Si la crisis económica de 2008 supuso un punto de inflexión en la historia de la Unión Europea llevándola a una situación límite, la debacle de 2020 podría suponer su ruptura casi definitiva. Después del Brexit y ante una profunda y larga depresión, las fuerzas centrífugas que pudieron ser contenidas a duras penas en la crisis del euro en 2014, a costa de aplastar al pueblo griego y sembrar la austeridad, se harán cada día más incontrolables.

Aquella crisis tuvo un grandísimo impacto político. La idea de que el capitalismo europeo era “más humano” y “más social” saltó por los aires a golpe de recortes salvajes, y el llamado estado del bienestar –raquítico en muchos de los países– se demolió sin contemplaciones para salvar a la banca y los grandes capitales. Las consecuencias de todo aquello las seguimos sufriendo hoy.

Otro mito que se derrumbó por completo fue el de la unidad política europea y la “solidaridad” entre los distintos estados miembros. La implantación del euro y su posterior crisis abrió un periodo de enfrentamientos nacionales cada vez más agudos, poniéndose en evidencia cumbre europea tras cumbre europea. La del pasado 23 de abril es una muestra evidente de ello.

¿Esta vez va a ser diferente?

Muchos medios de comunicación y muy especialmente los dirigentes socialdemócratas –tanto los clásicos, como los de las nuevas formaciones que surgieron a su izquierda, y que han asumido su argumentario– insisten en que en esta crisis es “una oportunidad para construir una Unión Europea de verdad” y que “todo puede ser diferente” a partir de ahora. Tratan de engatusarnos con argumentos del tipo: “no se trata de una crisis financiera porque la causa es una pandemia y no los bancos”, o “se han aprendido las lecciones del pasado”, “los recortes no sirven” y “se necesita gastar todo el dinero necesario para que nadie se quede atrás”...

Pero la realidad es la contraria. Esta crisis va a ser –está siendo ya– para la mayoría de la población una pesadilla aún mayor que la vivida en la crisis de 2008. Y los planes y la actitud de la burguesía europea, con Alemania a la cabeza, en nada han cambiado: su prioridad es preservar los intereses del gran capital y a partir de ahí sálvese quien pueda, pero que la factura la pague la clase obrera y las futuras generaciones.

Los datos sobre la profundidad de la crisis no dejan lugar a dudas. La presidenta del Banco Central Europeo (BCE), Christine Lagarde, afirmaba que la economía de la zona euro en 2020 caerá –en el mejor de los casos– un 9%, aunque el desplome podría ser de hasta el 15% del PIB. Según un informe de Deutsche Bank (DB), esa contracción será más del doble que la sufrida en 2008 (entonces la peor cifra en la eurozona fue del -4,5% PIB). El primer trimestre ya ha dejado una bajada del 3,4% y se prevé un descenso del 11,4% hasta junio.

Además, el desplome afectará de lleno a las locomotoras europeas con lo que eso conlleva. El FMI prevé una contracción del 7% del PIB en Alemania y del 7,2% en Francia (con un hundimiento del 10% en el segundo trimestre), mientras que las perspectivas para las economías del sur de Europa son aún menos halagüeñas: Grecia -10%, Portugal -8%, o Italia y España que podrían contraerse hasta un 12% respectivamente este año.
En cuanto a la salida de la crisis, el citado informe del DB estima que el PIB de la eurozona no recuperará su volumen de 2019 hasta finales de 2021. Sin embargo, otras estimaciones, como las de Unicredit, son mucho más pesimistas: el nivel de producción seguirá siendo casi un 4% inferior.

Un destrozo social sobre un terreno muy castigado

Los efectos sociales de la crisis están siendo brutales. El Deutsche Bank señala que “el paro en la zona euro aumentará del 7% a una horquilla del 15-20%”. En menos de dos meses, más de 30 millones de trabajadores de las cinco mayores economías de Europa se han visto afectados por suspensiones temporales o parciales de sus empleos. Según Financial Times, el total de inmersos en procesos similares a los ERTE suponen ya la quinta parte de la población activa de Alemania, Francia, Reino Unido, España e Italia. Francia encabeza la lista con casi 10 millones de trabajadores en esta situación, le sigue Italia con alrededor de 7 y Alemania con unos 5 millones.

En el Estado español con más de 4,1 millones de trabajadores en ERTE, según señalan diferentes informes –como el realizado por Adecco Group Institute o Funcas– la tasa de paro real podría oscilar este año entre el 35 y el 40%, frente al 14,4% oficial. El nivel más alto jamás registrado: el récord en la anterior recesión fue del 27%.

