordinados por el llamado Mando Nacional Unificado.40 El carácter democrático y de masas del levantamiento y sus métodos de clase, que apuntaban también contra aquellos palestinos que colaboraban con el ocupante sionista haciendo lucrativos negocios, le dio una fuerza que volvió impotente la maquinaria militar israelí.

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Tras décadas de brutal ocupación, la Primera Intifada convirtió el hartazgo de un pueblo en un desafío revolucionario como nunca antes había sufrido el Estado israelí y sus aliados imperialistas. 

Además, igual que hoy, se originó un movimiento internacionalista de solidaridad con el pueblo palestino que unió sus fuerzas con el movimiento de boicot al apartheid del Gobierno racista sudafricano, y que penetró en la propia sociedad israelí con movilizaciones masivas, tanto de árabes-israelíes como de judíos-israelíes, contra la ocupación y la brutal represión en Gaza y Cisjordania.

Tal y como reconocieron altos cargos sionistas, «la Intifada nos causó mucho más perjuicio político, más daño a nuestra imagen, que todo lo que la OLP había logrado hacer a lo largo de su existencia»,41 una afirmación esclarecedora de Nahum Admoni, director del Mossad en aquel momento.

La lucha armada del pueblo palestino y su legítimo derecho a la autodefensa ha estado y está completamente justificado. Pero si algo ha demostrado la experiencia histórica es que la acción militar es solo un parte de la ecuación. Los movimientos de liberación nacional en Cuba, Argelia o Vietnam enfrentaban también una abrumadora inferioridad frente a la maquinaria bélica francesa o norteamericana. Sin embargo, su carácter revolucionario de masas y un programa ligado a la lucha por el socialismo fueron los factores clave para su victoria. La Primera Intifada, donde las milicias palestinas jugaron un papel muy secundario, tuvo ese carácter.

Inicialmente el Gobierno israelí recurrió, como siempre, a la más salvaje represión. Isaac Rabin, ministro de Defensa laborista,42 aplicó una política de puño de hierro: «El uso de la fuerza, incluidas las palizas, sin duda ha tenido el efecto que deseábamos: acrecentar el miedo de la población a las Fuerzas de Defensa de Israel».43 Así hablaba quien se convertiría en un gran referente de la izquierda internacional tras los Acuerdos de Oslo.

Sin embargo, la represión no fue capaz de frenar el levantamiento. La imagen internacional de Israel, que tan decisiva había sido desde 1948, no dejó de resquebrajarse. The New York Times, pilar del sionismo «progresista», señalaba, citando a Rabin, que «los alborotadores palestinos han estado ganando la batalla de las relaciones públicas contra Israel en la prensa mundial».44

Pero la OLP y sus organizaciones, en vez de reforzar y estimular por abajo la organización del movimiento de masas, orientarlo con un programa revolucionario e internacionalista hacia a la clase trabajadora israelí y árabe-israelí, y dotarlo de un contenido socialista para derribar el Estado capitalista sionista y a su burguesía, así como a los regímenes y burguesías árabes que habían claudicado ante el imperialismo occidental, asumieron la política supuestamente «realista» de la fórmula de los «dos Estados», aceptando las negociaciones de paz diseñadas por la CIA y el Departamento de Estado norteamericano.

Ante el temor de que la revolución se extendiera a su territorio, Jordania renunció a seguir jugando el papel de coadministrador en Cisjordania.45 Tras esta decisión, la OLP y el Consejo Nacional Palestino aprobaron una declaración de independencia que suponía la aceptación de la resolución 242 de la ONU, elaborada en 1967,46 y que otorgaba al Estado sionista el 77% del territorio palestino originario, frente al 54% acordado por la ONU en 1947.

Tanto el FPLP como el FDLP —la izquierda de la OLP— votaron a favor de dicha declaración asumiendo también la solución de los «dos Estados» frente al programa histórico de un único Estado laico y democrático para toda Palestina. Obviamente, incluso esta última reivindicación era imposible de alcanzar sin una revolución de carácter socialista que derrocara el capitalismo en Oriente Medio.

Esta decisión estratégica de aceptar la agenda estadounidense dio lugar a choques con el Mando Nacional Unificado, que criticó los contactos de la OLP con el Departamento de Estado y la CIA o la negativa de Arafat a apoyar abiertamente la renuncia que los activistas exigían de aquellos alcaldes, concejales y funcionarios palestinos que colaboraban con la ocupación. Además, a medida que avanzaron las llamadas «negociaciones de paz» se incrementó la presión desde las élites palestinas en el exilio para que se abandonaran las huelgas y las campañas desobediencia civil.47

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La Intifada demostró que se podían emplear métodos clasistas para combatir al sionismo con éxito, utilizando como herramienta central la huelga general, el boicot o el impago de impuestos. 

La solución de los dos Estados —en el origen del conflicto actual— ha demostrado ser una utopía reaccionaria irrealizable, ya que, como hemos señalado, el Estado sionista es intrínsecamente racista, colonialista y supremacista. Esta solución supone, además, renunciar al retorno de los cientos de miles de refugiados expulsados desde 1948. ¿Cómo va a ser posible un Estado palestino viable frente a un Estado sionista cuya esencia es la negación del pueblo palestino? Pero esta política se volvió inevitable desde el momento en que la dirección de la OLP renunció a la lucha por el socialismo, por acabar con el capitalismo en Israel, en los territorios ocupados y en todo Oriente Próximo.

El proceso de paz, con los Acuerdos de Madrid y de Oslo, se convirtió en una trampa mortal para el pueblo palestino, legalizando y profundizando la situación de apartheid que se vivía desde hacía décadas:

1) Se establecieron tres zonas de soberanía en Cisjordania, quedando bajo exclusivo control palestino tan solo el 11% del territorio, con los grandes núcleos de población encerrados tras vallas y muros levantados por el Estado sionista. El 61% de Cisjordania se colocó bajo el control militar israelí, decisión que fue clave para la expansión de los asentamientos de colonos judíos, que se han convertido en la espina dorsal de las milicias sionistas de extrema derecha. Este plan estaba calcado de los bantustanes48 sudafricanos.

2) El 80% del agua de Cisjordania quedaría bajo control israelí, incluidos todos los territorios en torno al Mar Muerto y el río Jordán.

3) Israel mantendría la jurisdicción penal por delitos cometidos contra israelíes o contra el Estado de Israel, y el Consejo Palestino no podría «enmendar o abrogar las órdenes militares o leyes existentes» sin el acuerdo de Israel.

