Los pasados 13 y 14 de noviembre Izquierda Revolucionaria Internacional celebró su segundo congreso. La discusión, que se prolongó durante un día y medio, analizó en profundidad los grandes acontecimientos de la lucha de clases del último periodo: desde los levantamientos populares e insurrecciones que han sacudido decenas de países en estos dos últimos años, pasando por la catástrofe social y económica desatada tras la irrupción de la pandemia, el cambio en la correlación de fuerzas mundiales, así como el ascenso de la extrema derecha populista y el fracaso de las nuevas formaciones de la izquierda reformista.

La base de este debate fue el documento de Perspectivas Mundiales que elaboramos a principios del mes de septiembre, y que ha sido discutido y enmendado en todas las secciones de Izquierda Revolucionaria Internacional a lo largo de dos meses. Publicamos en dos partes el documento aprobado unánimemente en el congreso.

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La lucha de clases en la época de decadencia imperialista (segunda parte)

II. Revolución y contrarrevolución

Debacle imperialista en Afganistán[1]

La fulminante victoria de los talibanes ha provocado una auténtica conmoción, mostrando a un mundo asombrado el cambio radical de la correlación de fuerzas entre las potencias. La entrada en Kabul de los integristas sin pegar un solo tiro; el colapso y desintegración del Gobierno títere de Ghani y de su ejército —entrenado y financiado por los norteamericanos—, y las imágenes caóticas de la evacuación en el aeropuerto muestran la magnitud de la derrota.

A pesar de los enormes recursos dedicados a la ocupación, 2,26 billones de dólares, los únicos beneficiados han sido el complejo militar-industrial y sus contratistas, los bancos de Wall Street y una élite corrompida de políticos afganos que ha huido con el botín. La administración norteamericana ha desembolsado ya 500.000 millones en intereses por una guerra financiada mediante créditos masivos. Se calcula que la cifra total del gasto, incluyendo la deuda por los préstamos, podría alcanzar los 6 billones de dólares.

Al menos el 25% del PIB afgano ha sido engullido por la corrupción en los últimos años, enriqueciendo a los señores de la guerra y a una abigarrada camarilla de cipayos colaboracionistas utilizada para levantar una “administración estatal” que se derrumbó como un castillo de naipes en cuestión de horas. Lo ocurrido con el ejército no tiene precedentes: colmado de batallones “fantasmas” por los que sus oficiales recibían cuantiosas sumas de dinero, ha sido incapaz de presentar combate. Estos mismos señores de la guerra en los que se basó la ocupación, abandonaron al amigo americano para continuar sus negocios de la mano de los talibanes.

El pueblo afgano ha sido aplastado por la intervención. Más del 80% de la población vive bajo el umbral de la pobreza y más del 30% enfrenta “inseguridad alimentaria”. El 87% de las mujeres afganas son analfabetas (dos tercios de las niñas no van a la escuela) y el 75% de las adolescentes se enfrentan al matrimonio forzado. El nuevo Código Penal aprobado a instancias de los ocupantes no modificó la legislación referente a la violencia contra las mujeres de la época talibán, manteniéndose la lapidación por adulterio. Entre los militares y policías afganos estaba extendida la figura de los bacha bazi (literalmente, “jugar con los niños”, eufemismo que camufla la esclavitud sexual infantil). Los mandos occidentales conocían estos abusos generalizados y simplemente miraban para otro lado. Los pocos soldados estadounidenses que se atrevieron a denunciarlos fueron expulsados del ejército.

Desde la invasión norteamericana la superficie dedicada al cultivo de la amapola se ha multiplicado por cuatro. En la actualidad, Afganistán produce el 90% de la heroína del mundo, con consecuencias devastadoras para la población. Según la ONU, se ha pasado de 200.000 adictos en 2005 a cerca de 2,5 millones en 2015.

Este es el panorama desolador que deja la presencia imperialista en el país. Pero la retirada de las tropas norteamericanas no ha sido más que la puesta en práctica de los acuerdos firmados por la Administración Trump con los talibanes en 2020. Por más que la extrema derecha republicana quiera sacar pecho y culpar a los demócratas de esta debacle, ninguno de los dos partidos de la clase dominante ha podido impedir el hundimiento de la credibilidad de los EEUU y la desconfianza que se ha generado sobre su capacidad para enfrentar a China y Rusia. Las proclamas de Trump y de Biden a favor de un renacimiento de la grandeza nacional norteamericana se están dando de bruces con la realidad.

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Desde la invasión norteamericana la superficie dedicada al cultivo de la amapola se ha multiplicado por cuatro. En la actualidad, Afganistán produce el 90% de la heroína del mundo.

Un cambio histórico de las relaciones internacionales

La derrota norteamericana en Afganistán representa una oportunidad de oro para China. No es ningún secreto que las fuerzas talibanes han contado con su cobertura política y militar, y ahora quieren el apoyo activo de Beijin para ser reconocidos internacionalmente. La promesa de inversiones sustanciales a cambio de que el futuro Gobierno integrista mantenga una razonable estabilidad interna, ha movido a los talibanes a realizar gestos impensables hace años. Pero todavía es muy prematuro asegurar que lograrán sus objetivos.

Una cosa es evidente. Los talibanes saben que solo de la mano de China pueden consolidarse en el poder aunque sea temporalmente. Si no logran impulsar la actividad económica y se basan en la represión abierta, jamás lograrán hacerse con un apoyo social lo suficientemente amplio como para evitar una nueva implosión de la guerra civil. Por otro lado, el interés de China en Afganistán, un país con una posición geoestratégica clave y enormes reservas en minerales y tierras raras necesarias para la producción de tecnología, es evidente. Pero hay más fuerzas implicadas en la ecuación, y la burguesía norteamericana tampoco se quedará de brazos cruzados.

Siria, Iraq, Afganistán, Irán, Líbano, Sudán, Yemen, Palestina, Ucrania, Bielorrusia, Venezuela, Bolivia, Myanmar, Argelia… en todos estos países, aunque la lista es mayor, la agenda imperialista de la Casa Blanca ha cosechado sonoros reveses.[2] China y Rusia han salido claramente reforzadas de los principales choques, al igual que otras potencias imperialistas de menor rango.

Irán, el eterno enemigo de EEUU, se ha logrado imponer como una de las potencias preponderantes en Oriente Próximo. La estrategia de embargos y presión económica no ha logrado expulsar a los mulás del poder, y en cambio los ha empujado a estrechar sus relaciones con China, firmando acuerdos de inversiones por valor de 400.000 millones de dólares.

En Siria, han sido Rusia e Irán, e indirectamente China, quienes se han alzado con una victoria incontestable. El régimen de Bashar al Assad ha asegurado su posición al frente de un país devastado por una guerra reaccionaria. El papel del imperialismo norteamericano, en combinación con el Estado Islámico, fue determinante en la evolución del conflicto armado y su virulencia destructiva. Esta derrota, sumada a la de Afganistán e Iraq, ha dejado los intereses norteamericanos completamente tocados en Oriente Medio y Asia Central.

Viejos aliados de los EEUU han cambiado de posición, como Turquía o Pakistán. Este último caso es emblemático. Después de ejercer durante décadas como un baluarte del imperialismo norteamericano, la podrida burguesía paquistaní y su aparato militar, incluyendo los poderosos servicios secretos, se han colocado bajo la influencia china y pujan por jugar un papel trascendental en su “Nueva Ruta de la Seda”.[3] Los beneficios resultantes de esta operación se pueden imaginar. Por eso mismo, después de intervenir activamente a favor de los talibanes harán todo lo posible por incorporar a Afganistán al proyecto chino.

También Arabia Saudí o Egipto han firmado acuerdos con China, incorporándose a la “Nueva Ruta de la Seda” y al Banco Asiático de Inversión en Infraestructura de cara a financiarla. La lista se amplía a otros países como Myanmar, cuya junta militar ha recibido una ayuda decisiva del imperialismo chino para ahogar en sangre la insurrección popular[4], o incluso Filipinas, cuya lealtad flojea abiertamente.

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También Arabia Saudí o Egipto han firmado acuerdos con China, incorporándose a la “Nueva Ruta de la Seda” y al Banco Asiático de Inversión en Infraestructura de cara a financiarla.

Israel y el levantamiento palestino

Pero Afganistán no es el único punto crítico para EEUU. En el último periodo el conjunto de Oriente Medio se ha convertido en un escenario central de la lucha de clases y de las transformaciones que sacuden las relaciones internacionales. Al movimiento revolucionario del hirak argelino[5] le siguieron los levantamientos populares y la crisis revolucionaria en Iraq y Líbano[6], o las prolongadas luchas obreras en Irán. No hay un solo régimen estable en la región, recorridos por profundas divisiones en sus clases dominantes.

En este complejo escenario, Palestina es un componente fundamental de la revolución árabe. Por un lado es la expresión más acabada de la imposibilidad de resolver la cuestión nacional bajo el capitalismo. Y por otro, supone una reivindicación inapelable de la teoría de la revolución permanente: no se puede separar la liberación del pueblo palestino de la lucha por una Palestina y un Israel socialistas. Esta es una idea central que ha quedado demostrada por la experiencia de más de 70 años.

La situación material de la población palestina es la peor desde 1948. Las diferentes guerras ganadas por Israel, el robo de tierras a través de los asentamientos legales e ilegales, el abandono de los “aliados” árabes…, se han traducido en la dominación brutal sobre Cisjordania y Gaza y un sistema de apartheid contra los palestinos del interior de Israel. Pero la otra cara de esta opresión es que las fuerzas objetivas para la liberación del pueblo palestino están más presentes que nunca.

La cuestión palestina hunde sus raíces en la política del imperialismo británico tras la Primera Guerra Mundial. Desde ese momento hasta la partición en 1947, maniobró entre los sionistas y los caudillos árabes reaccionarios, utilizando la táctica del “divide y vencerás”, como en la India o Irlanda. La identidad nacional palestina surge en este contexto. Históricamente, la región había estado bajo dominio árabe y después del Imperio otomano, sus habitantes eran árabes y de otros grupos étnicos que profesaban diferentes religiones, pero hasta entonces no había existido un “pueblo palestino” diferenciado. Su conciencia nacional fue moldeada por la opresión imperialista más despiadada.

La Segunda Guerra Mundial arrojó profundos cambios. El holocausto nazi fortaleció las posiciones del sionismo más reaccionario, hasta entonces minoritario entre el pueblo judío y rechazado mayoritariamente por la clase obrera, y aceleró la salida de miles de judíos de Europa hacia Palestina. En ese momento los dos grandes poderes mundiales, el imperialismo estadounidense y el estalinismo, fortalecidos ambos tras la Segunda Guerra Mundial, se disputaban la influencia en un territorio clave.

Hoy es necesario recordar que la fuerza que más alentó la partición de Palestina fue la camarilla estalinista de Moscú, y también la que proporcionó a las organizaciones sionistas la primera ayuda militar de envergadura. Una política criminal que sembró la división de la población en líneas nacionales y que rompía con cualquier punto de vista socialista e internacionalista. Buscando adelantarse a EEUU, Stalin consiguió justamente lo contrario.

