El lunes 25 de octubre el Ejército sudanés perpetró un nuevo golpe de Estado, pero la acción de los militares ha desatado una respuesta no prevista: el levantamiento del pueblo y la movilización de millones en las principales ciudades del país.

Los golpistas, con el general Abdel Fattah Al Burhan al frente, detuvieron al primer ministro, Abdallah Hamdok, y a varios altos cargos civiles del Gobierno. Disolvieron los principales órganos del gobierno de transición civil-militar, creados tras la insurrección revolucionaria de 2018-2019, declararon el Estado de emergencia, la suspensión de artículos clave de la Constitución de transición, y la disolución de todos los sindicatos y asociaciones profesionales.

A pesar del amplio despliegue militar en las calles y la represión desatada, que ya se ha cobrado la vida de más de una treintena de personas y cientos de heridos[1], la respuesta de las masas fue inmediata y no cesa. La Asociación de Profesionales de Sudán y los comités de resistencia en los barrios, así como más de 20 organizaciones sindicales y profesionales, llamaron a la huelga general, paralizando el país con movilizaciones multitudinarias.

La contrarrevolución ha actuado como el látigo para un nuevo levantamiento revolucionario. El sábado 30 de octubre, más de 4 millones de sudaneses tomaron las calles de todo el país. Las imágenes de los militares retirándose ante el avance de la manifestación en Jartum, la capital, es una buena muestra de la fuerza de la revolución y de las posibilidades de tumbar el golpe militar.

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A pesar del amplio despliegue militar en las calles y la represión desatada, que ya se ha cobrado la vida de más de una treintena de personas y cientos de heridos, la respuesta de las masas fue inmediata y no cesa.

Ante la contundencia de las movilizaciones y la huelga general, el propio Al Burhan ha decidido excarcelar a cuatro de los ministros civiles detenidos, y aceptar un nuevo Gobierno de Transición, que podría incluso ser encabezado de nuevo por Hamdok, el Primer Ministro depuesto. Pero obviamente esta maniobra solo pretende calmar la movilización de las masas y evitar una derrota total del golpe.

El espíritu revolucionario de 2019 marca el camino

Desde diciembre de 2018 a julio de 2019, Sudán vivió una insurrección popular que derrocó la dictadura del militar Al Bashir tras 30 años en el poder. La oleada de movilizaciones y huelgas que se sucedieron durante estos meses hicieron que el régimen y la cúpula militar, temerosos de perder el control y con la esperanza de mantener sus privilegios, se deshicieran de Al Bashir y anunciaran la formación de un Consejo Militar de Transición que gobernaría hasta la celebración de elecciones democráticas.

Pero los trabajadores y jóvenes en lucha no aceptaron una solución que implicaba en la práctica mantener el régimen y a los militares en el poder. Tal y como ocurre en otros países de la región, como Egipto, los militares son una parte decisiva de la clase dominante. En Sudan, a través del complejo militar industrial, controlan la economía e “industrias clave como el oro, el caucho, las exportaciones de carne, la harina y el sésamo"[2]

La reacción de los militares ante la resistencia del pueblo fue brutal: el  3 de junio de 2019  las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF)[3] perpetraron una brutal matanza contra los manifestantes acampados en Jartum frente al Ministerio de Defensa[4], un acontecimiento que supuso un punto de inflexión en los acontecimientos.

Las propias potencias imperialistas, que hasta entonces se habían mantenido maniobrando entre bambalinas para sabotear el levantamiento, pasaron a la acción. Presionaron a fondo para llegar a un acuerdo entre militares y civiles con el objetivo de desviar el proceso revolucionario con falsas promesas “democráticas”.

Finalmente, el acuerdo entre la principal coalición civil opositora, Fuerzas de la Libertad y el Cambio (FFC)[5], y la junta militar, se produjo en agosto con la creación del Consejo Soberano integrado por seis civiles y cinco militares.

El Gobierno de transición democrática asfaltó el terreno a los militares

Este supuesto “Gobierno de transición democrática”  tenía por objeto abortar la revolución. Que el nuevo Gobierno no fuera 100% militar no cambia en nada el carácter reaccionario del mismo. El mejor ejemplo de ello es que el presidente del Consejo Soberano era el propio Al Burhan y su número dos el general Hemeti, artífices ahora ambos del golpe de Estado.

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Que el Gobierno no fuera 100% militar no cambia el carácter reaccionario del mismo. El mejor ejemplo de ello es que el presidente del Consejo Soberano era el propio Al Burhan, quien ha estado al frente del golpe.

Tanto el poder económico como el político han seguido en manos de la oligarquía y los militares, y al servicio de las distintas potencias imperialistas, que se enfrentan sin escrúpulos para repartirse las riquezas y recursos del país.

La pobreza no ha dejado de aumentar: 5,8 millones de personas (23% de la población) necesitan de asistencia humanitaria, 2,7 millones de niños sufren desnutrición aguda, y la escasez de alimentos y medicinas se ha disparado durante la pandemia. La inflación ha alcanzado el 400%.

Con la excusa de refinanciar una deuda de 60.000 millones de euros, el FMI acordó con el Consejo civil-militar nuevos planes de austeridad, incluida la privatización de 600 empresas estatales, muchas controladas por el aparato militar, y la retirada de subsidios a los combustibles o los alimentos, empujando a millones de sudaneses hacia la pobreza extrema.

Fruto de esta situación, estallaron importantes protestas contra el Gobierno, seguidas rápidamente del golpe militar bajo la retórica de querer “completar la revolución”.

