En los últimos años, se ha levantado un movimiento feminista masivo que pone sobre la mesa la urgencia de terminar con este sistema capitalista, machista y patriarcal. Millones de mujeres en todo el mundo y en todo el país nos hemos levantado contra la violencia machista, contra la opresión, la crisis, la precariedad, contra el crimen organizado, en la defensa del territorio y por condiciones dignas y seguras de estudio.

Las mujeres de las familias trabajadoras hemos sido las principales protagonistas de estas batallas, llenando las calles, parando centros laborales y escuelas.

Nuestro movimiento cada vez es más grande y más fuerte, pero aún tenemos mucho por que luchar. Con el actual regreso a clases presenciales, lo primero que nos encontramos es la violencia machista siendo solapada nuevamente por las instituciones educativas.

Como juventud, no hemos parado de luchar aun en las condiciones más difíciles de la pandemia; los paros en más de 27 escuelas antes del confinamiento han tenido continuidad con las protestas del semestre pasado apenas se han abierto las escuelas. De nuevo, hemos utilizado  nuestras herramientas de lucha más eficientes, como son las marchas,  los mítines y los paros, para denunciar la cruel situación que nos ha esperado apenas salir de nuestras casas: no sólo el alarmante incremento de desapariciones, los feminicidios galopantes –tan sólo recordar el estremecedor caso de Debanhi Escobar–, sino también el acoso y las violaciones dentro de las propias instituciones educativas que han demostrado la complicidad y demagogia del sistema educativo.

Ninguna comisión tripartita o protocolo han sido suficientes para detener la violencia machista en las escuelas, y aún quedan mucho a deber las supuestas medidas con perspectiva de género; tanta palabrería no ha servido para asegurarnos un acceso seguro, gratuito y digno a la educación para las mujeres de las familias trabajadoras.

Somos nosotras, las oprimidas entre los oprimidos, las que más hemos pagado con deserción escolar el costo de la pandemia, las que más hemos cargado el cuidado de enfermos, niños y adultos mayores, tareas que el Estado ha dejado caer como una pesada losa sobre nuestras espaldas. La crisis sanitaria, económica y climática que vivimos intenta someternos y marginarnos aún más.

Por eso, todas las medidas institucionales tomadas hasta ahora, incluso si se llevan a cabo, se quedan cortas para combatir la violencia y opresión sistemática a la que nos enfrentamos. Y por eso la batalla tiene que ser mayor: a las jóvenes que provenimos de familias humildes no nos sirven ni son suficientes los protocolos, la paridad, las cátedras con "especialistas", los simposios ni la propaganda de una supuesta inclusión y atención , cuando en los hechos la violencia machista y la exclusión continúan para las de abajo. E incluso algunos foros han derivado en posiciones de discriminación de otros sectores como la transfobia.

Para realmente combatir la violencia machista, es urgente depurar a las escuelas de todos los violentadores en todos los niveles, especialmente de los puestos directivos; no más personas toleradas por la UNAM, como José Luis García Hernández profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales o Priyadarsi Debajyoti Roy, investigador del Instituto de Geología; no más profesores protegidos por el IPN, como Julio Iván Ruiz Guerrero; y la lista es infinita.

Pero incluso eso se queda corto para lograr que realmente nosotras tengamos un lugar en la educación pública. Es necesario luchar por guarderías para trabajadoras de todos los sectores, profesoras y estudiantes en cada centro de estudio, con espacios adecuados para la lactancia. Necesitamos comedores subsidiados para asegurarnos de que el hambre no afecte el rendimiento escolar; necesitamos dormitorios para mujeres de escasos recursos que vienen de la periferia, de otros estados o de entornos violentos para que puedan tener espacios propicios para concentrarse en sus estudios; así como transporte seguro y subsidiado y alumbrado público eficiente; es necesitamos medidas concretas y destinación de recursos suficientes para llevarlas a cabo. Para ello, exigimos elevar la partida del PIB destinada a la educación hasta el 10%, estas medidas –y no la palabrería– son lo que necesitamos, y para conseguirlo es fundamental incrementar la organización y extender el movimiento a toda la comunidad estudiantil, así como unirnos a la lucha de las y los trabajadores y el profesorado.

Sólo un fuerte y masivo movimiento dentro y fuera de las escuelas nos permitirá cambiar toda la lógica mercantil de la educación, y de esa forma convertirla en un verdadero derecho asegurado para el conjunto de los hijos del pueblo trabajador, para que deje de ser el privilegio de unos cuantos.

Súmate al Sindicato de Estudiantes y a Libres y Combativas: ¡lucha con nosotr@s por un verdadero acceso a la educación pública!


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