“Un zigzag que no se puede explicar” Así es como el comentarista israelí de derechas Amit Segal resumía las decisiones de Netanyahu con relación al cambio de las normas de seguridad y de entrada en el Monte del Templo en Jerusalén. No hay duda de que la eliminación de los detectores de metales y de la infraestructura de las cámaras de seguridad apenas llevaban dos semanas instalados es un desconcertante giro de ciento ochenta grados y una derrota política para el gobierno y el primer ministro.

Pero la explicación de este acto es bastante transparente. El primer ministro, el ministro de seguridad interna y el jefe de la policía quisieron utilizar el incidente del pasado 14 de julio cuando dos policías fronterizos murieron asesinados por disparos en la Explanada de las Mezquitas para demostrar su soberanía en el Jerusalén Este ocupado. Pero tuvieron que dar marcha atrás debido a los diez tormentosos días de impresionante protesta popular entre los palestinos de Jerusalén Este.

La protesta se desarrolló desde abajo entre una las comunidades más pobres y oprimidas que no está representada oficialmente por ninguna institución, incluida la Autoridad Palestina. La protesta aumentaba de un día para otro con un creciente apoyo en la ocupada Cisjordania, en las ciudades árabes-palestinas de Israel y en los países cercanos. La protesta también afectó a capas no insignificantes de la opinión pública judía israelí que cuestionaban los motivos del gobierno.

La instalación de detectores de metales y cámaras de seguridad no era un intento de mejorar la seguridad sino de apretar el control israelí en el Jerusalén Este ocupado. En concreto fue la colocación de ocho nuevos puntos de control de la policía fronteriza en cada una de las entradas a las mezquitas a las que asisten decenas de miles de fieles cada semana. Las oraciones tienen lugar cinco veces al día.

La zona también es utilizada por los palestinos residentes en la ciudad como un parque y centro urbano, con escuela y edificios públicos. El hecho de que esté administrada autónomamente por el Waqf, un religioso islámico de confianza subordinado a Jordania, hace que la ocupación israelí parezca menos evidente y visible. Por lo tanto, los nuevos puntos de control no sólo representaban otro ataque a la libertad de culto de los musulmanes sino también al libre movimiento de los palestinos en Jerusalén Este y en la zona adyacente.

Más allá de la violación de los derechos básicos, también es una declaración política. En el momento más crítico de la crisis incluso elementos de la policía admitieron a un canal de noticias israelí que “la instalación de detectores de metales era un símbolo. Es una disputa por el territorio, por quién es el dueño del lugar”. En segundo plano, políticos veteranos del partido gobernante, el Likud, y de su socio de extrema derecha en la coalición, el partido “Patria Judía”, en estos últimos tres años han intensificado el enfrentamiento religioso y nacionalista por el Monte del Templo. El fanático “Movimiento del Templo” judío que lucha por construir un templo judío sobre las ruinas de la mezquita Al Aqsa recibió un apoyo sin precedentes de miembros del parlamento, ministros y también del jefe de policía de Jerusalén, Yoram Helevy, que fue fotografiado con un grupo en la zona hace un mes.

De manera arrogante,Netanyahu anunció la instalación de detectores de metales minutos antes de tomar un vuelo para Francia y Hungría en una visita diplomática. La oposición inicial entre los residentes palestinos de Jerusalén hizo que su posición se volviera más más obstinada. Durante las entrevistas de periodistas en Budapest insistió en que no se quitarían los detectores. Yoram Helevy mantenía una actitud despectiva respecto a las protestas de los palestinos: “Con el tiempo ellos comprenderán que no es malo, no debemos tener miedo de ello”.

La policía y el gobierno asumieron con su arrogancia habitual que los palestinos asumirían las nuevas restricciones como supuestamente han hecho con las demoliciones de viviendas, las confiscaciones de tierra, la negligente infraestructura, el desempleo y la pobreza que alcanza el 80%. Las protestas demostraron que los palestinos ya no están dispuestos a aceptar más opresión, ni la “judaización” e “israelización” que les están imponiendo.

Los dramáticos acontecimientos revelaron no sólo la debilidad del gobierno de Netanyahu sino también la fuerza de la comunidad en Jerusalén Este y la efectividad de los métodos de lucha que se aplicaron. El rechazo colectivo a entrar en la mezquita por los nuevos puestos de control fue casi absoluto. Miles participaron en las manifestaciones y las oraciones se convirtieron en especie de sentadas masivas. Cientos se quedaron a dormir en la antigua ciudad de Jerusalén y se mantuvieron durante días frente a la Puerta de los Leones (Bab al-Asbat).