4) Israel quedaba exonerado de cualquier responsabilidad por sus crímenes contra los palestinos, correspondiendo «al Consejo [Palestino] toda la responsabilidad financiera».

5) No se hacía ninguna mención a los asentamientos de colonos sionistas, excepto para señalar que la policía palestina estaría obligada a protegerlos.

Los acuerdos eran una completa rendición, pero Arafat y la mayoría de la OLP los justificaron como un primer paso hacia la conquista del Estado palestino. Los mismos argumentos que utilizaron los líderes y caciques negros de los bantustanes frente al Congreso Nacional Africano49 para justificar su colaboración con el régimen racista sudafricano.50

El activista judío antisionista Norman G. Finkelstein explica que «Oslo marcó el triunfo definitivo de las fuerzas israelo-estadounidenses», permitiendo «una rehabilitación total de Israel, que ya no es condenada como una potencia ocupante».51 Se legalizó el apartheid israelí ante la opinión pública internacional, y a ello contribuyó toda la izquierda socialdemócrata y una gran parte de la estalinista con su apoyo incondicional a los Acuerdos de Oslo.

Finalmente la OLP, convertida ya en Autoridad Nacional Palestina (ANP), se transformó en los hechos en una subcontratista de Israel para garantizar el orden en los territorios ocupados. Así lo señala el historiador y escritor estadounidense de origen palestino Rashid Khalidi: «La ocupación habría continuado (…) pero sin el barniz de autogobierno palestino, sin aliviar a Israel de la carga financiera de gobernar y administrar a una población de millones de personas, y sin que hubiera una coordinación de seguridad en virtud de la cual la Autoridad Palestina ayuda a Israel a vigilar a los palestinos».52 El propio Isaac Rabin confirmaría este análisis al declarar ante la Knéset que cualquier entidad palestina sería «menos que un Estado».53

El acuerdo tuvo también otros efectos sustanciosos. Abrió a sectores de la OLP y de la burguesía palestina grandes oportunidades de negocio con la burguesía israelí y las burguesías árabes y occidentales. Numerosos empresarios palestinos soñaban con convertir Cisjordania y Gaza en un nuevo Singapur de Oriente Medio. Una parte de esa burguesía palestina se había ido robusteciendo antes de la Intifada con la ocupación, nutrida por empresarios urbanitas que hacían de intermediarios como subcontratistas de mano de obra y suministros para Israel, y como distribuidores de mercancías israelíes en los territorios ocupados.54

Se recibieron fondos de EEUU, la UE y los países árabes; se crearon zonas económicas industriales especiales, con mano de obra palestina más barata y sin derechos; y empresarios palestinos se encargaron de suministrar cemento y materiales de construcción a los colonos. Según un estudio de 2011, mientras que el capital palestino invertido en Cisjordania ascendía a 1.500 millones de dólares, la cifra ascendía hasta los 5.800 millones en Israel y en los asentamientos de colonos.55

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Inicialmente el Gobierno israelí recurrió, como siempre, a la más salvaje represión. Sin embargo, no fue capaz de frenar el levantamiento. 

Pero esta deriva por parte de Arafat y los dirigentes de Fatah y la OLP no tenía por qué haberse impuesto, si las organizaciones que se reclamaban marxistas en su seno, principalmente el FPLP, con una influencia de masas en los territorios ocupados y con numerosos cuadros políticos en la dirección de la Intifada, hubieran implementado una política revolucionaria socialista confrontando con Arafat.

A pesar de su rechazo a los Acuerdos de Oslo y de su insistencia en mantener la lucha armada contra el ocupante sionista, los planteamientos heredados del estalinismo, etapistas y de colaboración de clases llevaron al FPLP a defender en la práctica la necesidad de un frente popular con la burguesía nacional palestina y del mundo árabe, depositando sus esperanzas en la acción de los Gobiernos capitalistas árabes y europeos, o en la URSS. Pero la crisis del régimen estalinista bajo la dirección de Gorbachov les jugó una mala pasada: uno de sus últimos actos antes de la disolución de la Unión Soviética fue levantar las restricciones a la emigración judía a Palestina, facilitando la llegada a Israel de cerca de un millón de judíos.

George Habash, líder del FPLP, reivindicaba esta estrategia fallida en una entrevista de 1990 sobre la Intifada:

«Ha sido posible unificar todas las clases y categorías del pueblo palestino, incluida la burguesía nacional (…) los Estados árabes deben, al menos, decirle a la Administración estadounidense que sus relaciones con ellos dependen de su actitud ante la Intifada (…) Y lo mismo respecto a Europa (…) Del mismo modo, la Administración estadounidense, que ha iniciado su diálogo con la OLP (consideramos que el diálogo es positivo para nosotros), no ha cesado, después de las concesiones que le ha hecho la OLP, de exigir nuevas concesiones (…)

«¿Cuáles son, en su opinión, las condiciones fundamentales para una verdadera solución a la cuestión palestina? ¿Y cuáles son las tareas de la izquierda palestina en relación con estos objetivos?

«Primero, la solución genuina a la cuestión palestina es la liberación de toda Palestina. Es un objetivo estratégico que no nos impide ver la necesidad de objetivos intermedios. No asignamos a la Intifada la tarea de realizar todos nuestros objetivos de un solo golpe. La Intifada ha puesto en la agenda el llamado a un Estado palestino. En cuanto al proyecto de un Estado democrático, que incluya a palestinos y judíos, la Intifada no puede realizarlo por sí sola».56

No podemos más que reconocer y subrayar la enorme capacidad de sacrificio de miles de militantes comprometidos del FPLP y de la izquierda revolucionaria palestina. Por eso mismo es necesario sacar las conclusiones de toda la experiencia histórica pasada y entender dónde ha conducido la aceptación de esas fórmulas que se vendían como pragmáticas y realistas. Hay que volver a una genuina posición leninista, rechazando la colaboración de clases y levantando el programa del socialismo revolucionario, del comunismo. Todo aquello por lo que se justificó la defensa de un Estado capitalista palestino ha demostrado ser un callejón sin salida.

VII. El fracaso de Oslo y el ascenso de la extrema derecha sionista

El proceso de paz dirigido por el laborismo estuvo siempre en el punto de mira del Likud y de la derecha religiosa supremacista, que consideraba un anatema hablar de un posible Estado palestino e iniciar conversaciones con la OLP. Así lo puso en evidencia el asesinato de Isaac Rabin por parte de un fanático sionista de extrema derecha, con la complicidad de sectores del aparato del Estado.57

Pero la realidad es que esta extrema derecha se alimentaba del relato y las acciones criminales del sionismo desde la fundación del Estado de Israel. El propio Rabin participó como oficial en la limpieza étnica de 1948 y, ya como jefe del Ejército, durante la Guerra de los Seis Días, en la expulsión de otros 300.000 palestinos de Cisjordania.