Tanto los elementos civiles como los militares en el Gobierno han demostrado que su único interés es garantizar los intereses de los capitalistas, ya sean nacionales o extranjeros. Incluso ahora, tras el golpe de Estado, estos elementos civiles del Gobierno, con el ex primer ministro Hamdok a la cabeza, no tienen ningún rubor para llegar a nuevas componendas con los militares. 

Intereses imperialistas

Las potencias imperialistas se están posicionando en este nuevo escenario de cara a garantizarse la mayor cuota de negocio posible, y el control de un país estratégico situado junto al Mar Rojo y la entrada al Canal de Suez, por donde pasa gran parte del petróleo mundial.

Mientras EEUU, la UE, la ONU, el Banco Mundial o el FMI salían con la boca pequeña a condenar la actuación militar y a pedir al Ejército que diera marcha atrás y se volviera a la situación previa al 25 de octubre, Rusia señalaba que no se había producido un golpe sino un “cambio de poder”[6]

EEUU no quiere perder pie en Sudán, y aunque ha amenazado con cortar diferentes líneas de financiación y ayuda humanitaria, tras la salvaje represión del pasado 30 de octubre contra miles de manifestantes, el enviado especial del presidente Biden para el Cuerno de África, Jeffrey Feltman, afirmó que los servicios militares habían ejercido la “moderación” en estas protestas. Lo mismo podemos decir de la UE, que financia el despliegue de tropas sudanesas[7] en Libia de cara a frenar el flujo de refugiados.

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Las potencias imperialistas se están posicionando de cara a garantizar el control de un país estratégico situado junto al Mar Rojo y la entrada al Canal de Suez, por donde pasa gran parte del petróleo mundial.

El otro gran poder imperialista, Rusia, que cuenta con el respaldo de China, busca asegurar sus intereses en la zona e incrementar aún más su creciente influencia en África. De ahí su apoyo contundente al golpe militar, que busca asegurar los pactos firmados en su día con el dictador Al Bashir, derrocado en 2019, para la creación de una base naval rusa en el Mar Rojo.

Otras potencias como Egipto, Arabia Saudí o Emiratos Árabes Unidos han mostrado también su apoyo al golpe. Estas dos últimas de cara a seguir exportando oro de las minas de Darfur ilegalmente, continuar aislando a Irán y Qatar, y mantener el apoyo de las RSF en la guerra con Yemen.

Tanto el imperialismo occidental como el imperialismo ruso, o del resto de potencias regionales implicadas, coinciden en una cosa: aplastar a toda costa el movimiento revolucionario. 

¡Hay que completar la revolución! ¡Por un Gobierno obrero con un programa socialista!

El Ejército se está enfrentando a una resistencia heroica por parte de las masas que deja claro el vigor de la revolución y que puede acabar haciendo fracasar el golpe. La clase trabajadora y la juventud de Sudán tienen una experiencia muy valiosa y reciente a sus espaldas.

En 2019, la Asociación de Profesionales de Sudán (SPA) y otras fuerzas de oposición, con la excepción del Partido Comunista, aceptaron el acuerdo para formar el Consejo  de Transición con la vana esperanza de que así consolidarían un nuevo régimen con libertades democráticas. Sin embargo, como ya ocurrió durante la primavera árabe, esta solución se convirtió en un callejón sin salida que ha acabado con un nuevo golpe militar.

La experiencia de la revolución en Sudán, como lo ocurrido durante la primavera árabe, demuestra que la conquista de los derechos democráticos es parte de una lucha integral contra un decrépito capitalismo sostenido por el aparato militar y protegido por las potencias imperialistas.

La única opción para el pueblo sudanés es completar la revolución. Expropiar la riqueza de manos de la oligarquía y los imperialistas y ponerla al servicio de los oprimidos y oprimidas. Desterrar el régimen militar, que lleva gobernando más de 30 años, será realidad cuando las masas oprimidas tomen el poder dando paso a un gobierno obrero.

 

[1] Datos de un alto funcionario estadounidense a la AFP. No existen datos oficiales.

[2] https://www.cnbc.com/2021/11/04/sudans-coup-attempt-faces-mass-civilian-revolt.html

[3] Fuerzas de Apoyo Rápido: una parte del Ejército a las órdenes del general Mohamed Hamdan Dagalo, conocido como Hemeti. Fue el brazo ejecutor de las masacres de Darfur en 2003, un genocidio en el que murió casi medio millón de personas, provocó 2,5 millones de refugiados y por el que la Corte Penal Internacional emitió una orden de detención a Al-Bashir por crímenes de guerra y contra la Humanidad. Se considera que estas Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) son más poderosas que el ejército sudanés y controlan la mayoría de pueblos y ciudades de Sudán. Además son quienes proporcionan mercenarios a Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos en su guerra con Yemen.

[4] Una verdadera masacre que se saldó con más de 140 muertos, 700 heridos y al menos 70 violaciones.

[5] Coalición que agrupo prácticamente a todas las fuerzas opositoras, excepto al Partido Comunista de Sudan.

[6] Las declaraciones de Dmitry Polyanskiy, primer representante adjunto de Rusia dejan poco lugar a dudas: “Es difícil saber si esto es un golpe o no (…) A esto a veces se le llama cambio de poder… Depende del pueblo sudanés decidir si es un golpe o no”.

[7] Las Fuerzas de Apoyo Rápido tienen 1.000 soldados desplegados.


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