Como explicaba Mohammed Abu Hummuns, un miembro del comité popular al-Issawiya en el Jerusalén Este ocupado y que participó en el movimiento: “por la tarde, no cientos sino miles salían a la calle. Entre ocho y diez mil cercaban Jerusalén Este cortando las carreteras”. En una entrevista de Socialist Struggle Movement dejó claro que “la protesta se organizó sin organizaciones ni dirigentes. Fue organizada por los propios jerosolimitanos. La gente traía comida y agua. Escuchamos a policías hablando entre ellos sobre el hecho de que recibían comida seca mientras nosotros teníamos alimentos frescos y calientes, que ellos recibían agua caliente mientras nosotros agua fría”.

La comunidad organizó el reparto de alimentos y agua, con lugares improvisados para primeros auxilios, asistencia médica y asistentes para ayudar en la protesta y continuar con lo previsto. Hay familias en la ciudad antigua que abrieron sus casas para alojar a los que llegaban de fuera de la ciudad para participar en la protesta. Los adolescentes de los barrios palestinos de la ciudad ayudaron a recoger pequeños donativos para la protesta. Los dueños de puestos de comida también hicieron su parte. La población se organizó para una protesta decidida, dura y prolongada.

La protesta crecía con los días y las semanas, junto a la confianza de los manifestantes. “La gente sentía que estaban teniendo éxito. Después de que les dispersaran volvían de nuevo. No se daban por vencidos y regresaban”. Abu-Hummus explica: “La gente que no estaba rezando después de ver cómo actuaba la policía se situaba junto a los feligreses para enfrentarse a la policía. La gente no llevaba nada, la policía iba con caballos y cañones de agua”.

Los detectores se quitaron el lunes 24 de julio, pero el boicot a la entrada en la mezquita continuó hasta el jueves por la noche, hasta que se retiró la infraestructura de las nuevas cámaras de seguridad.

Uno de los adolescentes implicados en la protesta trajo sus libros para ayudar a pasar el tiempo a los manifestantes frente a la Puerta de los Leones. Entre ellos una copia de 1984 del escritor socialista George Orwell, según el chico “era el adecuado”. Y realmente el libro ayuda a comprender la oposición de los residentes palestinos a la instalación de cámaras, incluidos escáneres de reconocimiento facial en las entradas de las mezquitas. Las cámaras no sólo son un símbolo de la ocupación israelí de Jerusalén Este sino un instrumento de control situado en un lugar estratégico. Se pueden utilizar para rastrear a activistas políticos, incluso para quienes no pagan multas al municipio. Según algunos informes de la prensa israelí las cámaras inteligentes pueden identificar a usuarios de Facebook que han puesto comentarios considerados “sospechosos” por la policía.

Los intentos de los regímenes autoritarios en la región, y especialmente del reino jordano (que estaba en una crisis diplomática después de que un diplomático israelí asesinara a dos jordanos en la embajada israelí en Amman) para alcanzar un acuerdo con el gobierno Netanyahu por encima de los manifestantes fue rechazado por el movimiento. “La gente escuchó la forma de hablar diferente de otras personas y dijeron: de ninguna manera. Nosotros decidimos, no ellos. La decisión es de lo jerosolimitanos no de Abdulá (el rey de Jordania) ni de nadie más”.

Según un artículo del periódico israelí de derechas Makor Rishon, el jefe de la policía mantuvo conversaciones secretas con “veteranos de la dirección islámica”. El Waqf, que está subordinado al reino jordano, estaba dispuesto a negociar en lo principal con la policía y el gobierno, pero tuvo que desistir debido al ambiente de la protesta. “Este es un movimiento de la calle”, explicaba Raàd Daana, uno de los líderes de Waqf en el canal 2 de noticias: “Si la calle se opone a los nuevos pasos, también nos oponemos a ellos”.

Según varios informes, también fue crítico el ambiente con relación al papel de la Autoridad Palestina y su presidente Mahmoud Abbas. Parece que los manifestantes no estaban impresionados por el flaco servicio que él prestó a la lucha ni por su anuncio de frenar la colaboración de seguridad con Israel que anteriormente él había definido como “sagrada”. Christine Rinawi, una periodista del canal de televisión oficial de la Autoridad Palestina, se enfrentó a una ola de condenas en los medios sociales después de que agradeciera a Abbas por los logros de la lucha.