Bajo el impulso de la URSS y el imperialismo occidental, en noviembre de 1947 se vota en la ONU la partición de Palestina y el 14 de mayo de 1948 Israel proclama su independencia. Lo que vino tras la “resolución de la cuestión nacional” judía, siguiendo las líneas propuestas por los estalinistas y los imperialistas, fue brutal. La Nakba supuso la expulsión de 750.000 palestinos, entre dos tercios y tres cuartas partes del total, el robo de sus casas y propiedades, y el comienzo del apartheid. La ONU dividió el territorio entre Israel (55%) y Palestina (45%), con Jerusalén bajo administración internacional.

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Bajo el impulso de la URSS y el imperialismo occidental, en noviembre de 1947 se vota en la ONU la partición de Palestina y el 14 de mayo de 1948 Israel proclama su independencia.

Pocos meses después, Israel había ocupado ya el 50% de la parte palestina más Jerusalén oeste tras la victoria en la primera guerra árabe-israelí (contra sus cinco vecinos árabes). En esta guerra las armas proporcionadas por el bloque estalinista (vía Checoslovaquia) fueron decisivas, como reconoció el presidente israelí Ben-Gurión veinte años más tarde. Después, en 1967, tras la guerra de los Seis Días, Israel ocupó la Franja de Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este, los Altos del Golán y la Península del Sinaí.

No es casualidad que las tres primeras décadas de existencia del Estado israelí estuviesen marcadas por el dominio absoluto del Partido Laborista de todas las esferas de poder —no fue hasta 1977 cuando se constituyó el primer Gobierno del Likud—. La forma en que aparentó la construcción del Estado israelí en 1948 fue la ilusión del kibutz y una fachada “autogestionaria” en la que se comparaba a Israel con Yugoslavia, lo que tuvo un impacto en la izquierda en todo el mundo. Pero la situación cambió rápidamente y el laborismo no tardaría en actuar abiertamente como el agente político del imperialismo estadounidense. Por supuesto, el régimen israelí se benefició del fuerte crecimiento económico de posguerra.

Cuando en 1964 se formó la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), al calor de la revolución cubana y de los grandes movimientos de liberación colonial en África (Congo, Angola, Mozambique…), su política replicó el programa estalinista de la mayoría de las organizaciones guerrilleras de aquel momento: la teoría de las dos etapas y la búsqueda de alianzas con la supuesta “burguesía democrática árabe”. Esta orientación, sus incursiones guerrilleras primero y la práctica generalizada del terrorismo individual después, le cerró el camino a la clase obrera israelí. La burguesía sionista supo rentabilizar esta estrategia fallida durante décadas, militarizando al máximo la sociedad y extendiendo su nacionalismo supremacista entre amplias capas de la población.

Después vendrían las derrotas sangrientas de la resistencia palestina en Jordania y en Líbano de las que no podemos ocuparnos en este espacio, y que certificaron la traición de la burguesía árabe a la causa palestina y su rabiosa oposición a cualquier movimiento revolucionario que pudiera socavar las bases del capitalismo y del poder de estas oligarquías corruptas.

Fue a partir de 1987, con el estallido la primera Intifada, cuando el levantamiento popular palestino basándose en las huelgas y la lucha de masas se extendió a los palestinos de Israel, generando una ola de solidaridad en todo el mundo, incluso entre la población israelí. Pero Arafat y sus colaboradores en lugar de apoyarse en aquel maravilloso movimiento para llamar al pueblo israelí a la lucha por el socialismo de manera unificada, y derrocar el régimen sionista y a las burguesías árabes, lo utilizó para tejer los Acuerdos de Oslo, una claudicación y un fraude en toda regla cuyo único resultado fue subcontratar una parte de la ocupación israelí a la Autoridad Nacional Palestina.

El régimen sionista se benefició de los errores políticos de la OLP y, sobre todo, del patrocinio estadounidense que lo ha apoyado económica y militarmente con recursos masivos. Pero en la actualidad Israel atraviesa la crisis más profunda de su historia, algo que se explica porque su papel histórico como baluarte del imperialismo frente a los regímenes árabes ha sido superado. La inmensa mayoría de ellos son agentes del Departamento de Estado desde hace tiempo, salvo Irán. Han restablecido relaciones diplomáticas con Tel Aviv y contaron con su asesoramiento y apoyo militar para reprimir y aplastar la primavera árabe.

El régimen sionista de Israel ha mantenido durante décadas unos niveles de vida, para amplios sectores de la población, equivalentes a los países occidentales, y esa fue la base de su estabilidad. Pero ahora esa situación se ha terminado. El problema para la clase dominante israelí no viene de fuera, sino de dentro, con el desarrollo de una lucha de clases agudizada por la crisis económica, el empobrecimiento de las capas medias y la pérdida de expectativas de la juventud, entre las que el chovinismo sionista cada vez tiene más dificultades para penetrar. La pandemia no ha hecho más que acelerar los acontecimientos. El paro pasó del 3,8% en 2019 al 6,1% en 2020 y se estima que llegará al 6,5% en 2021.

La clase dominante tiene un problema evidente de legitimidad. Aunque la polarización social se ha expresado en movilizaciones de masas contra la derecha en estos últimos años, en el terreno electoral la fragmentación y la crisis de las formaciones tradicionales ha hecho imposible formar un Gobierno estable.

Buscando una salida al impasse y con el fin de salvar su carrera personal, Netanyahu provocó la última guerra contra los palestinos. Pero el resultado fue negativo para sus intereses y los de la clase dominante sionista.[7] La operación de castigo contra Gaza provocó un levantamiento formidable de la población palestina, que se extendió desde Jerusalén hasta los territorios ocupados, y en el que los palestinos del interior de Israel jugaron un papel de vanguardia. Igual que ha ocurrido en otros países, estas movilizaciones surgieron desde abajo, con la juventud en primera línea desbordando a la dirección reformista palestina, y tuvo su punto más álgido en la histórica huelga general del 18 de mayo, la mayor en décadas.

Miles de trabajadores y jóvenes palestinos, muy críticos con la dirección de Hamás y que desprecian la corrupción actual de Fatah y la Autoridad Palestina, han comprobado sobre la base de su experiencia que la liberación del pueblo palestino avanzó más en estas semanas de lucha de masas que en años de pactos y acuerdos podridos con el imperialismo y el Estado sionista. También comprobaron que la huelga general y las manifestaciones masivas, las ocupaciones de espacios públicos y la autodefensa armada son métodos mucho más efectivos que las incursiones guerrilleras.

Muchos informes de medios independientes hablan abiertamente de cómo la Autoridad Palestina está perdiendo el control de Cisjordania. Esto es lo que está detrás de la reunión del ministro de Defensa israelí Gantz con Abbas en Ramala el pasado 29 de agosto, la primera a ese nivel desde 2010.

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Muchos informes de medios independientes hablan abiertamente de cómo la Autoridad Palestina está perdiendo el control de Cisjordania. Esto es lo que está detrás de la reunión del ministro de Defensa israelí Gantz con Abbas.

Aunque la dirección de Hamás se beneficia de que la naturaleza aborrece el vacío, el levantamiento palestino de mayo volvió a mostrar los límites de la formación integrista. Carecen de un programa revolucionario y de clase para hacer frente al Estado sionista y solo responden a sus patrocinadores reaccionarios de la oligarquía árabe.

Los marxistas estuvimos en contra de la formación del Estado de Israel en Palestina en 1947, pero han transcurrido décadas y la situación se ha transformado. Generaciones de israelíes han vivido en las tierras que habitan actualmente, y se ha desarrollado una clase trabajadora que también ha experimentado cambios importantes y ya no es un apoyo firme para los planes reaccionarios del Estado sionista. En los últimos años se han sucedido importantes luchas obreras, huelgas generales, el movimiento de los indignados de 2011, hasta llegar al movimiento contra Netanyahu que estalló en julio de 2020.

La posición marxista respecto a la causa palestina tiene que partir de un análisis concreto de la situación y del balance de los acontecimientos pasados. Los Acuerdos de Oslo de 1993, que fueron vendidos como la concreción de la “autodeterminación” palestina, solo han sido una trampa hecha a la medida de Israel. La izquierda reformista en todo el mundo apoyó este acuerdo, la idea de los “dos estados” como un paso necesario. Sin embargo, no fue más que un aborto reaccionario.

Las masas palestinas han experimentado el fraude de esta falsa “autodeterminación” bajo el manto protector del imperialismo y la tutela vigilante del sionismo. La represión salvaje, el robo de tierras a través de los asentamientos de colonos que no han dejado de crecer, o la política de castigo hacia Gaza ha sido la norma durante esas tres décadas. Los Acuerdos de Oslo fueron un medio para garantizar la ocupación y la colaboración de la corrupta Autoridad Palestina.

La teoría de la revolución permanente es clara: los derechos democrático-nacionales de las naciones coloniales y excoloniales solo se pueden conquistar sobre la base de un movimiento revolucionario que derribe al capitalismo, al latifundismo y acabe con la opresión imperialista. No puede haber liberación del pueblo palestino sin derribar al Estado sionista y a la burguesía palestina. Y este es un punto en el que debemos incidir: el papel de la burguesía palestina, que posee medios de producción, explota a la clase obrera palestina y tiene un aparato represivo para defender su posición material.

Fatah ha demostrado en Cisjordania lo que es: la subcontratista de la ocupación israelí, que presta sus servicios a cambio de mantener los negocios y privilegios de la clase a la que representa. Y Hamás, en esencia, ha hecho lo mismo a lo largo de las décadas: necesita de los choques periódicos con Israel para ocultar su incapacidad para resolver los problemas de las masas y para alcanzar la liberación nacional

La única vía para la liberación del pueblo palestino es la revolución socialista, derrocar y expropiar a ambas clases dominantes. Esto sentaría las bases materiales para una salida realmente democrática. Y en esta tarea es imprescindible la participación de la clase obrera israelí.

No puede haber una revolución socialista triunfante en Palestina sin un movimiento revolucionario en Israel. Igual que es improbable que haya un movimiento revolucionario en Palestina y que no ocurra nada en el resto de Oriente Medio, como han demostrado estos últimos diez años. En ese contexto, ese ascenso revolucionario profundizaría las tendencias a la unidad de clase.

Ese es el punto central: el conflicto sólo se puede resolver en el marco de la lucha revolucionaria común. Y la dinámica de las revoluciones es dialéctica, no responde a un guion predeterminado ni a fórmulas cerradas. Los marxistas, en la fase actual, defendemos una Federación Socialista como la mejor forma estatal de transición que permitiría garantizar plenamente los derechos democráticos de palestinos e israelíes. Una Federación Socialista basada en la democracia obrera se convertiría en el medio para resolver satisfactoriamente la tragedia histórica de los refugiados palestinos en condiciones democráticas y de igualdad, y sería el ariete para extender la revolución al resto de Oriente Medio.

