El pasado 15 de noviembre estallaron por todo el país masivas protestas tras el anuncio del reaccionario Gobierno de Rohaní de que se triplicaría el precio del carburante. En más de 100 ciudades y en 29 de las 31 provincias, la indignación de los manifestantes –en su mayoría jóvenes desempleados– se transformó rápidamente en cortes masivos de carreteras, quema de centenares de bancos y edificios oficiales, y enfrentamientos con la policía, el ejército y los Guardianes de la Revolución que han disparado con munición real.

El movimiento se extendió con rapidez a numerosas ciudades del país, haciendo zozobrar el régimen. Sirva de ejemplo la ciudad de Shiraz, al sur del país, con 1,5 millones de habitantes. Tras el levantamiento del 15 de noviembre, quedó bajo el control de las masas insurrectas durante dos días. Solo con decenas de muertos y centenares de detenidos el Gobierno pudo recuperar el control.

El régimen reaccionario de los mulás, aterrorizado por la determinación de las masas, intentó frenarlas. Por un lado, los medios de comunicación silenciaron las protestas y, ante el peligro de que internet se convirtiera en un altavoz y ayudara a la extensión de la lucha, el Ejecutivo decidió clausurar la conexión a internet durante cinco días. A día de hoy, esta restricción sigue en vigor. Por otro lado, se recurrió a la represión más salvaje. Amnistía Internacional ha informado de la existencia de más de 200 muertos, 2.000 heridos y más de 7.000 detenidos, aunque según diversas fuentes las cifras son más elevadas.

Tanto por el alcance y masividad de las movilizaciones como por la ferocidad con la que ha reaccionado el régimen nos encontramos ante las mayores movilizaciones de descontento de las masas iraníes de los últimos 40 años.

Hay otro aspecto decisivo que resalta la importancia de estas protestas: la irrupción de la clase trabajadora al frente de la misma, particularmente la juventud obrera en gran parte desempleada o subempleada. Se trata de un salto cualitativo respecto a otras movilizaciones. En 2009, el llamado “movimiento verde” estuvo encabezado principalmente por la pequeña burguesía que arrastró tras de sí a sectores de la clase obrera. La dirección de ese movimiento estaba en manos del sector reformista liberal del régimen que encauzó el descontento de las masas, pero que no tenía ninguna alternativa real a los problemas acuciantes de los trabajadores y la población más oprimida. Ahora, tras años de experiencia acumulada, las ilusiones en este sector reformista están disipadas y el descontento social, espoleado por la crisis económica, ha irrumpido con enorme fuerza precisamente en las ciudades y barriadas obreras.

Sanciones económicas y crisis social

El régimen de los mulás se las prometía muy felices cuando en 2016, fruto de la firma del Plan de Acción Integral Conjunto, se levantaron las sanciones económicas a Irán a cambio del freno en el desarrollo de su programa nuclear. El PIB dio un salto del 13% impulsado por las exportaciones de gas y petróleo y las inversiones extranjeras, principalmente del capital europeo. Sin embargo, la llegada de la Administración Trump supuso un giro de 180 grados, determinado, no tanto por la voluntad del presidente de EEUU sino por el fortalecimiento de Irán como potencia regional (tras la invasión imperialistas de 2003 y el resultado final de la guerra en Iraq y de la crisis interna del régimen saudí). Un proceso que va en paralelo a la pérdida de influencia del imperialismo estadounidense, por lo que Trump necesita reforzar a sus aliados en la zona y contener la creciente influencia iraní en Oriente Medio.

Aquí se ponen de manifiesto las diferencias entre los diferentes bloques imperialistas, algunos de los miembros de la Unión Europea con intereses en Irán –fundamentalmente Francia y Alemania– adoptaron un medio especial de pago con el fin de eludir las sanciones de Estados Unidos al país persa; sin embargo muchas empresas europeas han dejado de operar en Irán debido al temor de encontrarse fuera de la ley en EEUU: es el caso, en los últimos meses, de Daimler, Peugeot y el grupo petrolero Total. La estrategia del imperialismo europeo ha sido un completo fracaso, imponiéndose la política de Trump.

El fin del acuerdo sobre el programa nuclear de Irán y las sanciones impuestas a casi todos los sectores productivos por parte de Estados Unidos, sumado a la caída del precio del petróleo condujeron en 2018 a una crisis fiscal del Estado que, una vez más, pagaron las masas.

En 2018 Irán exportaba 2,5 millones de barriles de petróleo diarios, esa cifra pasaba a ser de entre 400.000 y 500.000 barriles en mayo de 2019, provocando una brusca caída de la economía: a finales de 2018 la crisis ya se dejaba sentir con un retroceso del PIB respecto al año anterior del 4,8%, y el FMI prevé para 2019 otra caída del 9,5%, la recesión más importante desde 1984.