Inas Abad, una residente de Jerusalén Este que participó en las manifestaciones, escribió un artículo en la web MME: “La población de Jerusalén no necesitaba reuniones de emergencia del Consejo Legislativo o del Consejo de Ministros [de la AP] para estudiar la situación y elaborar recomendaciones y desarrollar un plan de procedimiento para resolver el problema. La calle ha ido más allá de todos los dirigentes y levantó su voz”. También decía: “No escuchamos en los cantos de los fieles ninguna declaración haciendo referencia a alguna fracción. No hubo llamamientos a Hamas, ni a Fatah. Estuvimos unidos en la defensa de Jerusalén”.

Represión masiva

La mayoría de los medios de comunicación en Israel presentaron las manifestaciones y las oraciones como “violencia desbocada”. En retrospectiva, incluso el portavoz de los derechos de los colonos ‘Makor Rishson’ admitió que “contrariamente a la impresión de las imágenes en los medios de comunicación, la mayoría de los miles que salieron a la calle lo hicieron de una manera pacífica para protestar con los fieles en los alrededores del Monte del Templo”. Esta impresión no fue casual. Los periodistas israelís que se negaban a recitar las declaraciones de prensa de la policía querían cubrir los acontecimientos por sí mismos y por eso fueron bloqueados por los policías. El sindicato de periodistas israelíes incluso envió una carta de protesta sobre este tema al jefe de policía.

Según se desarrollaba la protesta, se intensificaron las disputas y los desencuentros en la clase dominante israelí con relación a cómo manejar la situación. La cúpula de Shin Bet y el Coordinador de Actividades Gubernamentales en los Territorios (una unidad del Ministerio de Defensa israelí) estaban preocupados por la estabilidad del gobierno de la ocupación del que estaban a cargo. Advirtieron al gobierno de una nueva Intifada. La FDI (Fuerza de Defensa Israelí) envió cinco batallones adicionales a Cisjordania.

Pero la policía y el gobierno mantuvieron su posición de que la protesta se podía “contener”, es decir, silenciada con medidas represivas duras.

Al principio de la protesta la policía detuvo a todo aquel que en su opinión podría encabezarla: líderes locales de Fatah y Hamas, personas asociadas a la AP y activistas conocidos de los barrios palestinos. Cada tarde los manifestantes eran dispersados con cañones de agua y rociados con un líquido llamado “Skunk”, gas lacrimógeno, utilizaban perros y caballos contra ellos, les lanzaban granadas cegadoras, balas de goma y munición viva.

La represión de las manifestaciones alcanzó su punto máximo el viernes 21 de julio. La llamada para organizar una protesta de masas en las puertas de la antigua ciudad de Jerusalén fue respondida por una especie de bloqueo. La policía y la policía fronteriza pusieron puntos de control y bloquearon carreteras para impedir que los fieles y los manifestantes entraran en esa zona de Jerusalén.

Tres jóvenes murieron por disparos en A-tur, Ras al-Amud y Abu Dis. Otro joven murió también por disparos al día siguiente en al-Eizariya Jerusalén Este, y dos días más tarde un joven palestino murió por un disparo en la ciudad próxima de Hizma. Además un adolescente de 16 años de edad murió por un tiro durante una manifestación en la frontera de Gaz una semana después.

La Cruz Roja Palestina trató a más de 1.000 heridos en Jerusalén y Cisjordania durante los días de la protesta. 29 de ellos heridos por munición viva y unos 350 por balas de goma. El tratamiento médico en muchas ocasiones se hacía en medio de la represión. La policía fronteriza bloqueaba las ambulancias y entraba en el hospital Al-Makassed en Jerusalén Este para detener a los heridos. También intentaron llevarse el cuerpo de un joven muerto en los enfrentamientos. Sus amigos consiguieron sacar el cuerpo y enterrarlo en medio del gas lacrimógeno y las granadas cegadoras.

El director del hospital, el doctor Rafiq Husseini, en una entrevista describió a Gideon Levy cómo la mayoría de los heridos querían recibir primeros auxilios e irse inmediatamente para evitar un posible arresto policial, temían que la policía llegara en cualquier momento. La mayoría de las heridas fueron provocadas por balas de goma disparadas a corta distancia, posiblemente una nueva versión de este tipo de munición, ya que el daño creado era más severo de lo que Husseini había visto en el pasado.