Pero no puede haber revolución socialista victoriosa sin un partido revolucionario de masas que unifique a los oprimidos de Palestina e Israel bajo la misma bandera. Esa es la tarea fundamental a resolver en el próximo periodo.

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No puede haber una revolución socialista triunfante en Palestina sin un movimiento revolucionario en Israel. Igual que es improbable que haya un movimiento revolucionario en Palestina y que no ocurra nada en el resto de Oriente Medio.

América Latina, entre la revolución y la contrarrevolución

Con el 8,4% de la población mundial y un 28% de las muertes por covid-19, Latinoamérica es la región del planeta más golpeada por la pandemia. El PIB continental cayó 7,7% en 2020 y 2,7 millones de empresas y negocios cerraron. El número de desempleados creció en 26 millones, la mayor crisis en los mercados laborales latinoamericanos desde 1950. El 33,7% de la población, 209 millones de personas, vive en la pobreza, y otros 78 millones en pobreza extrema, ¡30 millones más que en 2019!

Esta situación está alimentando un malestar social generalizado. Su expresión más poderosa hasta ahora han sido las insurrecciones populares en Chile y Colombia.[8] En ambas, un ataque concreto (la subida del metro y la reforma tributaria respectivamente) hizo estallar toda la indignación acumulada. Los factores que caracterizan una situación revolucionaria estaban presentes. La masividad y decisión de ir hasta el final del movimiento derrotó la represión, abriendo divisiones profundas en la clase dominante. La combatividad de los jóvenes contagió al conjunto del proletariado, impulsando huelgas generales, manifestaciones masivas y arrastrando amplios sectores de las capas medias.

Tanto en Chile como en Colombia se desarrollaron elementos embrionarios de doble poder: asambleas, “cabildos abiertos”, “primeras líneas”, que tomaron el control de barrios enteros durante semanas, organizando la autodefensa contra la represión. De haber existido una dirección revolucionaria con un programa socialista que convocase a la huelga general indefinida y llamase a extender y unificar estos organismos, en Chile y Colombia la clase obrera habría podido avanzar con fuerza hacia el poder. La ausencia de esa dirección es el factor decisivo que condiciona toda la situación.

En Chile, la firma del Acuerdo por la paz social y la nueva Constitución impulsado por el Partido Socialista (PS) y el Frente Amplio (FA), y su aceptación de facto por el Partido Comunista (PCCh), salvó a Piñera, desviando el levantamiento revolucionario al terreno parlamentario. Pero pese al jarro de agua fría, la clase obrera y la juventud volvieron a descargar un golpe tremendo sobre la reacción en el referéndum del 25 de octubre de 2020 y en las elecciones a la Convención Constitucional de mayo de 2021. Las candidaturas a la izquierda de la socialdemocracia, Apruebo Dignidad (PCCh-FA) y Lista del Pueblo (candidatos independientes designados por asambleas populares, colectivos feministas e indígenas, movimientos sociales...) superaron el 35% de votos y el 40% de constituyentes.

Tras este resultado, y con las encuestas dando al candidato del PCCh, Daniel Jadue, favorito para las presidenciales, la burguesía desató una virulenta campaña del miedo, identificando un posible gobierno de Jadue con el “totalitarismo comunista” y agitando el espantajo de la crisis que sufren Cuba y Venezuela. Los dirigentes del PC renunciaron a contrarrestar esta campaña del único modo posible: defendiendo de manera clara un programa socialista que recogiese las necesidades de todos los oprimidos.

La política de conciliación del PCCh le ha llevado a perder las primarias en la lista Apruebo Dignidad frente a la candidatura de Gabriel Boric (FA), que se presentó como campeón de una izquierda “realista” e “inclusiva”. Ahora la derecha utiliza esa misma demagogia contra él, acusándolo de “convertir Chile en Chilezuela”.

A dos meses de las elecciones, muchas encuestas vaticinan una segunda vuelta entre Boric y el ultraderechista Kast. Los indecisos y posibles votos nulos o blancos rondan el 30% y crece la tendencia a la abstención. El ascenso fulgurante de Kast —un político burgués con un discurso y un programa semejante al de Trump, Bolsonaro y Vox— representa una amenaza real. Su avance interpela al conjunto de la izquierda militante y los activistas sociales sobre lo ocurrido desde la insurrección del 18 de octubre de 2019: ¿Qué conclusión se puede sacar de las maniobras parlamentarias de la clase dominante y de la estrategia que aboga por una “reforma” progresista del capitalismo chileno?

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La política de conciliación del PCCh le ha llevado a perder las primarias en la lista Apruebo Dignidad frente a la candidatura de Gabriel Boric (FA), que se presentó como campeón de una izquierda “realista” e “inclusiva”.

Kast utiliza demagógicamente la crisis económica para distanciarse de Piñera, a cuyo partido perteneció, y sintonizar con la desesperación de amplios sectores de las capas medias. También recurre a la xenofobia contra los inmigrantes, y al machismo y LGTBIfobia típicos de la ultraderecha, buscando el apoyo de la jerarquía católica y las iglesias evangélicas para aumentar su penetración en capas populares. Hace bandera de la “inacción” de la Convención Constitucional, para agrupar a sectores desmoralizados que ven como los debates en la constituyente se suceden y sus problemas no se resuelven. 

Como explicamos en otros artículos y declaraciones, la Convención Constitucional (el nombre que se le ha dado a la Asamblea Constituyente) ha dejado intacto el poder de los capitalistas y su control sobre la economía, la judicatura, la policía y el ejército. Además, la burguesía ha establecido un mínimo de 2/3 de los votos en la Convención para validar cualquier votación, lo que le permite frenar medidas contrarias a sus intereses sumando los diputados de la derecha piñerista, la DC y el PS.

La clase dominante está acusando la polarización y sufre divisiones importantes. Hay sectores que no se fían de que la Convención sirva para atar en corto a las masas. Por eso están apoyando a Kast preparándose para una salida represiva que aplaste definitivamente el movimiento popular. Por supuesto, hay otro sector que, compartiendo que hay que acabar de raíz con el proceso revolucionario, teme que optar prematuramente por la ultraderecha provoque una reacción explosiva, y sigue apostando por la alianza entre DC y PS que tan buenos resultados les ha proporcionado desde el final de la dictadura.

Este sector trata a toda costa de meter a la candidata de la Concertación en la segunda vuelta, haciendo bandera de la paz social y la reconciliación para impedir una victoria de Boric que, pese a las limitaciones de su programa reformista, piensan que estimularía la movilización de las masas. Si no lo consiguen, intentarán asegurar escaños suficientes para controlar el nuevo parlamento, como hacen con la Convención, y condicionar a Boric en caso de que gane.

Y la táctica del candidato de la izquierda abona este planteamiento. Boric no hace más que moderar su programa buscando “el voto de centro” para contrarrestar a Kast. Pero en las condiciones de una polarización tan extrema y una crisis social tan aguda, esta política de la conciliación solo puede, antes o después, fortalecer a la reacción de derechas.

Mientras los capitalistas mantengan bajo su férreo control los bancos, las grandes empresas, la tierra y el aparato estatal, utilizarán este enorme poder para sabotear cualquier parlamento o Gobierno de izquierda. Ningún tipo de Asamblea Constituyente, por más “libre” y “soberana” que se quiera etiquetar, puede desafiar este poder mediante el juego parlamentario tutelado por la burguesía.

Lo que está en juego es mucho. La izquierda revolucionaria chilena tiene la obligación de participar en el terreno electoral, ya sea en las elecciones a la Convención Constituyente, al Parlamento o en las presidenciales para llegar a los sectores más amplios de la clase obrera y la juventud. Pero debe hacerlo presentando un programa de clase, con reivindicaciones socialistas que eleven el nivel de conciencia y organización de los oprimidos, que no limite su horizonte a un capitalismo de rostro humano utópico.

Las organizaciones que se sitúan a la izquierda del PCCh han tenido una obsesión enfermiza de presentar la consigna de Asamblea Constituyente, libre y soberana como la panacea que los iba a diferenciar de la izquierda reformista. Hemos dedicado numerosos artículos y declaraciones políticas al debate sobre esta consigna y las consecuencias negativas de colocarla en un primer plano en lugar de defender un programa de acción socialista y de clase. La evolución de los acontecimientos ha demostrado que no estábamos equivocados en nuestras previsiones.

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Las organizaciones que se sitúan a la izquierda del PCCh han tenido una obsesión enfermiza de presentar la consigna de Asamblea Constituyente, libre y soberana.

Todavía es posible derrotar la estrategia capitalista de desgastar al movimiento y desmoralizarlo para mejor aplastarlo. Pero la izquierda revolucionaria y militante debe dar un giro de 180º en su agitación pública, y abandonar de una vez la concepción etapista que contrapone la “Asamblea Constituyente libre y soberana” a la defensa de un programa socialista.

Como en Chile, en Colombia lo único que impidió derribar al ultraderechista Duque fue la actuación del Comité Nacional de Paro (integrado por los dirigentes sindicales) y Gustavo Petro (principal líder de la izquierda). Todos ellos han desviado el movimiento al frente electoral, concediendo a una burguesía paralizada por la acción directa de las masas la oportunidad de reorganizarse.

Con los partidos tradicionales de la clase dominante y la ultraderecha uribista masivamente cuestionados, los capitalistas están ensayando diversas combinaciones con fuerzas pequeñoburguesas de nuevo cuño, como el Partido Verde y otras, para levantar una alternativa de “centroizquierda”. Paralelamente, utilizan una campaña del miedo similar a la chilena contra Petro, buscando asegurarse el control del parlamento e impedir su victoria en mayo de 2022. Algo que, pese a su programa reformista, supondría un punto de inflexión en la lucha de clases.

Cambios bruscos

Un ejemplo de la inestabilidad permanente y la transformación en la correlación de fuerzas es la situación que atraviesa Perú.[9] La oligarquía convocó elecciones convencida de que la fragmentación y parálisis de la izquierda le facilitarían formar un gobierno con legitimidad suficiente para aplicar su agenda de ataques. Pero el discurso de Pedro Castillo, denunciando las desigualdades y la corrupción, y prometiendo un cambio social profundo conectó con millones de oprimidos. Castillo pasó del 2% de las primeras encuestas a obtener el mayor respaldo electoral de la historia peruana.

Los intentos desesperados de la oligarquía para impedir su proclamación provocaron movilizaciones masivas y un paro nacional. Para evitar una insurrección, el imperialismo y un sector inicialmente minoritario de la clase dominante, tras semanas de vacilaciones, impusieron su reconocimiento. En 40 días de gobierno, las presiones de clase a que está sometido Castillo se están expresando con extraordinaria virulencia, agravando la situación económica y provocando constantes crisis gubernamentales. Su intento de sortearlas haciendo equilibrios a derecha e izquierda solo provocará nuevos choques.[10]

Los efectos de la crisis también están provocando cambios dramáticos en un país clave como Brasil. La gestión de la pandemia ha desnudado la política criminal de Bolsonaro ante millones de personas, incluidos sectores de la pequeña burguesía y capas populares desesperadas que le votaron. Por eso, un sector decisivo de la burguesía es consciente de que necesita un recambio fiable que evite males mayores. La decisión de la Corte Suprema de liberar y revocar la inhabilitación de Lula ha abierto ese escenario.[11]

El 22 de mayo, Fernando Henrique Cardoso, destacado representante de la clase dominante y rival histórico de Lula, se reunía con este. Aunque su partido rechazó la invitación a sumarse al frente del PT y PSOL, Cardoso declaró que en una contienda Bolsonaro-Lula votará por Lula. Bolsonaro está hablando de fraude, buscando apoyo en sectores de la clase dominante y del ejército para imponer un sistema electoral que garantice su victoria en 2022, y movilizando a sus bases con un discurso que recuerda al de Trump antes del asalto al Capitolio.