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El proceso de paz, con los Acuerdos de Madrid y de Oslo, se convirtió en una trampa mortal para el pueblo palestino, legalizando y profundizando la situación de apartheid que se vivía desde hacía décadas. 

Tras su asesinato, su sucesor, el dirigente laborista Simon Peres, quiso competir en dureza con la derecha sionista ante una campaña de atentados suicidas y el conflicto en el Líbano.58 El resultado fue la primera victoria electoral del Likud de Netanyahu en 1996.

A pesar de las declaraciones grandilocuentes, los Gobiernos del Likud continuarían desarrollando los Acuerdos de Oslo, demostrando que su contenido real podía servir a la derecha sionista para profundizar en el apartheid palestino.

Netanyahu acordaría con la ANP el llamado Protocolo de Hebrón, concediendo a 450 colonos, el 0,3% de la población de Hebrón, frente a los 160.000 habitantes palestinos, el 20% del territorio. ¡Todo ello con la firma de los dirigentes palestinos! Paralelamente se continuaba, bajo el patrocinio de Oslo, con una política agresiva de colonización en Cisjordania y Jerusalén Este.59

Los Acuerdos de Oslo permitieron el crecimiento exponencial de los asentamientos: de 250.000 colonos en 1992 se pasó a 380.000 en 2001. Durante los cuatro años de Gobierno de Rabin, los colonos aumentaron en 61.000. Los tres años de Gobierno de Netanyahu, antes de la vuelta del laborismo al poder entre 1999 y 2001, significaron un aumento de 36.000. Entre 1992 y 2001, el 71% de los nuevos colonos se asentaron en territorio palestino bajo Gobiernos laboristas.60

Actualmente, tras más de 20 años de dominio del Likud y la extrema derecha sionista, los asentamientos han alcanzado la cifra récord de 750.000 colonos. Una fuerza fanática de la reacción, armada hasta los dientes, que actúa como las bandas fascistas en los territorios ocupados expulsando a los palestinos, y que ahora pugna por volver a Gaza para colonizarla.

Los laboristas, que se llevan las manos a la cabeza por la deriva dictatorial de Netanyahu, pretenden que olvidemos que su partido fue crucial para llegar a este escenario, participando tanto en los Gobiernos del extremista y criminal de guerra Ariel Sharon en 2001 como en los del Likud de Ehud Olmert y Netanyahu entre 2006 y 2013. Además, fue el laborismo de Isaac Rabin el que propuso inicialmente la construcción del «muro de la vergüenza», un muro de hormigón que ha encerrado a los palestinos en Cisjordania y ha permitido anexionarse gran cantidad de su territorio a los colonos. Todo esto condujo a la descomposición del laborismo y a su desaparición como factor determinante del tablero político israelí en beneficio de la extrema derecha sionista supremacista.

En el plano doméstico, los Gobiernos de Netanyahu y el Likud han supuesto un proceso salvaje de privatizaciones de empresas públicas, de recortes y el hundimiento de las condiciones laborales y de vida de la clase obrera israelí, tras una intensa desregulación laboral que ha introducido una inmensa precariedad. La derecha ha demolido definitivamente el supuesto «modelo socialista» judío, en palabras de Netanyahu, que había sido un escaparate propagandístico para Israel.

Hoy Israel es unos de los países más desiguales de la OCDE, a la altura de EEUU, México, Chile o Turquía, con un 21% de su población y un 28% de sus niños viviendo en la pobreza, y donde el 10% más rico gana 19 veces más que el 50% más pobre. El gasto social, que en los años 70 y 80 del siglo veinte superaba el 20% del PIB, ha caído al 16%, y servicios como la sanidad se han privatizado masivamente.61

El precio de la vivienda, por ejemplo, ha catapultado a Tel Aviv y Jerusalén al ranking de las ciudades más caras del mundo. Una realidad que está llenando los bolsillos de los grandes inversores y especuladores, pero también de capas medias que se lucran con el rentismo inmobiliario. Estos sectores nutren la base social de la extrema derecha supremacista que ve en la expulsión de los palestinos y la toma de sus tierras y viviendas62 una gran oportunidad de negocio.

Fruto de esta creciente desigualdad, agravada por la crisis financiera mundial de 2008, la polarización social y política no ha dejado de crecer dentro de Israel. Una polarización que se expresó durante la Primavera Árabe en el estallido en 2011 del movimiento de los «indignados» israelíes, con decenas de miles de jóvenes que reclamaban en las calles, entre otras cosas, acceso a una vivienda digna.

Esta creciente y grave crisis social corroe a la democracia burguesa israelí y a sus instituciones. Cinco repeticiones electorales en menos de dos años y el estallido de un movimiento de masas contra el Gobierno de Netanyahu por su reforma judicial autoritaria son el síntoma. Una crisis que ha penetrado también en el aparato del Estado, con miles de reservistas amenazando con negarse a servir en el ejército mientras no se retirara dicha reforma y que llevó al presidente de Israel, Isaac Herzog, a advertir sobre el serio peligro de un conflicto civil.63

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Una creciente y grave crisis social corroe a la democracia burguesa israelí y a sus instituciones. Cinco repeticiones electorales en menos de dos años y el estallido de un movimiento de masas contra el Gobierno de Netanyahu son el síntoma. 

El ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, ampliamente conocido por los servicios secretos y los militares israelíes y norteamericanos,64 sirvió a Netanyahu como cobertura para tratar de conjurar esta grave crisis interna, incrementando aún más la militarización de la sociedad israelí e intentando llevar a la práctica el sueño racial sionista de expulsar a los palestinos perpetrando un genocidio atroz. Una deriva trufada de fundamentalismo religioso para imponer la Torah como ley y suprimir los derechos democráticos más básicos de sus propios ciudadanos, tanto árabes como judíos.

La intervención genocida en Gaza ha permitido a la extrema derecha sionista, a la burguesía israelí y a sus patrocinadores occidentales dar un paso de gigante en la consolidación de un régimen totalitario. El Gobierno ha repartido más de 30.000 armas entre grupos paramilitares de colonos; ha impuesto una legislación de excepción para poder intervenir las comunicaciones de cualquier ciudadano sin necesidad de autorización o control judicial; y se ha aprobado una norma que convierte en delito el simple «consumo de material terrorista», sin especificar qué se considera como tal.

