A un año de haberse encontrado el primer caso de la Covid-19 en China y poco más de 8 meses de declararse una ‘cuarentena’ en México, los cambios vividos en la vida social han sido múltiples, principalmente en ámbitos laborales y educativos. Actualmente, las clases en todos los niveles se han visto detenidas de manera presencial, se ha intentado llevar adelante un programa de ‘educación a distancia’ que poco contempla a los sectores más desfavorecidos de la sociedad, un programa educativo clasista que ha vuelto a poner el dedo sobre la llaga del privilegio que significa estudiar en un país como México.

Las clases en línea, lejos de estar cumpliendo su cometido de enseñar y educar, han destapado múltiples discusiones que desde la izquierda no podemos ignorar, sino que debemos, hoy más que nunca, encarar y solucionar. En primer lugar, y como ya hemos mencionado, la educación en línea es un recurso al que no todos pueden acceder, pues según diversas encuestas realizadas a nivel licenciatura, poco menos del 45% de los estudiantes cuentan con equipo de cómputo propio, mientras que el 42% asegura tomar sus clases mediante el uso de celular. Entendemos que, en principio, decir que poco menos de la mitad de los estudiantes universitarios toman clases día a día mediante su celular es, de por sí, hablar de condiciones precarias de conectividad. Esta cifra podría aumentar si hablamos de niveles básicos de educación, donde en muchos casos el o los equipos de cómputo deben ser destinados al uso de trabajo por alguien más. Ni hablar del acceso al internet, mismo que se encuentra restringido, según un estudio publicado por la UNAM, a poco más de la tercera parte del estudiantado, se ven en la necesidad de pedir prestado el servicio a familiares, amigos o vecinos.

Por otro lado, esta situación tiende a empeorar y demostrar una brecha cuando hacemos el estudio por sexo. En el caso de las mujeres, las cifras aumentan, demostrando que las condiciones de estudio suelen ser más pesadas para las mujeres, quienes, según el estudio anteriormente mencionado, han visto un aumento importante en la percepción de labores domésticas y de cuidados respecto a los hombres.

Esta precariedad y deficiencia material respecto a las condiciones de estudio tienen impacto en el estado de ánimo de las y los estudiantes. Quienes se han visto con la suerte de seguir estudiando en pandemia (puesto que miles de estudiantes han tenido que abandonar la escuela para buscar trabajo y contribuir al ingreso del hogar), han experimentado múltiples trastornos. Los dos sentimientos más recurrentes durante la pandemia, en el caso de las mujeres que estudian el nivel superior han sido hartazgo y frustración. Esto demuestra que, lejos de formar correctamente a la actual generación de estudiantes, lo que la actual estrategia de “educación en línea” consigue son sentimientos negativos sobre sí mismos. Y, por supuesto, no tardan en llegar las opiniones individualistas que dejan caer la responsabilidad sobre la situación actual en cada estudiante, diciendo que ‘no se esfuerzan lo suficiente’ o argumentos por el estilo. Nada más lejos de la dura realidad.

Lo cierto es que la situación actual es un problema social, colectivo, nunca individual. Los sistemas educativos deberían proporcionar herramientas pedagógicas para comprender el mundo en que vivimos, para cuestionar y crecer, tanto social, personal y colectivamente. Potenciar las fortalezas de cada estudiante debería ser objeto principal de un sistema educativo liberador; no la evaluación estándar bajo lineamientos de carácter violento y punitivo. Esto sólo puede ser posible mediante un rescate real y comprometido con la educación pública, un rescate radical que permita incluir a las hijas e hijos de la clase trabajadora, que asegure la manutención de cada estudiante, que promueva los ambientes de convivencia lejos de la lógica del sistema capitalista e imparta una educación científica, laica, critica e histórica.  

Desde el Sindicato de Estudiantes hemos levantado una lucha firme por un aumento presupuestal al rubro educativo público, más concretamente, exigimos que se destine, cuando menos, el 10% del PIB a educación pública. Ello no es ningún sueño irrealizable, pues incluso la recomendación de la OCDE en inversión educativa es de un 8% del PIB.

Nosotros sabemos que existen las condiciones y las posibilidades para llevar adelante un plan de rescate integral a la educación, uno donde la inversión permita adecuar nuevos centros de estudio, que permita habilitar más escuelas y contratar a más docentes con un salario digno y prestaciones. Un plan educativo que nos asegure condiciones de estudio dignas, tal como pueden ser dormitorios acondicionados, becas de manutención, comedores subsidiados, equipo de cómputo para todas y todos los estudiantes, bibliotecas completas, cursos de formación y ampliación de conocimientos, deporte etc. Dichas condiciones existen y son demostradas cada día; cada día de pandemia en que los grandes millonarios rompen récords de ganancias, cada día que se destapan escándalos de evasión fiscal por parte de transnacionales, entre otros casos. Dinero hay, sin embargo, debemos emprender una lucha para que su uso sea en beneficio de la mayoría trabajadora y no de una minoría burguesa. Es por eso que con y sin pandemia la lucha organizada es urgente y necesaria. Únete al Sindicato de Estudiantes y lucha con notros para hacer la revolución que tanto la juventud como la niñez necesita.    


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