Aunque sus políticas reformistas y capitalistas pavimentaron el ascenso de la ultraderecha, la ausencia de una alternativa consecuente a la izquierda (con el PSOL entregado a la estrategia de “frente popular” junto al PT) y el deseo de echar al fascista que ocupa la Presidencia, han permitido a Lula cosechar un notable apoyo en las encuestas: 55% frente al 30% de Bolsonaro en una hipotética segunda vuelta. Nuevamente intentarán que las formidables contradicciones de la sociedad se diriman en la arena electoral y parlamentaria. Pero como la historia reciente demuestra, y el ejemplo de EEUU subraya, la época en que las grandes cuestiones se resolvían con acuerdos por arriba ha pasado a la historia. Brasil vive una polarización social y política sin precedentes, y se prepara para una oleada de movilizaciones y lucha de clases feroz en la que no podemos descartar ningún escenario.

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Aunque sus políticas reformistas y capitalistas pavimentaron el ascenso de la ultraderecha, el deseo de echar al fascista que ocupa la Presidencia, han permitido a Lula cosechar un notable apoyo en las encuestas.

El instinto de las masas de cerrar el paso a la derecha permite de momento a AMLO en México, Arce en Bolivia o Alberto Fernández en Argentina mantener niveles de apoyo significativos. Sin embargo, la crisis y sus políticas de ceder a las exigencias capitalistas en todas las cuestiones decisivas ya están incrementando el descontento.[12]

En las elecciones federales mexicanas, Morena ganó numerosos estados reflejando la voluntad de las masas de aplastar a la derecha y el deseo de que AMLO gire a la izquierda. Pero en la capital recibió un voto de castigo importante. En las municipales bolivianas, el MAS venció en la mayoría de municipios, especialmente del rural; avanzó en Santa Cruz, donde los fascistas gobiernan, pero perdió prácticamente todas las grandes ciudades, incluidos bastiones como El Alto o La Paz.

En Argentina, con una inflación del 58% y un 41% de pobreza, algo no visto desde el Argentinazo, la impresionante Marea Verde por el derecho al aborto ya mostró el potencial revolucionario existente. Pero lo más relevante es el batacazo sufrido por el kirchnerismo frente al macrismo en las elecciones primarias. Los resultados del FIT-U en las PASO son también una muestra de las posibilidades para una política de independencia de clase: más de un millón de votos, tercera fuerza nacional. Estos resultados se pueden confirmar e incluso ampliar en las legislativas del 14N. La cuestión ahora sigue siendo como fortalecer una alternativa clasista y revolucionaria arrancando al peronismo su influencia de masas entre la clase obrera. Y eso se puede lograr defendiendo enérgicamente una política de frente único con los sectores más combativos del movimiento obrero y la juventud que todavía están bajo su influencia, sin renunciar a una política socialista.

En el extremo opuesto, en Argentina, Uruguay, Chile, Perú y otros países están surgiendo imitadores de Bolsonaro con un respaldo electoral significativo o posibilidades de poder tenerlo. Generalmente son desgajamientos de partidos burgueses tradicionales, conectados con el aparato estatal (militares, jueces, mafias policiales...), que apelan a la desesperación de las capas medias y se apoyan en los sectores más oscurantistas de la Iglesia Católica y las Iglesias Evangélicas intentando penetrar las barriadas populares. Su discurso explota los efectos de la crisis, el fracaso de las políticas reformistas y, en algunos casos, la llegada masiva de migrantes para atacar al socialismo y fomentar prejuicios xenófobos.

Este desarrollo representa una amenaza muy seria. Los ejemplos de Chile, Colombia o Perú muestran que la correlación de fuerzas sigue siendo claramente favorable a la izquierda pero, para aprovecharla y aplastar a la reacción, es imprescindible una estrategia revolucionaria, con un programa socialista y un plan para tomar el poder.

Cuba y Venezuela

Venezuela y Cuba viven situaciones excepcionales dentro del continente. La liquidación de la revolución bolivariana —no por el imperialismo estadounidense y la burguesía, sino por la burocracia del PSUV— tiene un efecto demoledor sobre la moral de las masas. Aunque miles de activistas siguen buscando una alternativa revolucionaria, la situación general en Venezuela sigue siendo de reflujo político.[13]

El fracaso estrepitoso del golpe organizado por EEUU en este contexto (como su derrota en Bolivia tras conseguir derrocar a Evo Morales), y el papel lastimoso de su títere Juan Guaidó, no es una cuestión de segundo orden. El apoyo chino y ruso fue clave para que los militares sostuviesen a Maduro. Este ha dado pasos importantes en la consolidación de un régimen bonapartista burgués basado en la burocracia estatal y del PSUV, la cúpula militar y la llamada “boliburguesía”.

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De 2000 a 2018, Venezuela concentró el 47,8% de los créditos chinos y rusos a Latinoamérica (67.800 millones). La mayor parte fueron a la extracción minera y petrolera.

Estas son las condiciones que han precipitado las negociaciones entre el gobierno de Maduro y la oposición en México. La decisión unánime de esta última a favor de participar en las municipales y regionales del 21 de noviembre significa reconocer la derrota de su estrategia golpista y fortalece a Maduro. Al tiempo, las políticas capitalistas y bonapartistas (profundizadas durante la pandemia) están aumentando el rechazo al régimen entre las masas. Las primarias del PSUV, planeadas para transmitir sensación de fuerza, tuvieron una participación baja y reflejaron las tensiones dentro de la burocracia.

De 2000 a 2018, Venezuela concentró el 47,8% de los créditos chinos y rusos a Latinoamérica (67.800 millones). La mayor parte fueron a la extracción minera y petrolera y llevan aparejado depender de empresas chinas y rusas para inversiones, importaciones y nueva financiación. Unido a la corrupción y parasitismo de la burocracia y burguesía venezolanas, estos capitales no se han traducido en el desarrollo de infraestructuras o recuperación de la producción. La industria petrolera (clave para las finanzas estatales) se ha desplomado. Diferentes acuerdos con China, Rusia e Irán han evitado el colapso total, pero los 600.000 barriles diarios actuales representan un 45% menos que antes de las sanciones estadounidenses.

Uno de los principales objetivos de Maduro en las negociaciones es el levantamiento, o alivio, de estas sanciones para aumentar la producción, hacer frente a pagos pendientes a China, Rusia e Irán y obtener nuevos créditos que estimulen la inversión capitalista y permitan estabilizar el sistema. En un contexto de crisis mundial, la lucha a cuchillo entre EEUU y China, con Washington obligado a pelear por su “patio trasero”, tiende a agravarse. Las perspectivas para Venezuela están totalmente vinculadas al desarrollo de la crisis capitalista y la lucha de clases a escala continental y mundial.

Esto último vale también para Cuba. Las movilizaciones de julio representaron un punto de inflexión. Los sectores proimperialistas del interior y sus amos de Washington intentan utilizarlas en su beneficio, pero la inmensa mayoría de manifestantes eran jóvenes y trabajadores que protestaban por la desigualdad, el deterioro de sus condiciones de vida, y la corrupción que provoca la agenda procapitalista de la dirección del PCC.

En la amplia declaración que publicamos antes del verano analizamos la naturaleza de estos hechos y las perspectivas, enfatizando que lo único que puede impedir el triunfo de la contrarrevolución capitalista, sea de la mano de China o EEUU, es la lucha independiente de la clase obrera cubana y los sectores comunistas de vanguardia por una genuina democracia obrera, acabar con el peso muerto de la burocracia y sus privilegios, y llamar a la extensión de la revolución en Latinoamérica e internacionalmente.[14]

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En Cuba, los sectores proimperialistas del interior intentan utilizar las movilizaciones de julio en su beneficio, pero la inmensa mayoría de manifestantes eran jóvenes y trabajadores que protestaban por la desigualdad.

América Latina y el “imperialismo bueno”

Entre 2005 y 2015, el auge de las exportaciones de materias primas a China concedió un margen de maniobra a las economías latinoamericanas y, por consiguiente, a la clase dominante. Especialmente desde 2010 fue un factor que contribuyó a ralentizar el ascenso revolucionario. China se convirtió en el principal prestamista regional. Sus créditos superan al total concedido por el Banco Mundial, Banco Interamericano de Desarrollo y otras agencias imperialistas occidentales.

Pero desde 2015, los efectos de la Gran recesión se hicieron mucho más visibles en el continente. Los ingresos por exportaciones a China y los créditos desde el país asiático también disminuyeron, aunque a un volumen y velocidad mucho menor que los de EEUU. A distintos ritmos, los países latinoamericanos entraron en una recesión que la pandemia ha convertido en depresión.

Esto alimentó el colapso económico venezolano y la aplicación de medidas de ajuste por parte de los gobiernos del PT (Brasil), MAS (Bolivia) o el correísmo en Ecuador que erosionaron su apoyo social. En países con gobiernos de derechas supuso planes de “ajuste” salvajes como en Argentina, Chile o Colombia. Durante la pandemia, la necesidad china de priorizar su frente interno ha continuado.

Un interrogante en las perspectivas económicas para Latinoamérica es si los niveles de inversión y crédito chinos recuperarán las cifras previas a 2015, a qué ritmo lo harán, y si la región se verá incluida en los grandes proyectos chinos (Ruta de la Seda, etc.) a un nivel que permita contrarrestar el colapso actual.

En cualquier caso, la experiencia de 2005-2015 demuestra que la inversión imperialista china no es ninguna panacea. No resolvió ningún problema de fondo de las economías latinoamericanas, beneficiando fundamentalmente a los grandes capitalistas, bancos, a la alta burocracia estatal y a sectores de la pequeña burguesía comercial y agropecuaria. Con China al timón, la expoliación, la precariedad laboral y las desigualdades sociales y, por supuesto, el saqueo imperialista de los recursos naturales del continente, continuaron e incluso aumentaron, generando muchas de las contradicciones que alimentan la crisis actual.

La ausencia de dirección marxista es el único factor que ha impedido el triunfo de la revolución socialista en países decisivos del continente, lo que habría cambiado la historia del mundo. La experiencia de la revolución bolivariana y el apoyo internacional que movilizó durante su periodo más álgido son la mejor prueba. Pero las tendencias objetivas del colapso capitalista no se han mitigado, ni la estabilidad se ha restaurado, ni la lucha de clases va a entrar en un periodo de reflujo. América Latina seguirá siendo uno de los escenarios fundamentales para forjar el partido revolucionario.