Se han prohibido manifestaciones, protestas y acciones contra la guerra o que supongan mostrar algún tipo de solidaridad con el pueblo palestino, interrogándose y deteniéndose a decenas de personas, despidiendo a trabajadores o expulsando a estudiantes de sus centros de estudio, al tiempo que se permiten marchas ultraderechistas para reclamar la expulsión o el exterminio de los palestinos. Unas prohibiciones que han sido avaladas por el Tribunal Supremo, considerado por la oposición liberal como el último garante de la «democracia». Aquí se ve con claridad el papel de los tribunales como parte del aparato del Estado sionista.

Una deriva autoritaria que la oposición laica y la izquierda socialdemócrata israelí, junto a los dirigentes de los sindicatos, a pesar de sus llantos por el avance de la reacción, fortalecen día a día con su nefasta política de unidad nacional con Netanyahu y la extrema derecha, asumiendo y justificando plenamente la incursión genocida en Gaza.

Netanyahu y sus aliados se han convertido en la vanguardia militarizada de un mismo fenómeno global del que forman parte Trump, Bolsonaro, Meloni, Milei…, pero que en Israel se ha hecho más real y tangible. La amenaza de una dictadura bonapartista con rasgos fascistas acusados, sobre la base del fanatismo sionista, no se puede despreciar. No solo pretenden eliminar del mapa al pueblo palestino, quieren aplastar cualquier resistencia y oposición de izquierda proveniente de la juventud, el feminismo o el movimiento obrero.

Aunque esta lucha de clases ha sido conjurada a corto plazo por la ofensiva militar en Gaza, el descontento y odio a Netanyahu y su Gobierno no ha desaparecido, tal y como se está viendo con las protestas por la liberación de los rehenes. Pero el problema sigue siendo que si estas movilizaciones, igual que en anteriores guerras o en la lucha contra la propia reforma judicial, no denuncian enérgicamente el genocidio contra el pueblo palestino y el apartheid, serán impotentes para frenar a la reacción.

La clase trabajadora, los movimientos sociales y la izquierda militante israelí solo podrán hacer frente a esta amenaza combatiendo en primer lugar a su propio Estado y sus políticas racistas y colonialistas contra el pueblo palestino. Derrocar política y económicamente a la burguesía israelí acabando con el Estado sionista es la única opción para garantizar la completa autodeterminación del pueblo palestino, y la justicia social y los derechos democráticos para la población judía.

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Netanyahu y sus aliados se han convertido en la vanguardia militarizada de un mismo fenómeno global del que forman parte Trump, Bolsonaro, Meloni, Milei…, pero que en Israel se ha hecho más real y tangible. 

VIII. El ascenso de Hamás

La traición perpetrada por la dirección de la OLP con la firma de los Acuerdos de Oslo tuvo consecuencias muy negativas para el movimiento de liberación nacional palestino. Su capitulación ante el sionismo y el imperialismo norteamericano abrió las puertas de la causa palestina a las fuerzas del integrismo islámico representadas por Hamás.

Esta organización reaccionaria y con un fuerte liderazgo burgués, cuya alternativa es la instauración de una República islámica a semejanza del Irán de los mulás, adquirió potencia a partir de la década de los ochenta del siglo pasado. El aparato del Estado y la inteligencia israelí, con el pleno apoyo del imperialismo estadounidense, están detrás de este impulso. Primero autorizaron la legalización de los Hermanos Musulmanes en Gaza, germen de Hamás, para contrarrestar el poder de la OLP y de las organizaciones nacionalistas laicas de izquierda. Una maniobra diseñada desde el Departamento de Estado norteamericano y la CIA, y que ya habían puesto en práctica con éxito notable en Afganistán, financiando y armando hasta los dientes a los talibanes en su lucha contra el ejército soviético y al régimen de izquierdas de Kabul. Más recientemente, el apoyo del sionismo y del imperialismo occidental a otras formaciones integristas, como el Estado Islámico, ha sido ampliamente acreditado.

Hamás recibió una enorme financiación de las monarquías despóticas del Golfo y, más tarde, del régimen islámico en Irán después de que Jomeini se hiciera con la dirección de la Revolución de 1979.65 Fueron los graves errores de la izquierda estalinista en Irán y en otros países árabes, su política de colaboración de clases y su renuncia a organizar y liderar la revolución socialista lo que permitió al régimen integrista de Teherán aparecer como un polo antiimperialista frente a Washington.

Aunque en la Primera Intifada tanto Hamás como la Yihad Islámica jugaron un papel limitado, fue a partir de los Acuerdos de Oslo, a los que se opusieron, cuando su influencia creció considerablemente, apareciendo como las fuerzas que mantenían la resistencia militar y política frente a la ocupación sionista.

La instauración de la Autoridad Nacional Palestina en Gaza y Cisjordania, presidida por Yasir Arafat, no hizo más que profundizar este proceso, alentando la corrupción endémica que atenazó a la ANP desde el comienzo fruto de sus negocios con el ocupante y sus aliados, EEUU, la UE o los Gobiernos árabes.

El fracaso del proceso de paz y el malestar en los territorios ocupados volvió a estallar en el año 2000 con la Segunda Intifada. En esta ocasión, a pesar de que también asistimos a movilizaciones masivas hasta los check point israelíes, su carácter y sus métodos fueron muy diferentes. La campaña de atentados suicidas, principalmente de las organizaciones islamistas, además de reflejar la desesperación del pueblo palestino ante su brutal opresión, jugó un papel muy negativo dentro de Israel. El Gobierno pudo llevar a cabo una campaña de propaganda por tierra, mar y aire contra las «acciones terroristas» que golpeaban indiscriminadamente a la población civil, y alimentar las posiciones más reaccionarias empujando aún más hacia la derecha al conjunto de su sociedad.

La crisis de la ANP se profundizó en ese contexto. A pesar de las constantes condenas contra la campaña de atentados suicidas que realizó Arafat, que incluso se echó a un lado en favor de Mahmud Abbas —su ultracolaboracionista sucesor—, el Gobierno de Ariel Sharon sitió desde 2003 a Arafat en su cuartel general en Ramala durante meses, limitando la entrada de alimentos, cortándole la electricidad y conspirando con fieles de su entorno para envenenarle. Pese al papel jugado por Arafat, Israel le quería muerto, buscaba así enterrar la memoria colectiva de lucha del pueblo palestino.

La campaña de atentados suicidas, que alcanzó su cénit durante la Segunda Intifada, fue finalmente rechazada por una amplia mayoría de la población palestina,66 generando divisiones en el seno de Hamás.