La deuda suma y sigue, preparando el siguiente estallido

Lejos de “corregirse” los desequilibrios de la crisis anterior, estos no han parado de aumentar. Como la factura del rescate bancario se ha cargado sobre los presupuestos públicos, estos afrontan la nueva tempestad en peores condiciones que hace una década. Los requisitos para una nueva crisis de la deuda en la zona euro están más que a flor de piel. La deuda conjunta de la UE, que en 2008 se encontraba en el 60,7% en relación al PIB, es hoy alrededor del 80% del PIB, y es probable que alcance el 120% en 2021.

En el punto de mira se encuentran la tercera y cuarta economías de la eurozona. Una quiebra o suspensión de pagos de Italia o el Estado español, tendría consecuencias aún más grandes que la provocada por Grecia a finales de 2009. La deuda pública de Italia alcanza el 134,8% y la previsión es que llegue al 150% este año y al 160% en 2021. En el caso español superará el 100% en 2020 y llegará al 117,8% en 2021.

Como en 2008, parte de la deuda pública y privada se vuelve “basura” ante la imposibilidad de devolución. Nuevamente las primas de riesgo de los países más débiles, como Italia y el Estado español, ya están experimentando las subidas más altas desde junio de 2016. Goldman Sachs calcula que la deuda de “las empresas que han perdido el aprobado” de las agencias de calificación en Europa es de aproximadamente ¡150.000 millones de euros! Endeudamiento masivo y parálisis de la producción: una receta acabada para una nueva crisis financiera.

La farsa de las cumbres europeas

La crisis económica y social ha agudizado las tensiones entre las burguesías europeas, poniéndose de manifiesto en las cumbres para tratar la respuesta económica a la crisis o en la política sanitaria frente a la pandemia.

En vez de una “respuesta común” y una utilización racional de todo el potencial tecnológico e industrial europeo para combatir el coronavirus, asistimos a una guerra a muerte entre diferentes estados miembros de la UE por la compra de material sanitario y a un verdadero sabotaje comercial entre unos y otros. Mientras el Gobierno alemán prohibió exportar productos médicos vitales a Italia, el francés hizo lo propio respecto al envío de mascarillas a España e Italia. Un espectáculo bochornoso –cuando hay más de 100.000 muertos reconocidos oficialmente en el continente– que refleja la decadencia del capitalismo europeo.

El asunto ha sido tan escandaloso a ojos de cualquiera –por ejemplo, el 72% de los italianos cree que la UE no ha hecho nada– que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, tuvo que señalar que “es justo que Europa ofrezca una sincera disculpa a Italia”. Ante la catástrofe sanitaria, Italia ha tenido que recurrir a China, que se abre paso ante el vacío dejado por otras potencias. Según datos de la prensa, hasta el 15 de abril China habría proporcionado a los Gobiernos europeos casi 4.000 millones de mascarillas, 38 millones de trajes de protección, 2,4 millones de termómetros infrarrojos y 16.000 respiradores.

En el plano económico, mucho se está hablando de que la UE debe adoptar medidas “audaces y ambiciosas”, “excepcionales para hacer frente a situaciones excepcionales”, pero una vez más no es más que propaganda.

El BCE dio luz verde en marzo a una partida de 750.000 millones de euros para comprar deuda pública soberana. Tratan de evitar una dinámica ascendente y descontrolada del coste de la deuda, pero no está teniendo mucho éxito. El BCE ahora da otro paso, aceptar “bonos basura” hasta septiembre de 2021 en su programa de compra de deuda. Pero estas medidas no resuelven el problema de fondo, simplemente lo encubre, agravando aún más sus consecuencias futuras. Por supuesto, ninguna medida contra los especuladores y la gran banca, que son los verdaderos responsables de una burbuja financiera que no para de crecer gracias al dinero público. Para facilitarles la tarea, el BCE ha reducido las exigencias del capital que tienen que poseer los bancos (el colchón para evitar la quiebra) y así “liberar” dinero para hacer “negocio”.

En la reunión del Eurogrupo del 9 de abril se acordó un “plan de choque anticrisis” de 540.000 millones de euros. Pese a las pompas y alharacas con que se ha presentado y lo mucho que se ha resaltado el esfuerzo comunitario en pro del proyecto europeo, la realidad es muy distinta. Todas las exigencias de Pedro Sánchez, Costa, Conte o Macron a favor de un “Plan Marshall”, “coronabonos” y “solidaridad” fueron rechazadas con contundencia por Alemania y los Países Bajos, que se niegan a cargar con la crisis de los demás y pretenden salir lo mejor parados defendiendo sus empresas e intereses nacionales. Por supuesto, se aplazó tomar cualquier decisión sobre otro fondo para la reconstrucción económica post pandemia.

Además, hay que señalar que estos 540.000 millones de euros serán movilizados en forma de préstamos, es decir, se tienen que devolver, y tienen un destino prioritario: salvar a las grandes empresas y su cuenta de resultados, no rescatar a la gente, los empleos y los servicios sociales.