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Las tendencias objetivas del colapso capitalista no se han mitigado, ni la lucha de clases va a entrar en un periodo de reflujo. América Latina seguirá siendo uno de los escenarios fundamentales para forjar el partido revolucionario.

EEUU bajo una polarización extrema

Las consecuencias domésticas del desastre en Afganistán también se han dejado sentir. Según una reciente encuesta publicada en USA Today, la aprobación a la gestión de Biden por la salida de las tropas se ha hundido hasta el 41%, con un rechazo del 55%, y tan solo un 26% respalda en estos momentos su labor económica. Seguramente habrá bastante exageración en estas cifras, pero muestran una tendencia significativa.

Trump fue derrotado en las urnas gracias a una movilización histórica del voto y tras una lucha de masas formidable, que llevó a millones de mujeres, jóvenes y trabajadores afroamericanos, blancos y latinos a llenar las calles en los cuatro años de su mandato, y que culminaron con el levantamiento social tras el asesinato de George Floyd a manos de la policía racista. Entre los meses de mayo, junio y julio de 2020, entre 15 y 26 millones de personas participaron en las protestas que recorrieron EEUU de una punta a otra.

Pero esta derrota electoral no ha supuesto, como muchos desde la izquierda vaticinaban, ni la desaparición de Trump ni un debilitamiento del trumpismo, confirmando que nos encontramos ante tendencias de fondo que seguirán alimentándose de la descomposición social generada por un capitalismo en crisis.[15]

Después de las elecciones de noviembre, Trump se ha fortalecido, ampliando y consolidando su base electoral entre millones de pequeñoburgueses rabiosos y sectores atrasados de la clase trabajadora noqueados por la recesión y heridos en su orgullo ante la irremediable decadencia del imperio norteamericano. Su discurso racista y supremacista, su nacionalismo furibundo, su machismo despreciable, y sus apelaciones contra el socialismo y el comunismo no son las ocurrencias de un loco, sino una bandera con la que agrupar a ese polvo social de cara a combatir un creciente movimiento de masas anticapitalista que pone en cuestión los privilegios de la clase dominante.

Su rechazo a reconocer los resultados electorales, cuestionando los mecanismos de la democracia burguesa norteamericana, y su responsabilidad directa en el asalto al Capitolio del 6 de enero de este año, no han tenido consecuencias legales, pero sus implicaciones políticas son de una envergadura incuestionable.[16]

El segundo intento de impeachment, por incitación a la insurrección, concluyó con su absolución gracias al sólido apoyo de los senadores y congresistas republicanos. Posteriormente, Trump ha dado nuevos pasos en su control del Partido Republicano, purgando a aquellos sectores que aspiraban a volver a los buenos viejos tiempos del republicanismo conservador. La deriva de los republicanos hacia la extrema derecha no dejará de profundizarse.

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La responsabilidad directa de Trump en el asalto al Capitolio del 6 de enero de este año, no han tenido consecuencias legales, pero sus implicaciones políticas son de una envergadura incuestionable.

Durante los últimos meses, estados controlados por los republicanos están impulsando iniciativas legislativas contra los derechos de la mujer y de las personas trans, de las minorías o contra las libertades democráticas. Texas y Arkansas han prohibido prácticamente el aborto en todos los supuestos, elevándose a 19 los estados que van a proponer nuevas restricciones. En Georgia, Texas, Arizona o Florida se han aprobado nuevas leyes para limitar el derecho a voto de la población afroamericana y otros sectores o el mismo voto por correo. Incluso en 5 estados se han aprobado normativas estableciendo límites en el modo de enseñar la historia del esclavismo, o en Oklahoma para garantizar inmunidad a los conductores que maten o hieran a un manifestante si alega que huía de un disturbio.[17]

El trumpismo está demostrando contar con una importante base militante. Un buen ejemplo de ello ha sido el referéndum revocatorio para la destitución del gobernador demócrata de California por oponerse a la pena de muerte, ser permisivo con los “sin techo” o los inmigrantes, así como por la gestión de la pandemia. Para celebrar el referéndum era necesario que se recogieran 1,5 millones de firmas, cosa que lograron sin problema. Aunque finalmente el gobernador ha conseguido mantenerse con un 63% de los votos, la campaña ha reflejado un importante nivel de movilización y organización por parte de la base del trumpismo. Una seria advertencia de cara al futuro.

Plantear, como se hizo tras el intento de golpe de Estado, que Trump está aislado y que su actuación es ajena a la clase dominante y al aparato del Estado resulta ridículo. Los datos que se han hecho públicos después de una investigación parcial y realizada a regañadientes, han venido a confirmar la participación o simpatías de importantes mandos policiales y del ejército en el mismo. Aunque la clase dominante estadounidense no apuesta aún por imponer una dictadura, fundamentalmente por miedo a desatar una situación revolucionaria, simpatiza con Trump en su contundencia contra la clase trabajadora y la izquierda. El aparato del Estado norteamericano jamás ha tenido en su ADN la defensa de la democracia. Si mañana se sienten amenazados por la rebelión de los oprimidos, no dudarán en arrojar sus “tradiciones democráticas” al basurero de la historia.

La extrema polarización que vive la sociedad norteamericana y la brusca ruptura de su equilibrio interno han sido alimentadas por décadas de racismo institucional y brutalidad policial, recortes sociales y una desigualdad lacerante que ha hundido en la exclusión y la pobreza a decenas de millones de personas. Paralelamente, una minoría de oligarcas ha amasado un patrimonio supermillonario y son los dueños absolutos del poder. Esto es lo que está detrás de la crisis de la democracia burguesa norteamericana, y de las divisiones existentes en la burguesía. La crisis de la covid-19 o la reciente derrota en Afganistán alimentan aún más estas tendencias de fondo.

A pesar de la continua propaganda de los reformistas sobre las bondades de la Administración Biden, el líder demócrata es un genuino representante de Wall Street. Sus “planes de ayudas” siguen la estela de los aprobados durante la covid-19 por Trump, regando con miles de millones a las multinacionales norteamericanas. El más importante de ellos, y que ya ha sido acordado por un amplio consenso entre republicanos y demócratas, es el de infraestructuras, que asciende a 1,2 billones de dólares. El objetivo es renovar sus obsoletas infraestructuras, entre otras cosas para poder competir con China, que gasta tres veces más que EEUU en esta partida.

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A pesar de la continua propaganda de los reformistas sobre las bondades de la Administración Biden, el líder demócrata es un genuino representante de Wall Street.

La otra parte del plan, las supuestas partidas sociales, están en el aire fruto de la oposición de los republicanos, e incluso de un sector de los demócratas más conservadores. Pero además, la Administración Biden ya ha anunciado que no renovará los programas de ayudas al desempleo aprobados durante la pandemia: 7,5 millones de norteamericanos pueden quedarse sin esta cobertura vital. La cifra de parados registrados era de 8,4 millones en agosto, y otros 5,7 millones se encontraba fuera de la contabilidad oficial aunque buscan trabajo según el último informe de la Oficina de Estadísticas Laborales.

Por su parte, la Corte Suprema revocó la moratoria sobre los desahucios por el impago de alquileres, amenazando a cerca de 3,5 millones de personas con ser expulsados de sus hogares según una encuesta de la Oficina del Censo de EEUU del mes de agosto. ¡Esta es la política progresista del adalid de la nueva izquierda reformista!

De cara a financiar estos planes, Biden ha propuesto subir el impuesto de sociedades del 21% al 28%, algo que aún se está negociando y que cuenta con el rechazo de los republicanos. Esta subida quedaría lejos del 35% existente antes de la reforma fiscal impulsada por Trump y apoyada por los demócratas, que supuso un chorro de 205.000 millones de dólares directos al bolsillo del 20% más rico de la población. En cuanto a revertir los recortes de dos billones de dólares en programas sociales aprobados por Trump, nada de nada.

La luna de miel de Biden parece que pronto puede llegar a su fin. La promesa de vacunar para finales del verano al 70% de la población ha fracasado, y la tasa ha quedado estancada en un 52%. La variante Delta vuelve a causar estragos, frenando la recuperación del empleo y de la economía.

En EEUU no existe una situación abiertamente revolucionaria, pero sí hay rasgos revolucionarios en la lucha de clases que recorre el país desde hace años. La experiencia de este periodo histórico se ha traducido en un giro a la izquierda en la conciencia de amplios sectores de la clase obrera y la juventud. El movimiento de masas antirracista, que ha unificado en líneas de clase a los oprimidos con un potencial anticapitalista desafiante, es el resultado de este proceso y ha sido clave para batir a Trump. Pero la reacción contrarrevolucionaria también ha movilizado un ejército poderoso, y sectores nada desdeñables de la burguesía han estado implicados desde el principio. Sin duda, EEUU es uno de los principales candidatos a sufrir estallidos revolucionarios con profundas implicaciones a escala mundial.

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La experiencia de este periodo histórico se ha traducido en un giro a la izquierda en la conciencia de amplios sectores de la clase obrera y la juventud en Estados Unidos.

La Unión Europea: más austeridad, más lucha de clases

En lo que respecta a la Unión Europea la situación es aún más calamitosa. Su agenda exterior descansa sobre un gran fiasco colectivo: las fuertes contradicciones económicas y políticas que golpean su ficticia unidad la paralizan, y es incapaz de jugar ningún papel independiente en los grandes asuntos del mundo. Su posición tradicional como aliado incondicional de los EEUU también se está menoscabando.

Si la Gran Recesión de 2008 y la crisis del euro en 2014 supuso un punto de inflexión en la historia de la UE, tras el Brexit y ante la perspectiva de un nuevo y largo periodo de estancamiento, las fuerzas centrífugas que pudieron ser contenidas a duras penas se harán más incontrolables.

Estamos ante una dinámica que se profundiza por el conflicto entre Beijing y Washington. Tal es el caso del gaseoducto Nord Stream 2, que permitirá duplicar el suministro de gas ruso a Alemania. Esta nueva infraestructura ha sido calificada por el presidente ucraniano, aliado estadounidense en la zona, como un “arma geopolítica peligrosa”. No es de extrañar que países como Polonia compartan esta opinión. Además de incrementar la dependencia europea del combustible controlado por Putin, el socio más poderoso de China, proporcionará al capitalismo alemán una nueva herramienta de coerción economía sobre sus socios comunitarios. En respuesta, Biden está considerando seriamente apadrinar a Ucrania como nuevo miembro de la OTAN, lo que constituiría una provocación histórica contra Rusia.

La conformación de dos nuevos bloques cada vez más hostiles dentro Europa al calor de la batalla entre EEUU y China está cristalizando. Por un lado, tenemos el encabezado por la Gran Bretaña del Brexit, que puede contar con varios aliados entre los países bálticos. Y, por otro, el liderado por Alemania y hegemónico en estos momentos.