La experiencia volvió a demostrar que la liberación nacional del pueblo palestino no podría conquistarse mediante coches bomba y cinturones de explosivos, ni por la voluntad de cientos de mártires dispuestos a inmolarse. La lucha por la independencia de Palestina, por el fin del sionismo genocida, exige una estrategia política basada en la lucha de masas, con métodos revolucionarios, que una por encima de diferencias religiosas, étnicas o nacionales a los trabajadores y los oprimidos de Oriente Medio bajo la bandera del socialismo.

El problema de Hamás no es la voluntad de resistencia y de lucha de muchos de sus militantes ni sus acciones armadas contra el ocupante sionista y su ejército, completamente legítimas, sino el programa político que defienden. Hamás y los grupos integristas están subordinados y dependen financieramente de una dictadura ultracapitalista corrupta como la de Qatar o del Estado islámico burgués de Irán, enemigo jurado del movimiento obrero y los oprimidos.

Su programa integrista, como en Irán, se basa en la opresión de la clase obrera, la mujer y la juventud, y tiene como eje la defensa a ultranza de un «capitalismo islamista». Un programa que dificulta aún más vincular la lucha de liberación nacional palestina con las masas oprimidas israelíes, con sus sectores de izquierda militante, laicos, feministas y que soportan las consecuencias reaccionarias de la expansión del fundamentalismo sionista.

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La lucha por la independencia de Palestina, por el fin del sionismo genocida, exige una estrategia política basada en la lucha de masas, con métodos revolucionarios. 

El propio Netanyahu, consciente de esta realidad, no ha tenido problema alguno en llegar a acuerdos durante años con la cúpula de Hamás en Gaza, permitiendo su financiación por Qatar, para centrar sus fuerzas en Cisjordania y aumentar los asentamientos. Así lo señaló sin tapujos en 2019: «Cualquiera que quiera frustrar un Estado palestino debe apoyar el refuerzo de Hamás, es parte de nuestra estrategia».

Una alternativa revolucionaria y socialista de liberación del pueblo palestino choca inevitablemente con el programa reaccionario y burgués de Hamás, cuyos dirigentes en el exilio son altos ejecutivos de empresas que hacen grandes negocios en Sudán, Turquía, Irán e incluso el propio Israel. Que la izquierda militante, palestina e internacional, se subordine acríticamente a Hamás no ayudará en nada a la lucha del pueblo palestino, como no ayudó en su día la subordinación a Arafat y a la OLP.

A pesar de todo, el papel cipayo de la Autoridad Nacional Palestina sirviendo a la maquinaria militar y a la ocupación israelí, que se agravó aún más tras la muerte de Arafat, fortaleció el crecimiento de Hamás. En 2006 ganó las elecciones en Gaza, pero para lograrlo tuvo que recurrir a una candidatura centrada en denunciar la corrupción, dejando en segundo plano su perfil más integrista y religioso.67

Esta victoria, que significó un durísimo golpe a la ANP, llevó al Gobierno sionista y a sus aliados occidentales, EEUU y Europa, a intentar promover un golpe de Estado en Gaza apoyándose en las milicias de Fatah dependientes de Mahmud Abbas, y luego, tras el fracaso de estas en los combates callejeros, a establecer un bloqueo criminal e ilegal sobre la Franja, convirtiéndola en el mayor campo de concentración a cielo abierto de la historia.

Una vez en el poder, la autoridad de Hamás también se vio cuestionada, tanto por su incapacidad para resolver los acuciantes problemas de las masas gazatíes como por la creciente corrupción que también ha alentado. Según una encuesta realizada en Gaza, antes del ataque del 7 de octubre, un 44% de la población no tenía ninguna confianza en el Gobierno integrista y un 23% «no mucha confianza», mientras el 72% de los encuestados señalaba que existía mucha o bastante corrupción. En el caso de producirse elecciones, que llevan años suspendidas, solo el 24% votaría por Hamás, el 12% lo haría por Abbas y la ANP, mientras que Marwan Barghouti, disidente de izquierdas de Fatah encarcelado en Israel desde hace 20 años y figura destacada de las dos Intifadas, podría obtener la mayoría.68

En este contexto, y tras casi veinte años de Gobierno en Gaza, Hamás ha ido adoptando posiciones políticas buscando reconocimiento y legitimidad «internacional». En 2017 introdujo en sus estatutos la propuesta de Oslo de los «dos Estados» bajo las fronteras de 1967. En 2021 negoció su posible integración en la OLP a cambio de la celebración de elecciones legislativas, garantizando incluso que la presidencia de la ANP siguiera en manos del corrupto Abbas, que en ese momento era rechazado por más del 80% de la población palestina. Obviamente, Netanyahu boicoteó dicho acuerdo para poder continuar con sus políticas colonialistas.

Ahora, en medio del genocidio en Gaza, uno de los máximos dirigentes de Hamás en el exilio, Abu Marzuk, número dos del brazo político, ha planteado abiertamente la posibilidad de reconocer el Estado de Israel. Una muestra implícita de la estrategia errática y de la impotencia política de Hamás para orientar la lucha por la liberación nacional del pueblo palestino.

IX. La liberación nacional del pueblo palestino es inseparable de la revolución socialista

El genocidio en Gaza ha supuesto un nuevo salto en la barbarie que vive desde hace casi 80 años el pueblo palestino. Un pueblo que ha luchado sin tregua contra la ocupación sionista, sostenida por el poderoso imperialismo norteamericano y sus cómplices occidentales, y que ha sido traicionado una y otra vez por los que decían ser sus aliados y amigos: el estalinismo, las burguesías y los Gobiernos árabes, las élites palestinas y la dirección de la OLP.

La brutal represión contra el pueblo palestino, que vive en un régimen de excepción desde 1967, no ha hecho más que profundizarse. Desde entonces más de 800.000 palestinos han sido detenidos, según Naciones Unidas, principalmente por arrojar piedras, participar en protestas pacíficas o simplemente por cruzarse con soldados o colonos israelíes. Hoy más de 7.000 palestinos pueblan las cárceles israelíes, casi 200 de ellos niños, y 2.500 lo hacen sin cargos o juicio, bajo detención administrativa, que se puede prolongar sine die, siendo además juzgados, cuando lo son, por tribunales militares.69 ¡Esta es la supuesta democracia israelí de la que nos habla la propaganda occidental!