El desglose de este programa es el siguiente. El Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) pondrá a disposición de los Estados 240.000 millones, con un tope del 2% del PIB del país que lo reciba, y lo condicionará a programas de ajuste y disciplina fiscal (es decir, más recortes y austeridad). En el caso de España, el crédito para los gastos sanitarios “sin condicionarlo a programas de ajuste” podría llegar a 25.000 millones.

Otros 200.000 serán préstamos del Banco Europeo de Inversiones para las empresas, que tendrán un aval de 25.000 millones de los estados (es decir, que si el préstamo no se devuelve, lo pagamos todos). Y otros 100.000 se destinarán a financiar suspensiones temporales de empleo y reducciones de jornada, es decir, más medidas para favorecer a las empresas y que los estados respaldarán con otros 25.000 millones en avales.

Finalmente, la Cumbre Europea de Jefes de Estado del 23 de abril dio el visto bueno a este paquete, que no se ejecutará hasta primeros de junio. Se trata de un rotundo éxito de la burguesía alemana que sigue marcando la política de la UE: se profundizará en la línea posterior a 2008, ajustes, austeridad y recortes pero a una escala mayor, mientras rechaza enérgicamente los “coronabonos” y cualquier Fondo de Reconstrucción que suponga mutualizar la deuda o transferencias presupuestarias a fondo perdido a los países del sur.

Por una Europa socialista

La base del enfrentamiento en las cumbres europeas es el creciente choque de intereses de las diferentes burguesías nacionales, en un contexto de grave crisis económica y financiera. Cuando la clase dominante de los países periféricos, y en parte Francia, exigen una “mutualización de la deuda” (coronabonos o como se quiera llamar), pretenden exportar sus problemas al capitalismo alemán. Lo pueden envolver con la terminología más amable: “solidaridad”, “europeísmo”, “civilización”, pero cuando se trata de bandidos no hay gratitud alguna.

Una cosa es que la burguesía alemana esté dispuesta a contribuir puntualmente, conceder créditos si se devuelven con garantías, pero nunca aceptará cargar con las deudas de los países más débiles de la eurozona, precisamente cuando Alemania cerrará este año con un déficit del 4,7% de su PIB, frente al superávit del 1,4% de 2019. Cualquier mínima concesión será siempre a cambio de reforzar su papel hegemónico en la UE, pero no va a dejar de proteger a sus empresas en la lucha encarnizada que se avecina por cada palmo del mercado mundial.

Desde la crisis de 2008 las tendencias centrífugas en la UE no han hecho más que aumentar —el caso del Brexit es su mejor exponente— azuzadas no solo por las tendencias proteccionistas y el nacionalismo económico sino también por factores políticos. La confianza de la población en que en el seno de la UE sus vidas y su futuro serán mejor se ha desplomado. Por otro lado, las burguesías de todos los países europeos han optado de forma casi unánime por centrar su discurso hacia el nacionalismo patriotero como antídoto contra la protesta social y la lucha de clases.

Es la clase dominante quien alimenta y legitima a la reacción. Lo único que hace la ultraderecha es defender sin tapujos todo lo que la “burguesía democrática”, y los dirigentes socialdemócratas de todo pelaje, dicen con la boca pequeña. El argumento de que la amenaza de extensión del “populismo” ultra en Europa va a obligar a Alemania a aflojar en la cuestión de los eurobonos o del fondo de reconstrucción no tiene ninguna base.

En la última década Europa ha vivido enormes movimientos huelguísticos y de protesta, crisis revolucionarias —como en Grecia, saldadas con una dura derrota política a manos de Syriza—, luchas obreras como en Francia que han paralizado el país durante meses, manifestaciones masivas de la juventud contra el cambio climático y movilizaciones históricas de la mujer trabajadora. Hemos visto el surgimiento de nuevos partidos de la izquierda reformista que han fracasado en su intento de reformar el capitalismo, mientras crecen las tendencias autoritarias y bonapartistas en numerosos Estados, y la extrema derecha avanza en un panorama de creciente polarización social y política.

El cuadro cada día se parece más al de los años treinta del siglo pasado: la lucha de clases no dará ninguna tregua y se recrudecerá. Hoy más que nunca la única manera para acabar con la explotación y la barbarie de este sistema es la lucha obrera y levantar una alternativa revolucionaria. Más tarde o más temprano, una vez se acabe el confinamiento y la cuarentena social, la clase obrera europea se colocará en primera línea de batalla y abrirá una etapa explosiva. La tarea de construir una izquierda revolucionaria será la clave para lograr el triunfo abriendo paso a la Federación Socialista de Europa y mundial.


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