En este contexto de dura represión hubo varios ataques individuales en esas dos semanas de protesta y posteriormente. La profunda desesperación causada por una vida agobiante bajo la ocupación, junto con la desconfianza, después de décadas de derrotas, en que la lucha de masas pueda triunfar, empujó a un pequeño número de jóvenes (muy pequeño comparado con la cantidad de los que participaban en las protestas) a acciones terroristas destructivas como la que sucedió en el asentamiento de Halamish, donde tres miembros de una familia fueron apuñalados hasta la muerte. El asesinato de la familia en Halamish junto con el apuñalamiento de un conductor de autobús, un residente de Arara, en Peteh Tiqva y el de un trabajador de supermercado en Yavne, fueron utilizados cínicamente por el gobierno para acrecentar la represión y movilizar apoyo entre la opinión pública judía.

¿Punto de inflexión?

En una encuesta realizada por el canal 2 de noticias israelí, unos días después de la eliminación de los detectores de metales y antes de quitar los puestos de control, decía que el 67% pensaba que la manera de manejar la crisis por Netanyahu no era buena, el 77% creía que el gobierno se acobardó cuando quitó los detectores de metales y el 68% opinaba que la instalación de los mismos fue algo correcto.

Parece que la mayoría de la opinión pública israelí estaba dispuesta a aceptar, en ese momento, la pretensión de que los detectores de metales se instalaban por razones de seguridad. No estaban expuestos a la protesta popular debido a la cobertura distorsionada de los medios de comunicación. No menos importante es que mientras el gobierno y sus portavoces intentaban etiquetar la protesta como una “amenaza para la seguridad”, los líderes del laborismo y del Meretz criticaban la conducta de Netanyahu pero sin oponerse a los argumentos de la derecha. El número de organizaciones de izquierda en Israel que apoyaban la lucha popular en Jerusalén además de Socialist Struggle Movement se pueden contar con los dedos de una mano.

El éxito de las protestas empujó al gobierno a intentar demostrar que ellos aún eran los “bravucones del barrio”, a pesar de la derrota política que sufrieron. Por esa razón después de tomar la decisión de cancelar las nuevas medidas de seguridad en Jerusalén Este, Netanyahu anunció la renovación de la construcción de un nuevo asentamiento para los desalojados del “puesto avanzado de Amona”, su apoyo a la ejecución del atacante de Halamish y el cambio de la “ley Jerusalén” que pretende evitar el establecimiento de una capital palestina en la ciudad.

La policía ha comenzado una amplia campaña de detenciones con redadas nocturnas en A-tur, Shuafat, Biet Hanina, Wadi Jozz, Ras Al Amud, Isawiya y la antigua ciudad. Decenas han sido detenidos incluidos jóvenes de 13 a 17 años de edad.

El gobierno ahora intenta que los residentes palestinos “paguen el precio” de la impresionante victoria que han conseguido, pero se va a enfrentar a una situación diferente. Los palestinos de Jerusalén temen qué será lo próximo, pero también existe una creciente confianza y un deseo intenso de conseguir más victorias. “Todos se preguntan ahora”, escribe Nir Hason en el periódico israelí Haaretz, “si esta lucha se puede extender a otros temas como las demoliciones de casas, la severa escasez de aulas, el abuso burocrático y quizás incluso la misma ocupación. En otras palabras, si estas dos semanas ¿han sido una fase pasajera en la historia del Jerusalén palestino o es un punto de inflexión?”

El establecimiento de comités de acción democráticos o la actualización de los comités de seguimiento que ya están activos en los barrios pueden ayudar a dar una respuesta positiva a esta pregunta. Los comités pueden planificar las próximas acciones, ayudar a movilizar a capas más amplias de la opinión pública para luchar, organizar el apoyo comunitario y también la autodefensa de la represión letal del ejército, la policía y los colonos armados.

No menos importante es que los comités pueden ayudar a desarrollar la discusión para sacar las conclusiones de la última protesta y cómo la lucha de masas por la liberación nacional y social de los palestinos se puede organizar, incluso servir como base para una nueva formación política. La necesidad urgente de nuevos partidos de izquierdas de la clase trabajadora, en ambos lados de la línea verde, se ha hecho más evidente con estos acontecimientos.


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