Este régimen de apartheid, de segregación racial, donde los palestinos carecen de cualquier derecho, es cada vez más similar al que los nazis impusieron a los judíos, prohibiéndose a las y los palestinos caminar o cruzar por calles en su propia tierra, en ciudades de Cisjordania, reservadas exclusivamente a los judíos. Un régimen de excepción donde la intervención de las comunicaciones o el espionaje, mediante drones, al más puro estilo orwelliano, ha alcanzado nuevas cotas. Todo esto sirve como banco de pruebas a la industria militar israelí que vende esta tecnología punta, «probada en combate», por todo el mundo.70

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El ejemplo del movimiento estudiantil norteamericano ocupando más de 80 campus universitarios, una acción sin precedentes desde la guerra de Vietnam, desnuda la realidad de la democracia capitalista norteamericana. 

Desde 1967 Israel se ha apropiado de más de 100.000 hectáreas de tierra y ha demolido más de 50.000 viviendas palestinas, utilizando el castigo colectivo como arma.71 Unos datos a los que se suman decenas de miles de muertos y centenares de miles de palestinos heridos y mutilados por la acción militar criminal sionista en estas décadas.

Pero a pesar de todas las decepciones amargas y de tanto sufrimiento, las masas palestinas, sus mujeres, jóvenes, hombres y niños se han levantado siempre para reconstruir las ruinas dejadas por la criminal acción militar sionista, mostrando un espíritu de rebelión inagotable.

Confiar en la llamada «comunidad internacional» para frenar el genocidio palestino es un ejercicio de cinismo e hipocresía despreciable. La nefasta resolución del Tribunal Internacional de Justicia o la palabrería de todos los Gobiernos llorando lágrimas de cocodrilo por la matanza, pero que en los hechos no mueven un solo dedo para evitarla, confirman que la causa palestina solo tiene un aliado: las masas trabajadoras y los oprimidos del mundo.

Desde el estallido de la ofensiva genocida sionista, millones nos hemos puesto en marcha para levantar un poderoso movimiento de solidaridad de clase e internacionalista con Palestina. En decenas de ciudades norteamericanas, Washington, Nueva York, Los Ángeles, Chicago o Kansas City, en sus campus universitarios haciendo frente a detenciones masivas. En Londres, Berlín o París, a pesar de la represión de sus Gobiernos, prohibiendo la bandera palestina y las manifestaciones, o ilegalizando organizaciones palestinas de solidaridad, como ha hecho el Gobierno socialdemócrata alemán. En Madrid, Barcelona, Atenas o Roma, y por todo el mundo árabe, en Egipto, Jordania o Marruecos, desafiando a sus propios regímenes dictatoriales corruptos.

El ejemplo del movimiento estudiantil norteamericano ocupando más de 80 campus universitarios, una acción sin precedentes desde la guerra de Vietnam, lo pone en evidencia, desnudando la realidad de la democracia capitalista norteamericana.

Porque no es Trump y la extrema derecha, sino el Gobierno Biden y los demócratas quienes han desatado una represión policial salvaje contra los universitarios, con cerca de 2.500 detenidos en tan solo un par de semanas. Una actuación propia de regímenes autoritarios y que desvela la guerra interna que preparan nuestros Gobiernos, en nombre de la «democracia», contra la clase trabajadora y la juventud.

Esta ola de movilizaciones internacionalistas ha recurrido a la acción directa, bloqueando empresas de suministro de armamento o puertos para evitar que se siga reforzando la maquinaria militar sionista, poniendo en evidencia que la clase obrera, con sus herramientas, con la huelga general, mediante el boicot y la paralización de la producción, sí puede enfrentar a ese poder asesino.

Numerosos sindicatos de estibadores en todo el mundo, en EEUU, el Estado español, India, Francia, Italia o Grecia se han negado a cargar armamento con destino a Israel. Una iniciativa nacida desde abajo, al margen de las corruptas burocracias sindicales, que debe extenderse, impulsando paros de solidaridad que incrementen la presión contra Israel y todos los Gobiernos que sostienen su acción genocida.

Es este movimiento, masivo, combativo, que levanta por todas las ciudades del mundo la bandera palestina, lo único que está poniendo contra las cuerdas a los aliados de Israel. Toda la palabrería vacía suplicando a Israel que no se exceda en su matanza, que la lleve adelante respetando el derecho internacional, todos los discursos sobre posibles sanciones, las demandas ante el TIJ de la ONU... son un paripé para desviar la atención y evitar tomar medidas contundentes. Pero a su vez son consecuencia del profundo temor que despierta a la clase dominante este poderoso movimiento de solidaridad internacionalista.

Y todo a pesar del papel criminal de la socialdemocracia, que apoya el derecho de Israel a la legítima defensa, pero «humanitariamente», o de las organizaciones a la «izquierda» de la socialdemocracia, ya sean Sumar, el PCE o IU, partícipes de la política cómplice del Gobierno español; Bernie Sanders en EEUU y su sumisión ante la política militarista de Biden; o Die Linke en Alemania y sus votaciones en el Parlamento a favor del régimen sionista.

La fuerza de la revolución es lo único que puede frenar esta barbarie, como ocurrió en Vietnam, o durante la Primavera Árabe, cuando en poco más de un mes todas las dictaduras árabes se derrumbaron ante un movimiento de masas formidable que hizo temblar al imperialismo norteamericano y europeo, y al Estado sionista, que vio como penetraba incluso en la sociedad israelí.

Pero no solo se trata de ocupar las calles. Necesitamos levantar una alternativa política que enfrente consecuentemente la dura opresión que padecen nuestras hermanas y hermanos palestinos. Una alternativa que debe apuntar a la raíz del problema, al capitalismo y al imperialismo, que son las causas últimas de la opresión sionista.

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La fuerza de la revolución es lo único que puede frenar esta barbarie, como ocurrió en Vietnam o durante la Primavera Árabe. 

Tenemos que reivindicar una estrategia comunista que señale a nuestros opresores. Que luche por la destrucción del Estado de Israel, porque es un Estado racial y de clase basado en el supremacismo religioso, y por la expropiación de la burguesía sionista y de las burguesías árabes, incluida la palestina, ligadas entre sí por infinidad de negocios e intereses capitalistas. Solo así se podrá garantizar el derecho efectivo del pueblo palestino a su autodeterminación, uniendo la liberación nacional y la liberación social, poniendo fin a las lacras que impone el capitalismo tanto a la clase obrera palestina como a la clase obrera israelí y de los países árabes.

Solo con este programa, que supone defender la revolución socialista en los territorios ocupados, en el conjunto de Palestina, incluido Israel, y en todo Oriente Próximo, podremos desterrar al baúl de la historia toda opresión racial, de género y de clase. Una Federación Socialista de Oriente Medio es la única opción realista para que las masas palestinas puedan vivir con dignidad y libertad. Si queremos parar el genocidio, si queremos acabar con la barbarie en todas sus formas, hay que unir a los oprimidos bajo la bandera del socialismo.