Según el centro estadístico de Irán, la inflación se ha disparado hasta el actual 47%, siendo del 63% para la comida y el combustible y, respecto a 2018, el precio del metro cuadrado de la vivienda se ha incrementado un 82%, mientras el rial ha perdido el 60% de su valor. A esto hay que sumar que el 40% de la población, en un país con más de 80 millones de personas, tiene menos de 25 años y sufre una tasa de desempleo juvenil del 26% –una cifra mucho mayor en realidad pues las estadísticas consideran empleados a quienes desde los 15 años trabajen al menos una hora semanal–, y que un tercio de los iraníes vive bajo el umbral de la pobreza. En este contexto social, una nueva vuelta de tuerca en las condiciones de vida de las masas se ha convertido en el detonante de una explosión social, y lo será de nuevos estallidos.

Pero la crisis no luce para todas las clases sociales por igual. Lejos del ascetismo hipócrita que predican los mulás, similar al de la Iglesia católica en occidente, la realidad es que el derroche de los ricos es insultante. Irán es el mayor importador de  Porsche en Oriente Medio, incluso por encima de Arabia Saudí. Cerca de 4.000 grandes familias iraníes de la clase dominante, vinculadas al aparato burocrático del Estado, viven actualmente en el Reino Unido en donde tienen a buen recaudo lo que roban al pueblo. Se calcula que en los últimos tres meses han salido del país 30.000 millones de dólares por contrabando, y son continuos los escándalos de saqueo del patrimonio por parte de burócratas y millonarios iraníes –entre los que abundan los mulás, como no podía ser de otro modo– que salen a la luz en la prensa internacional.

Las masas iraníes solo pueden confiar en sus propias fuerzas

Cuando estallaron las manifestaciones, el secretario de Estado norteamericano, Michael Pompeo, salió en defensa de las mismas: “Estados Unidos está con vosotros”. Esto ha dado pie al régimen iraní para reafirmarse en su tesis de que detrás de esta explosión social hay “una conspiración extranjera” –como ha dicho el líder supremo, Alí Jamenei–, alimentando su demagogia nacionalista.

El imperialismo norteamericano trata por todos los medios de debilitar a sus contrincantes en la lucha interimperialista por el control de áreas de influencia en el mercado mundial. Del mismo modo que en Hong Kong trata de apoyarse en el movimiento de masas para hacer valer sus intereses frente al régimen chino, en Irán persigue lo mismo para hacerse con una base social que respalde sus posiciones.

Sin embargo, la realidad es concreta: son las amplias masas de la clase obrera y la juventud iraní las que están imprimen su sello a estas movilizaciones y su contenido es completamente contrario tanto a los intereses defendidos por la oligarquía y teocracia iraní como a los del imperialismo norteamericano. El levantamiento popular en Irán es un nuevo episodio del recrudecimiento de la lucha de clases que estamos viviendo a nivel mundial.

Pese a la verborrea utilizada contra EEUU y sus principales aliados, Arabia Saudí e Israel, para mantener una base de apoyo entre las masas y confundir a los trabajadores, los campesinos y la juventud iraní, el régimen autoritario, teocrático y capitalista de los mulás va gastando cartuchos y erosionando su base social a pasos agigantados, especialmente en el actual contexto de crisis económica.

Preludio de nuevas explosiones

Un síntoma de esto es que el Gobierno, cada vez más y con más virulencia, tiene que recurrir al aparato represivo del Estado como única manera de mantener el poder; una muestra de su debilidad. Otro aspecto significativo es que las manifestaciones a favor del régimen han tenido un apoyo reducido. El 25 de noviembre, pese a toda la publicidad y facilidades para la convocatoria, menos de 100.000 personas se juntaron en Teherán, una ciudad de 15 millones de habitantes. Cabe resaltar que el 30 de diciembre de 2009, el régimen conseguía movilizar a centenares de miles de seguidores en las contramanifestaciones en respuesta a “movimiento verde”.

Aunque el régimen se vanagloria de haber sofocado rápidamente las movilizaciones y de que todo ha vuelto a la normalidad, es pura propaganda. Lo cierto es que las causas que han desatado esta explosión social siguen presentes en la situación y continuarán agudizándose. Esta importante batalla no ha caído en saco roto, las masas están sacando conclusiones revolucionarias, como reflejan estas declaraciones de un manifestante en la ciudad de Shiraz: “Durante dos días, el pueblo se hizo con el control de Shiraz y no pasó nada malo. Reinaba la paz. Que la ciudad estuviera en manos del pueblo fue un hecho muy importante. Vi cómo sería el país si los ciudadanos estuvieran al mando”.

Esta derrota parcial y el repliegue temporal ante la brutal represión sufrida será solo una tregua antes de que nuevas y más poderosas revueltas se produzcan en Irán, desarrollándose un movimiento revolucionario de masas como en Iraq o Líbano y reatando el hilo de las tradiciones de la revolución socialista de 1979.


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