Las consecuencias de la salida de Gran Bretaña de la UE no están proporcionando a la clase dominante británica los resultados esperados. La marcha de un millón y medio de trabajadores comunitarios, el desabastecimiento que afectó en numerosos sectores por la ruptura de las cadenas de producción y distribución, la falta de decenas de miles de conductores…, está impactando sobre la economía de la isla: “La previsión de Johnson cuando culminó el Brexit era que el Reino Unido prosperara como nuevo actor solitario en el comercio internacional; la previsión de Johnson era salir de la pandemia con una economía fuerte y pujante. Lo que no podía imaginar era que las estanterías de los supermercados acabaran desoladas y vacías por falta de camioneros (…) y que las industrias agrícolas, ganaderas o de procesado de alimentos no tuvieran suficiente mano de obra para remontar”.[18]

En cualquier caso, lejos de “corregir” los desequilibrios de la crisis anterior, la política de la UE los ha aumentado y ha generado otros nuevos. La deuda conjunta de la UE, que en 2008 se encontraba en el 60,7% del PIB comunitario, ha escalado a comienzos de 2021 por encima del 100%. Pero con el estallido de la pandemia, en lugar de una “respuesta común” nos encontramos con una guerra entre los diferentes estados miembros.

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Lejos de “corregir” los desequilibrios de la crisis anterior, la política de la UE los ha aumentado y ha generado otros nuevos.

Primero respecto al material sanitario, cuando Alemania y Francia prohibieron exportar mascarillas y otros productos médicos a países gravemente afectados por la pandemia como Italia y el Estado español. Posteriormente, con las ayudas desembolsadas por los diferentes Gobiernos en defensa de su sector financiero y de sus industrias, correspondiendo más del 50% del total de dichas ayudas a Alemania, seguida de Francia e Italia con el 17 y el 14% respectivamente, y mucho más lejos por el Estado español, en torno a un 5%.

Como en la anterior fase recesiva, se han escuchado los cantos de sirena sobre las bondades de la UE. Desde Unidas Podemos no se ha dejado de insistir sobre la necesidad de la solidaridad europea. Pablo Iglesias, aún en el Gobierno, se congratulaba por el acuerdo alcanzado respecto a los fondos europeos, hasta el punto de atreverse a afirmar que iban en “una dirección diametralmente opuesta a lo que vimos en la última década”. Pero esta demagogia no se reconcilia con la verdad del asunto. Estos fondos están destinados a “salvar” a los capitalistas europeos, y su concesión, como en la anterior crisis de la deuda, está condicionada a que se aprueben nuevas medidas de austeridad fiscal y contrarreformas sociales.

Una cosa es que la burguesía alemana y sus aliados (Holanda, los países nórdicos, etc.) estén dispuestos a contribuir puntualmente, o conceder créditos si se devuelven con garantías, pero nunca aceptarán cargar con las deudas de los países más débiles de la eurozona. Cualquier mínima concesión en el sentido de “mutualizar” la deuda, será siempre a cambio de reforzar su papel hegemónico en la UE, pero nunca dejarán de proteger a sus empresas en la lucha encarnizada por cada palmo del mercado mundial. En este sentido, la pandemia ha supuesto un mayor resquebrajamiento del bloque europeo respecto a EEUU, con países como Italia o Grecia virando hacia China.

Esa UE democrática y humanitaria, que se llena la boca de derechos humanos respecto a Afganistán, y que es celebrada por los socialdemócratas de todo cuño, no se corta en cerrar sus fronteras militarmente contra los millones de personas que huyen del hambre y la guerra; en levantar campos de concentración en condiciones infrahumanas en Grecia; o en regar con miles de millones de euros a regímenes dictatoriales como Turquía o Pakistán para que contengan las oleadas de refugiados fruto de los conflictos imperialistas que promueven.

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Esa UE democrática y humanitaria, que se llena la boca de derechos humanos, no se corta en cerrar sus fronteras militarmente contra los millones de personas que huyen del hambre y la guerra.

Desde la crisis de 2008 las tendencias centrífugas en la UE no han hecho más que aumentar —el caso del Brexit es su mejor exponente— azuzadas no solo por las tendencias proteccionistas y el nacionalismo económico, sino también por factores políticos. La confianza de la población en que en el seno de la UE sus vidas y su futuro serán mejores se ha desplomado. Por otro lado, las burguesías de todos los países han optado por orientar su discurso hacia el nacionalismo patriotero como antídoto contra la protesta social.

Es la clase dominante quien alimenta y legitima a la reacción. Lo único que hace la ultraderecha es defender sin tapujos todo lo que la “burguesía democrática” y los dirigentes socialdemócratas dicen con la boca pequeña. El avance de la extrema derecha a lo largo y ancho de toda Europa, y el crecimiento de las tendencias autoritarias y bonapartistas en numerosos Estados, es una condena de la visión que tiene esa opinión pública progresista sobre el capitalismo europeo.

Una vez que la propaganda se disipe, y entren en acción los nuevos planes de austeridad, la crisis de la UE entrará en una nueva fase. En la última década Europa ha vivido enormes movimientos huelguísticos y de protesta, crisis revolucionarias —como en Grecia, saldadas con una dura derrota política a manos de Syriza—, luchas obreras como en Francia, que han paralizado el país durante meses, manifestaciones masivas de la juventud contra el cambio climático y movilizaciones históricas de la mujer trabajadora. Hemos visto el surgimiento de nuevos partidos de la izquierda reformista que han fracasado en su intento de reformar el capitalismo. En el próximo periodo, esta lucha dará un salto entre la clase obrera y la juventud y, partiendo de la experiencia de más de una década de batallas, ofrecerá grandes oportunidades a las fuerzas del marxismo.

Desigualdad y lucha de clases

En estas dos últimas décadas se han disparado las desigualdades y la polarización política. Mientras millones son arrojados a la pobreza y al paro, malviven por salarios de miseria en una situación de precariedad crónica, una ínfima minoría de plutócratas incrementa sus fortunas como nunca antes en la historia. Jamás se había producido tanta riqueza y nunca ha estado concentrada en tan pocas manos.

Según la revista Forbes[19], durante la pandemia los mil millonarios han aumentado sus ingresos en 5,5 billones de dólares, un 68%; su fortuna ha pasado de 8 billones de dólares a 13,1 (en 2006 era de 2,56 billones). Ya antes de la pandemia, un informe de Oxfam Intermón señalaba que el 1% más rico tenía el doble de patrimonio que 6.900 millones de personas. Mientras esto sucede, estudios del Banco Mundial señalan que en 2020 la extrema pobreza afectó a 723,9 millones de personas, y para 2021 llegará a 751,5 millones.[20]

Los discursos de los líderes mundiales en la cumbre del G7 —tan aplaudidos por los dirigentes de Unidas Podemos o Syriza— afirmando qué harían pagar impuestos a los ricos y terminarían con los paraísos fiscales, son simple postureo y palabrería. Nada distinto a lo ocurrido durante la anterior crisis económica, cuando los líderes del G20 planteaban que iban a “refundar el capitalismo sobre bases éticas”.

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Los discursos de los líderes mundiales en la cumbre del G7 —tan aplaudidos por los dirigentes de Unidas Podemos o Syriza— son simple postureo y palabrería.

Los acuerdos adoptados por el G7 y el G20 son un auténtico fraude como ya hemos explicado[21]. El propio Biden ha ejercido como senador durante más de 30 años por el Estado de Delaware, un paraíso fiscal en el corazón mismo de los EEUU, con más empresas que habitantes. En Europa países como Holanda[22], Irlanda o Luxemburgo actúan como paraísos fiscales hasta el punto de que la Comisión Europea planea constituir un tribunal para proteger los beneficios de grandes fondos de inversión y multinacionales.[23] Además, el acuerdo alcanzado por el G-7 tenía un claro objetivo para EEUU: evitar la llamada “tasa digital” contra las grandes tecnológicas norteamericanas (Facebook, Google, Microsoft…). Esta parte sí que se ha cumplido con celeridad.[24]

La legislación fiscal y laboral lleva sufriendo cuatro décadas de contrarreformas radicales en beneficio del capital. Esta contrarrevolución social y económica ha sido apuntalada por la política de colaboración de clases de la socialdemocracia y los sindicatos.

Uno de los cimientos sobre el que se asienta esta contrarrevolución es la extorsión de la fuerza de trabajo. La precarización generalizada y los bajos salarios han dado lugar en los países desarrollados a la proliferación de la figura del trabajador que, a pesar de tener uno o dos empleos, se mantiene al borde de la pobreza o en la pobreza.

Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), un organismo oficial del capitalismo, a principios de 2020 más de 700 millones de trabajadores en el mundo ganaban menos de 3,2 euros al día, y de ellos 265 millones menos de 1,90 euros. 2.000 millones estaban empleados informalmente y el 55% carecía de cualquier tipo de cobertura social. En los meses de pandemia se calcula que otros 108 millones de trabajadores han caído en la pobreza o en la extrema pobreza.[25]

Esta desigualdad sistémica es el resultado de todos los factores que alientan el modelo de acumulación actual. Un cuadro general en el que destacan las migraciones masivas y el desplazamiento de refugiados provocados por las guerras imperialistas, la depredación ambiental, el crimen organizado y la pobreza estructural.

En Colombia, las cifras de desplazados por violencia llegaban a los cuatro millones en 2013. Para 2019, India y México se colocaron como los dos países con más migrantes expulsados de su territorio, 17,5 millones y 11,8 millones respectivamente. En el caso de Oriente Medio, las guerras de Afganistán, Iraq y Siria han provocado el éxodo de más de 6 millones de refugiados en los últimos cinco años, hacinados en condiciones infrahumanas en campos de internamiento.

La opresión imperialista se combina con la política racista de las grandes potencias. El caso de la legislación xenófoba de la UE y el  cierre de fronteras que ha provocado una carnicería humana en el Mediterráneo, es una muestra cruel de la involución a la barbarie que estamos viviendo. Lo mismo se puede decir respecto a las políticas de las administraciones norteamericanas. Ya sea con Trump o Biden, la clase dominante estadounidense ha endurecido con todo tipo de medidas legales y policiales la represión y las deportaciones contra la población migrante.

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Ya sea con Trump o Biden, la clase dominante estadounidense ha endurecido con todo tipo de medidas legales y policiales la represión y las deportaciones contra la población migrante.

Los gobiernos sin excepción han respondido con una política migratoria inhumana, represora y con absoluto desprecio a los derechos y vida de los desplazados. Los Gobiernos que se declaran “progresistas” y “protectores de los Derechos Humanos”, como el de AMLO o el del PSOE-UP, por citar dos ejemplos, tampoco se diferencian de los de la derecha populista y más reaccionaria. Es más, no tienen el menor reparo en actuar como policías fronterizos confiables para los grandes poderes imperialistas.

El fracaso de la izquierda reformista en este terreno da alas a la ultraderecha en todo el mundo. Frente a este escenario, que sólo empeorará en los próximos años, los marxistas revolucionarios debemos levantar una alternativa de clase e internacionalista, luchando en primera línea por asegurar todos los derechos sociales, económicos, políticos y culturales de nuestros hermanos y hermanas inmigrantes, oponiéndonos frontalmente a las políticas racistas de fronteras cerradas, a todas las medidas xenófobas que utilizan el sufrimiento de los refugiados y los trabajadores inmigrantes para esparcir prejuicios chovinistas entre la clase obrera. El combate contra el racismo, la xenofobia, la represión y la violencia imperialista es una parte indisoluble de la lucha por el socialismo.