Notas:

1. La intrincada postura de China respecto al conflicto palestino-israelí 

2. Para un análisis de su vergonzosa actitud consultar La Corte Penal Internacional no ve que haya un genocidio en Gaza. ¿20.000 niños y mujeres asesinadas no son suficientes? 

3. Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo.

4. Organismo internacional precursor de la ONU, creado por el Tratado de Versalles el 28 de junio de 1919. Lenin, el Gobierno bolchevique y la Internacional Comunista lo denunciaron como instrumento de las potencias imperialistas.

5. Abraham León, La concepción materialista de la cuestión judía. Fundación Federico Engels, Madrid, 2015, pp. 171-72.

6. Creado en 1901 en Basilea (Suiza) para actuar como una reserva económica del movimiento sionista destinado a la adquisición de tierras en la Siria otomana (luego, Mandato británico de Palestina y posteriormente, Territorios Palestinos) para asentamientos judíos.

7. Las raíces del apartheid en Palestina: la judaización del territorio durante el mandato británico 

8. Partido de los Trabajadores de la Tierra de Israel. En 1968 se fusionó con otros grupos dando lugar a la creación del Partido Laborista, miembro de la Internacional Socialista.

9. Norman G. Finkelstein, Imagen y realidad del conflicto palestino-israelí. Ediciones Akal, Madrid, 2015, p. 197.

10. Rashid Khalidi, Palestina. Cien años de colonialismo y resistencia. Capitán Swing, 2023, p. 82.

11. En sus inicios prohibió la afiliación de trabajadores árabes-palestinos. Posteriormente, ante el surgimiento de sindicatos árabe-palestinos, la permitió, aunque de forma limitada, agrupando a los sectores más acomodados.

12. VVAA, La Internacional Comunista. Tesis, manifiestos y resoluciones de los cuatro primeros congresos (1919-1922). Fundación Federico Engels, Madrid, 2010, p. 134.

13. Organización gubernamental judeo-sionista, creada en 1923 para ejercer como representante de la comunidad judía durante el Mandato británico de Palestina. Reconocida oficialmente en 1929, y desde la década de 1930 se convirtió en el Gobierno de facto.

14. Se calcula en torno a los cien millones de dólares, lo que equivaldría a 1.700 millones en la actualidad. En Rashid Khalidi, op. cit., p. 67.

15. Un trabajo detallado sobre el PCP y su evolución se pude consultar en Communism versus Zionism: The Comintern, Yishuvism, and the Palestine Communist Party 

16. Ernst Mandel, Draft Theses on the Jewish Question Today 

17. La partición se acordó en la famosa Resolución 181 de la ONU en noviembre de 1947.

18. Concretamente 507.780 árabes frente a 499.020 judíos. Cifras en Norman G. Finkelstein, op. cit., p. 159.

19. Cuerpo de residentes judíos en la Tierra de Israel antes del establecimiento del Estado de Israel.

20. Norman G. Finkelstein, op. cit., p. 118, nota 8.

21. Ernst Mandel, op. cit.

22. EEUU fue el primer país en reconocer oficialmente el Estado de Israel.

23. The Trotskyist Position in Palestine. Artículo del periódico trotskista palestino Contra la corriente, mayo de 1948 

24. Nombre dado a los judíos que se asentaron en la Europa central y oriental. Posteriormente, con las diferentes oleadas de emigración desde los países árabes y africanos, muchos de ellos judíos negros, se creó una mano de obra barata, sin derechos, que fue pasto de la explotación por parte de dichas élites y capas medias de pequeños empresarios.

25. La Lista Democrática de Nazareth, que apoyó a distintos Gobiernos laboristas, fue un partido patrocinado por el propio Ben-Gurión para señalar propagandísticamente la tolerancia del Estado de Israel hacia los árabes.

26. Avi Shalim, The iron wall. Israel and the Arab world. Norton Paperback, 2014, p. 105.

27. A pesar de que esta guerra la inició Egipto, está plenamente acreditado que su único objetivo era poder propiciar conversaciones de paz con Israel. Finalmente, Egipto firmó el tratado de paz de Camp David con Israel. Para conocer el papel de Israel como potencia agresora se puede consultar Norman G. Finkelstein, op. cit., capítulos V y VI.

28. Francia ayudaría a Israel a iniciar su programa nuclear.

29. En 1952 un grupo de oficiales encabezados por Nasser dio un golpe que acabó con la monarquía del rey Faruk, tutelada por los británicos. Se formó un Gobierno de unidad nacional donde estaban desde los Hermanos Musulmanes al Partido Comunista egipcio, que jugó un papel central en la revolución por su posición dirigente en el movimiento obrero. En poco tiempo, Nasser instauraría un régimen bonapartista con un programa reformista de izquierdas, que plantearía una reforma agraria, e ilegalizó a todos los partidos políticos y sindicatos independientes. Nasser se apoyaría en la URSS en su batalla inicial contra el imperialismo francés e inglés, pero progresivamente iría acercándose al imperialismo norteamericano. Su sucesor, Anwar el-Sadat, acabaría entregándose al imperialismo norteamericano, convirtiendo a Egipto en el segundo mayor receptor de ayuda norteamericana.

30. Numerosos países vivieron revoluciones nacionalistas árabes (Siria, Iraq, Libia, Yemen o el propio Egipto) que tomaron medidas radicales y revolucionarias para acabar con el atraso feudal (reforma agraria, laicidad, educación gratuita obligatoria, etc.) e incluso con un contenido socialista, practicando expropiaciones y nacionalizaciones. Todos se orientaron inicialmente hacia la URSS en su pugna con el colonialismo francés y británico, pero posteriormente algunos giraron hacia EEUU (Egipto o Iraq) y otros se convirtieron en un punto de apoyo de la burocracia soviética (Siria).

31. Toda la información sobre estos acontecimientos revolucionarios en Yezid Sayigh, Armed struggle and the search for State. The Palestinian national movement 1949-1993. Oxford University Press, 1997, pp. 243-81.

32. Por ley, el cargo de presidente de la República debe ser ocupado siempre por un cristiano maronita, el de primer ministro por un suní y el de presidente de la Asamblea de Representantes por un chiíta, con el fin de que ninguna minoría del país pueda quedar discriminada por el Gobierno.

33. El Gobierno sirio intervino en alianza con el Gobierno libanés, encabezado por los partidos cristianos, para aplastar al Movimiento Nacional Libanés, suní, de izquierda y panárabe, crítico con el Gobierno bonapartista de Hafez Al-Asad y aliado de la OLP.

34. Secretario de Estado y consejero de Seguridad Nacional con los Gobiernos republicanos de Richard Nixon y Gerarld Ford. Responsable de la guerra sucia en América Latina, incluido el golpe de Estado en Chile contra Allende, o de la extensión de la guerra de Vietnam a Camboya o Laos, con bombardeos masivos secretos que fueron ocultados al Congreso estadounidense. Su lista de crímenes dirigiendo la política exterior norteamericano es muy amplia.

35. Rashid Khalidi, op. cit., p. 228. El propio Isaac Rabin, presidente del Gobierno israelí en aquel momento, señaló que Siria mató en pocos meses a más militantes de la OLP que en 30 años de choques con las fuerzas militares israelíes. (En Avi Shalim, op. cit., capítulos 8 y 9).

36. Sucesor de Nasser y presidente de Egipto entre 1970 y 1981, año en el que fue asesinado en medio de un desfile militar por un grupo de oficiales y soldados en venganza por la firma de los Acuerdos de Paz de Camp David con Israel.

37. El grupo Abu Nidal cometió numerosos atentados y asesinatos contra dirigentes de la OLP, y fue financiado por los regímenes de Hafez Al-Asad en Siria, Sadam Husein en Iraq y Gadafi en Libia, enfrentados a la OLP.

38. Rashid Khalidi, op. cit., pp. 271-272.

39. En Israel trabajaban 110.000 palestinos como mano de obra barata, principalmente en el campo y la construcción.

40. Estaban presentes la OLP y las organizaciones palestinas de izquierdas, sindicatos de trabajadores y organizaciones estudiantiles. Las organizaciones islamistas, tanto Hamás como Yihad Islámica, se negaron a participar durante mucho tiempo.

41. Rashid Khalidi, op. cit., p. 327.

42. Se trataba de un Gobierno de unidad nacional entre el Likud y el laborismo.

43. Rashid Khalidi, op. cit., p. 318.

44. Talk With Rabin: Roots of the Conflict 

45. Israel mantuvo siempre una intensa política de colaboración con Jordania, que pagaba los salarios y pensiones a los funcionarios públicos cisjordanos o brindando servicios en asuntos educativos y religiosos. Hasta 1988 en el Parlamento jordano hubo 30 asientos que correspondían a Cisjordania.

46. La resolución 242 se negoció entre Israel y los Gobierno árabes implicados (Egipto, Jordania y Siria), excluyendo explícitamente cualquier referencia al pueblo palestino por exigencia de Israel.

47. Yezid Sayigh, op. cit., capítulos 25 y 26.

48. Territorios con Gobiernos «autónomos» en los que se concentró y encerró a una parte de la población negra en Sudáfrica, en el marco de las políticas segregacionistas impuestas durante el apartheid.

49. El Congreso Nacional Africano encabezado por Nelson Mandela dirigió la lucha contra el apartheid.

50. «Hemos creado un trampolín a partir del cual podemos seguir conquistando círculos cada vez más amplios. Hemos creado para nuestra Sudáfrica Negra una zona liberada desde la que podremos organizar nuestras estrategias y ataques contra el apartheid que son vitales para el conjunto del país». En Norman G. Finkelstein, op. cit., p. 303, nota 57.

51. Norman G. Finkelstein, op. cit., pp. 298-299.

52. Rashid Khalidi, op. cit., p. 357.

53. Rashid Khalidi, op. cit., p. 348.

54. Yezid Sayigh, op. cit., pp. 610-611.

55. Esos capitalistas palestinos que han ido demasiado lejos 

56. Entrevista completa en International Viewpoint nº 177, 29/01/1990, pp. 19-25 (marxist.org, qrcd.org/5AVo).

57. El asesinato era conocido por un agente del Shin Bet (servicio de inteligencia interior israelí). Declarado inocente un agente secreto israelí acusado de no impedir el magnicidio de Rabin 

58. Israel ocupó militarmente el sur del Líbano de 1982 hasta 2006.

59. Jerusalén se dividió en zonas tras la partición de 1947, ya que el sionismo la reclamaba como la capital del Estado judío. La parte Este correspondía a los musulmanes-palestinos, pero también existían las zonas o barrios cristianos y armenios, con lugares sagrados de peregrinación. Los sionistas han llevado a cabo una política de colonización agresiva, forzando la expulsión tanto de los palestinos musulmanes como de los cristianos y armenios.

60. Datos en Land Grab. Israel’s Settlement Policy in the West Bank (btselem.org, qrcd.org/5AW0).

61. Israel tiene ahora una de las tasas de propiedad de seguros de salud privados más altas del mundo, llegando al 80% de la población. La participación de la atención sanitaria privada en el gasto nacional en salud aumentó del 18,9% en 1984 al 31% en 2013. El número de centros de salud privados aumentó de 57 a 185 entre 1980 y 2013, y su participación pasó del 30% a casi el 50% en ese mismo periodo.

62. El negocio inmobiliario de la burguesía israelí impulsa el genocidio en Gaza 

63. Israel: Explosión social contra el Gobierno de extrema derecha de Netanyahu 

64. The New York Times filtra que Israel conocía los planes de ataque de Hamás y permitió que siguieran adelante 

65. Fue una revolución proletaria con un fuerte contenido socialista. Una oleada de huelgas generales y revueltas estudiantiles terminaron tumbando al brutal régimen del Sha, conformándose las llamadas shuras (consejos), equivalentes a los sóviets. Sin embargo, tanto el Tudeh (Partido Comunista) como otras organizaciones de izquierdas se subordinaron al Gobierno islamista de Jomeini, frustrando el proceso revolucionario. Finalmente se impuso una brutal dictadura teocrática capitalista que aplastó a todas las organizaciones de izquierdas y al movimiento sindical iraní.

66. Rashid Khalidi, op. cit., p. 392.

67. Rashid Khalidi, op. cit., p. 393. De hecho, Hamás venció también con contundencia en los barrios cristianos.

68. What Palestinians Really Think of Hamas 

69. Cuántos presos palestinos hay en las cárceles israelíes y qué se sabe de los que serán liberados a cambio de los rehenes en manos de Hamás 

70. Antony Loewenstein, El laboratorio palestino. Capitán Swing, Madrid, 2024. En este libro se analiza a fondo el peso y papel de la industria militar israelí, así como la colaboración de Israel con todo tipo de regímenes autoritarios, destacando que las innovaciones en dicha industria o en cibervigilancia son probadas en los territorios ocupados.

71. 50 años de ocupación israelí 


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