III. La construcción del partido revolucionario

Es mil veces falso que la salida a esta crisis esté siendo diferente a la de 2008. Se trata de una profundización de lo ocurrido hace trece años: movilización masiva de recursos públicos para sostener a la banca y los monopolios, y nuevas contrarreformas sociales. Incluso el Gobierno del Estado español, autodefinido como el “más progresista de la historia”, está llevando a cabo más recortes en las pensiones, en la sanidad, en la educación y en las prestaciones sociales, mientras el precio de la luz, de la vivienda y de los alimentos crece desaforadamente.

La clase dominante cuenta con un margen de maniobra claro gracias a la política de unidad nacional. El frente único entre la burguesía y las formaciones socialdemócratas y los sindicatos, y el fracaso de la nueva izquierda reformista para levantar una masiva oposición a la estrategia de los capitalistas, explica lo ocurrido.

Los capitalistas están dispuestos a llegar todo lo lejos que la situación les permita. Un buen ejemplo es la reciente aprobación por el Gobierno griego de la jornada laboral de diez horas. Este es el fondo del asunto. Todos los pasos de la burguesía en EEUU, Europa, América Latina o Asia van en este sentido.

La reacción de las masas ante la nueva ofensiva de la burguesía contrasta vivamente con el papel esquirol de dirigentes reformistas de la clase obrera. Realmente es sorprendente que a pesar de la enorme presión que supone la catástrofe de la pandemia, y sus efectos inmediatos en la economía con la pérdida de millones de empleos y el crecimiento de enormes bolsas de miseria, a pesar de todas estas dificultades subjetivas y objetivas, durante este año y medio de muerte y desolación hayamos asistido a movilizaciones masivas e insurrecciones revolucionarias en numerosos países.

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La reacción de las masas ante la nueva ofensiva de la burguesía contrasta vivamente con el papel esquirol de dirigentes reformistas de la clase obrera.

La constante en todos estos movimientos ha sido su carácter explosivo y que han nacido desde abajo. La acción directa y los choques abiertos con las fuerzas represivas han sido la norma, pero cuando la violencia policial y militar no ha logrado paralizar la lucha, la burguesía ha recurrido a los servicios de la burocracia sindical y de la izquierda reformista, que han hecho esfuerzos incansables por desviar la lucha hacia la conciliación de clases y el fraude del parlamentarismo en todas su versiones (“Asambleas Constituyentes”, “Acuerdos Nacionales”…).

El sentimiento anticapitalista no ha dejado de extenderse durante la última década y, entendiendo que la polarización y la descomposición capitalista también alienta el avance de la extrema derecha, el proceso molecular de toma de conciencia sufrirá nuevos saltos. La crisis de las organizaciones a la izquierda de la socialdemocracia crea las condiciones para que las conclusiones más avanzadas se abran paso entre secciones amplias de la juventud y los trabajadores.

Desde luego no será un proceso automático ni exento de contradicciones y de retrocesos temporales. Especialmente en países donde estas organizaciones han tenido un gran peso y han fracasado, el desconcierto, la desazón y también el escepticismo dominará entre una amplia capa de activistas. Pero será un fenómeno coyuntural, no a largo plazo.

El ascenso de la extrema derecha

Como en otros periodos históricos de revolución y contrarrevolución, el avance de la extrema derecha —el partido de la “desesperanza revolucionaria”, en palabras de Trotsky— se ha hecho visible. En los últimos años esta derecha populista, racista, supremacista, homófoba y machista se ha convertido en una amenaza real, desde Trump en EEUU a Bolsonaro en Brasil, pasando por Le Pen en Francia o Vox en el Estado español.

Este proceso no se va a contener con ningún tipo de “cinturón sanitario” parlamentario porque se nutre de la descomposición del capitalismo. El combate contra la extrema derecha pone en evidencia la necesidad de defender una genuina política revolucionaria. Las formaciones de la nueva izquierda reformista han vuelto a insistir en las recetas de la socialdemocracia clásica y del estalinismo que, entre otras cosas, permitieron la victoria “democrática” de Hitler. Los llamamientos abstractos en defensa de la democracia y, sobre todo, las apelaciones al aparato del Estado para que proteja nuestros derechos democráticos no tienen efecto alguno en la lucha contra estas formaciones, que además cuentan con importantes apoyos y simpatías entre la judicatura, la policía o el ejército.

Como hemos señalado en el apartado de EEUU, el fenómeno del populismo reaccionario de extrema derecha afecta de lleno a los partidos conservadores tradicionales. Estamos viendo en el seno de la derecha tradicional un giro abierto hacia un lenguaje fascistizante, en competencia con las formaciones de extrema derecha en ascenso.

La cuestión que se plantea ante el conjunto del movimiento obrero, y especialmente a su vanguardia, es cómo enfrentar la amenaza de la reacción; cómo evitar el asalto de Marine Le Pen a la presidencia francesa, o la posibilidad de un Gobierno del PP y Vox en el Estado español. Y la respuesta es clara: levantando un programa revolucionario apoyado en la movilización masiva y consciente de los trabajadores y la juventud.

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La cuestión que se plantea ante el conjunto del movimiento obrero, y especialmente a su vanguardia, es cómo enfrentar la amenaza de la reacción.

La crisis del nuevo reformismo

Surgida al calor de la gran recesión de 2008 y del movimiento de masas que se desencadenó en numerosos países, la “nueva izquierda” está sumida en un desbarajuste completo que presenta todos los elementos de una decadente descomposición. Solo aspira a mantenerse como una maquinaria electoral que permita a un aparato integrado y asimilado sobrevivirse a sí mismo.

La renuncia a una política anclada en el marxismo revolucionario, en la independencia de clase, en el internacionalismo, ha pasado una factura brutal a estas organizaciones que, después de despertar ilusiones y expectativas formidables, se han convertido en una copia emborronada de la socialdemocracia tradicional. Es el precio a pagar por el carácter pequeño burgués de su programa, de su dirección y de sus métodos antidemocráticos a la hora de construir sus estructuras.

Todas estas organizaciones se han fundido con la burocracia sindical y han renunciado, en los hechos y en las ideas, a dar la batalla dentro del movimiento obrero organizado por acabar con la estrategia de pacto social y colaboración de clases de los grandes aparatos. En consecuencia, se ha perdido una gran oportunidad para impulsar fuertes corrientes de izquierda en los sindicatos, que siguen actuando en una coyuntura tan crítica como la actual como un baluarte de la burguesía para imponer su agenda de recortes y austeridad.

El caso de Podemos[26], que hemos analizado en detalle, es el más significativo, pero el proceso es mucho más general y sus raíces son profundas. Ha sucedido en Grecia tras la capitulación de Syriza, ocurrió en EEUU con Bernie Sanders y su integración en la administración de Joe Biden, se repitió con el abandono de Jeremy Corbyn tras su derrota electoral, y los ejemplos se multiplican en formaciones semejantes de Alemania, Portugal, Francia…

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Después de despertar ilusiones y expectativas formidables, las organizaciones de la "nueva izquierda" se han convertido en una copia emborronada de la socialdemocracia tradicional.

La tarea histórica de restablecer el programa del marxismo revolucionario como una guía para la acción de los oprimidos se enfrenta a obstáculos muy importantes. No verlo sería una estupidez. Pero sería una estupidez aún mayor no ver la dinámica general de la lucha de clases y la orientación que están tomando los acontecimientos mundiales.

Si observamos lo sucedido en estos dos últimos años y medio, la cantidad de movimientos insurreccionales, huelgas generales, movilizaciones masivas y crisis revolucionarias es apabullante. En América Latina no ha existido ninguna tregua. Colombia, Chile, Ecuador, Bolivia, Guatemala, Haití, Puerto Rico, Uruguay, Argentina, Honduras… En Asia hemos visto una situación completamente inédita. El estallido de la lucha de clases ha golpeado a países que antes eran una balsa de estabilidad, con registros de crecimiento económico envidiables: Tailandia, Myanmar, Indonesia, India… El crecimiento de un nuevo proletariado industrial, surgido de las entrañas del campesinado, se ha hecho presente de una manera clara, igual que el avance de su conciencia de clase.

Lo mismo podemos decir respecto a Oriente Medio o el continente africano. En Túnez, Argelia, Líbano, las masas han vuelto una y otra vez a la escena, reviviendo las memorables jornadas de la Primavera Árabe, y dejando claro que no hay salida bajo el capitalismo.

La revolución en Sudán, abortada por la capitulación de la dirección reformista del movimiento de masas ante la junta militar (apoyada por Arabia Saudí, Rusia y China),[27] o la lucha revolucionaria de la juventud nigeriana contra la represión y los recortes sociales del Gobierno de Muhammadu Buhari,[28] muestran el barril de pólvora en que se asienta un continente arrasado por la codicia imperialista, y que ahora sufre los efectos brutales de la pandemia.[29]

Lo ocurrido a finales de julio en Sudáfrica, el país clave del continente, es muy relevante. Las principales ciudades del país se sumieron en una semana de caos tras el encarcelamiento del expresidente Jacob Zuma. Según datos oficiales, en los disturbios murieron 324 personas y miles de negocios fueron saqueados e incendiados. Pero toda esta furia destructiva tiene causas sociales concretas: una desigualdad que no ha dejado de crecer bajo las políticas capitalistas de los gobiernos del ANC, sostenidos por el Partido Comunista y el COSATU, y que han llevado a una tasa de paro juvenil del 75%.

Las fuerzas de la contrarrevolución han actuado con enorme energía ante todos estos desafíos… pero no han logrado un triunfo decisivo. La profundización de esta dinámica política es lo que podemos esperar en el corto y el medio plazo. Más polarización y más lucha de clases explosiva. No hay la menor duda de que si existiera una internacional revolucionaria con influencia de masas en alguno de estos países, la situación podría haber experimentado un vuelco. Por eso el factor subjetivo se transforma en el más decisivo de todos. La construcción de la dirección revolucionaria, de los cuadros que nos permitan tener esa influencia, es la tarea crucial.

Los informes más serios del capital advierten de la misma perspectiva para la que nos preparamos los marxistas, y alientan a los Gobiernos a actuar. En un artículo del diario El País, titulado “La ira amenaza la recuperación económica”,[30] se hacía un análisis detallado de las convulsiones que sacuden el mundo y de lo que está por llegar. Citan un informe del Institute for Economics & Peace, un think tank con sede en Sídney (Australia), en el que se señala que las manifestaciones de masas, motines y levantamientos aumentaron el 251% en la última década. Solo en este año y medio de pandemia se produjeron, según sus propias cifras, 5.000 enfrentamientos en 158 países.

“Esta situación no puede continuar durante mucho tiempo sin que se produzcan enormes tensiones sociales y disturbios civiles. De hecho, la tormenta perfecta que estamos empezando a sentir pronto incluirá bastante más inestabilidad social y política. En lugar de impulsar una agenda progresista y transformadora, esto podría derivar en conflictos étnicos, raciales y otras formas de violencia y caos”. Estas son las palabras de Jayati Ghosh, economista y catedrática de Universidad de Amherst en Massachusetts (Estados Unidos), citadas en el mencionado artículo.

La cuestión, sin embargo, es quién va a impulsar la agenda progresista y transformadora. ¿La misma socialdemocracia y los sindicatos que son baluartes de la unidad nacional? ¿La nueva izquierda reformista que ha capitulado?

La construcción de las fuerzas del marxismo está sometida a presiones de todo tipo. Pero en este año y medio hemos dejado claro que estamos dispuestos a resistirlas con perseverancia. En primer lugar entendiendo el proceso objetivo del capitalismo en descomposición y aportando claridad teórica a los fenómenos complejos que se están desarrollando. En segundo lugar, orientándonos con energía hacia el movimiento de masas, teniendo siempre un sentido de la proporción, defendiendo en él un programa de clase, internacionalista y revolucionario, sin sectarismos y basado en la política de frente único.

El arte de la construcción del partido consiste en aproximarnos a un movimiento vivo, imperfecto y lleno de contradicciones, a través de un programa, de consignas y tácticas correctas. Y esto último es imposible de obtener con una posición meramente propagandística. La teoría debe ser acompañada de la práctica concreta, que suministra los elementos necesarios para modificarla, corregirla y adecuarla al ritmo de la lucha de clases. Ya sea en el movimiento obrero, entre la juventud, en la lucha feminista o en la cuestión nacional hemos podido observar que este método funciona y es el que necesitamos para avanzar.

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El arte de la construcción del partido consiste en aproximarnos a un movimiento vivo, imperfecto y lleno de contradicciones, a través de un programa, de consignas y tácticas correctas.

Construimos un partido revolucionario justo en el momento en que se desploman las experiencias del nuevo reformismo de izquierdas. Es inevitable que recibamos presiones contradictorias. El ambiente para explicar las ideas del marxismo está mucho más despejado, la crisis del capitalismo es tan salvaje que ideas como la nacionalización de los sectores estratégicos de la economía son mucho más aceptadas y asumibles. Igual que nuestra posición sobre la naturaleza de clase del Estado es mucho más entendible.

Pero las ilusiones frustradas también hacen que entre miles de activistas se mantenga la confusión sobre lo que es realmente el marxismo, y que el sentimiento de rechazo hacia los “partidos y sindicatos”, consecuencia de sus constantes traiciones, amplifiquen los prejuicios de la pequeña burguesía.

La importancia de la educación política de los militantes, de la formación de los cuadros y de la dirección, es determinante en esta fase. Si seguimos consolidando una base sólida de cuadros obreros y juveniles, y mantenemos nuestras posiciones en el movimiento de masas, en los próximos años podemos tener un crecimiento explosivo. La intervención enérgica en el movimiento de la mujer trabajadora y entre la juventud es una de las claves fundamentales en este periodo. Trotsky lo señaló en una coyuntura histórica igual de trascendental en El programa de transición:

“La Cuarta Internacional dedica especial atención a la joven generación proletaria. Toda su política se dirige a hacer que los jóvenes confíen en sus propias fuerzas y en el futuro. Tan solo el fresco entusiasmo y el espíritu de ofensiva de la juventud pueden garantizar los primeros éxitos en el combate; y solo estos éxitos pueden volver a atraer a los mejores elementos de la generación madura al camino de la revolución. Así ha sido siempre y así será.

Por su propia naturaleza, las organizaciones oportunistas concentran su atención en las capas superiores de la clase obrera, ignorando a la juventud y a la mujer obrera, cuando precisamente la degeneración del capitalismo descarga sus más pesados golpes sobre la mujer (…). Las secciones de la Cuarta Internacional han de buscar apoyo entre los sectores más explotados de la clase obrera y, por tanto, entre las mujeres trabajadoras. En ellas encontrarán inagotables reservas de entrega, entusiasmo y capacidad de sacrificio.

¡Abajo la burocracia y el arribismo! ¡Abrid paso a los jóvenes! ¡Abrid paso a la mujer trabajadora! Estas consignas están grabadas a fuego en la bandera de la Cuarta Internacional”.[31]

El partido es la memoria de la clase obrera. Asimilando las ideas, los métodos y tradiciones de las generaciones revolucionarias anteriores, rechazando el sectarismo, el ultraizquierdismo y los peligros de la adaptación oportunista, y redoblando nuestra determinación para superar las dificultades, avanzaremos. “Una dirección no puede educarse con un sentido plenamente revolucionario más que si comprende el carácter de nuestra época, su movilidad repentina y sus bruscas alteraciones. ¡Dirigir es prever!”.[32]

[1] Para profundizar en este apartado se pueden consultar las declaraciones y artículos publicados por la Internacional:

Debacle imperialista en Afganistán: un país arrasado por las potencias “democráticas” 

La hipocresía imperialista y la opresión de la mujer afgana 

Pedro Sánchez al servicio de Joe Biden en el desastre afgano 

El imperialismo estadounidense derrotado de forma humillante en Afganistán. Los talibanes vuelven al poder 

[2] Para profundizar en este apartado se pueden consultar:

Claves para entender el gran juego de Oriente Medio 

Una oleada de huelgas recorre Irán 

Oriente Medio. Pugna interimperialista y lucha de clases 

[3] Pakistán, la joya de la corona de la Nueva Ruta de la Seda china 

[4] · Levantamiento social en Myanmar contra el golpe militar 

La junta militar en Myanmar recurre a la represión salvaje, pero la resistencia popular continúa 

[5] · Crisis revolucionaria en Argelia. Las masas boicotean las elecciones presidenciales con manifestaciones masivas 

Argelia. El boicot electoral y el resurgimiento de la movilización popular derrotan los planes del régimen 

[6] · Levantamiento de masas en Iraq 

Líbano en llamas. El pueblo toma las calles 

Revolución en Líbano. Por la Federación Socialista de Oriente Medio 

[7] · Israel bombardea Gaza y las masas se levantan contra la ocupación. ¡Abajo el Estado capitalista sionista! 

Millones en todo el mundo en apoyo al pueblo Palestino. ¡Hay que parar la masacre! 

Israel lanza una ofensiva militar salvaje contra el pueblo palestino 

[8] · Chile: vuelco a la izquierda en las elecciones a la Constituyente

La revolución chilena, la asamblea constituyente y la lucha por el socialismo 

Colombia: ¡Abajo el Gobierno asesino de Duque! El paro nacional se transforma en una crisis revolucionaria

Colombia: la represión salvaje no frena el levantamiento de masas. ¡Continuar hasta echar al gobierno asesino de Duque!

[9] · Pedro Castillo investido presidente de Perú 

Perú. Las masas dan la victoria a Castillo 

Primera vuelta electoral en Perú. La inesperada victoria de Castillo, un golpe a la oligarquía 

[10] La última crisis del Gobierno de Castillo la hemos analizado aquí

[11] Brasil. Crisis del bolsonarismo, el regreso de Lula y movilizaciones de masas 

[12] · Elecciones 2021 en México. El giro a la izquierda de las masas continúa, pero las concesiones a la derecha se cobran en la capital 

Victoria aplastante del MAS en Bolivia

[13] · Venezuela: Las nuevas medidas del gobierno significan más beneficios para los capitalistas y más sufrimiento para los trabajadores y el pueblo

[14] · Cuba en el ojo del huracán. ¡Defender las conquistas revolucionarias frente al bloqueo imperialista y la agenda procapitalista! 

Perspectivas para Cuba. El debate sobre el socialismo y la desigualdad 

[15] Para un análisis más extenso de las elecciones presidenciales de EEUU se puede consultar la declaración de la Internacional: ¡Trump derrotado en unas elecciones históricas! La lucha de masas lo ha conseguido, a pesar de Biden y el establishment demócrata

[16] Para un análisis más detallado del trumpismo, sus puntos en común con el fascismo y la naturaleza del golpe del 6 de enero, ver las declaraciones de la Internacional:

EEUU en el ojo del huracán. Trumpismo, lucha de clases y decadencia imperialista 

Intento de golpe de Estado en los EEUU. ¡La clase obrera tiene la fuerza para barrer a Trump y su escoria fascista!

[17] Ofensiva conservadora en los feudos republicanos de EEUU

[18] El ‘cisne negro’ que se alió con el Brexit: los precios del gas agravan el desabastecimiento en el Reino Unido 

[19] Jeff Bezos, Elon Musk, Bill Gates y otros multimillonarios han incrementado su riqueza durante la pandemia, según un informe sobre desigualdad 

[20] Últimas estimaciones del impacto de la COVID-19 en la pobreza mundial 

[21] Biden y el G7 venden la ‘refundación’ del capitalismo, y la izquierda reformista compra sus mentiras 

[22] Países Bajos es el destino número uno para trasladar beneficios empresariales, por un importe de 134.000 millones de euros (140.896 millones de dólares), lo que representa más del 10% del PIB del país.

[23] La Comisión Europea prepara un tribunal para blindar los privilegios de los inversores 

[24] La tasa media del impuesto de sociedades en la OCDE no ha dejado de caer durante décadas, pasando del 45% en 1980 al 23,3% en la actualidad. Por tanto, resulta una completa burla que el gran logro de este acuerdo por la justicia fiscal sea imponer un impuesto mundial de sociedades… ¡del 15%! De los 36 países que conforman la OCDE, solo 3 tienen tipos inferiores al 15% (Irlanda, 12,5%; Hungría, 9% y Suiza, 8,5%).

Los milmillonarios y las multinacionales se apoyan en un amplio entramado financiero y legal que les permite en algunos casos evadir hasta el 100% de sus impuestos. La reciente filtración de los datos fiscales de numerosos magnates norteamericanos ha puesto en evidencia lo lejos que se ha llegado. Los 25 norteamericanos más ricos del mundo, según Forbes, incrementaron su riqueza entre 2014 y 2018 en 401.000 millones de dólares, pero pagaron tan solo 13.600 millones de dólares, un 3,4%. Warren Buffet pagó un 0,10% en impuestos; Jeff Bezos un 0,98%; y Michael Bloomberg un 1,10%.

[25] El informe de la OIT concluye que si en 2020 se destruyeron 255 millones de empleo a tiempo completo, en 2021 la sangría será de otros 100 millones y en 2022 de otros 26 millones.

[26] Hace falta un nuevo comienzo

[27] Revolución y contrarrevolución en Sudán 

[28] El pueblo nigeriano se levanta contra el Gobierno de Buhari 

[29] África: La pandemia amenaza millones de vidas y abre un periodo de enormes batallas en la lucha de clases

[30] La ira amenaza la recuperación económica 

[31] León Trotsky, El programa de transición, edición FFE, página 72.

[32] León Trotsky, La internacional Comunista después de Lenin.


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