El pasado dieciocho de diciembre la Ciudad de México, debido al incremento de contagios por coronavirus y la situación al borde del colapso de los hospitales públicos, regresó al semáforo rojo. Esto implicó, entre otras medidas, el cierre de los restaurantes al público y la consecuente atención exclusiva a domicilio.

Sin embargo, y pese al reiterado llamado por parte de las autoridades sanitarias del “quédate en casa”, el pasado once de enero un grupo de restauranteros exigieron la reapertura de sus negocios. Finalmente, desde el pasado lunes dieciocho, la Jefa de Gobierno Claudia Sheinbaum permitió abrir a estas empresas en servicio de terrazas.

¿Quién está detrás de la petición de reapertura?

La petición de reapertura es liderada por un grupo restaurantero encabezado por Guilliano Lopresti ―un empresario bien posicionado económicamente, que estudió en universidades inaccesibles para todos nosotros, como la Anáhuac y la americana Harvard, y que se dice así mismo “activista”. Detrás del “activismo” de este personaje se encuentran los entramados empresariales asociados en la Canirac (Cámara Nacional de la Industria de Restaurantes y Alimentos Condimentados), la Dicares (Directores de Cadenas Restauranteras) y la AMR (Asociación Mexicana de Restaurantes). Es evidente que ninguno de los que están detrás de este impulso por la reapertura es alguien con verdaderas dificultades económicas. Son los empresarios de estos establecimientos, los que tienen un interés en reanudar la actividad de sus negocios, pero no ha de extrañarnos. ¿Acaso son ellos los que van a ir día tras día a trabajar en plena ola de contagios por Covid-19? ¡Claro que no!

Su campaña #abrimosomorimos está llena de hipocresía, clasismo y mentiras. Argumentan que no pueden sostener la situación económica a la que la pandemia los ha llevado, pero no tienen ningún problema en mandar a otros a trabajar para no perder sus privilegios. No es el empresariado el que engrosa las filas de muertos en la pandemia, es la clase trabajadora que día a día se enfrenta a un transporte público abarrotado, condiciones laborales cada vez más precarias, salarios de miseria y una salud pública deficitaria. Y todavía tienen el descaro de estimular el clasismo para que se gobierne a su favor. Han llegado a compararse con el comercio informal, proclamado una supuesta injusticia que existe entre que los tianguis y mercados sigan operando mientras ellos tienen que cerrar. ¿Cómo es posible que el dueño de varios restaurantes de Polanco compare su situación económica con la señora de los elotes que vende en el mercado de la Guerrero? Además de que hacer esta comparación es una burda mentira, no hace más que alimentar el espíritu clasista por el que ellos son los “civilizados y limpios” lugares para comer y los demás los “irresponsables” que nos malportamos y propagamos el virus.

¿Es reabrir la solución?

Es evidente que abrir en terrazas no les va a ser suficiente y que la codicia de estos empresarios no se va a dar por satisfecha con esta medida. Van a seguir exigiendo que se les garantice lo que ellos consideran su derecho, a saber, que se mantengan sus ganancias sin importar a qué precio. Pero reabrir el sector restaurantero no es una solución si quienes trabajan en él siguen en la precariedad laboral y con condiciones de miseria. Los trabajadores del sector llevan denunciando años una realidad que todos conocemos: una precariedad estructural, bajos salarios, jornadas laborales largas y extenuantes, abusos de poder, acoso laboral e incluso sexual… Una situación insostenible que además se pretende solucionar por medio de las propinas.

Claudia Sheinbaum aseguró que “hay publicaciones científicas de que el mayor número de contagios por Covid-19 se da en lugares cerrados como restaurantes ya que no se utiliza cubrebocas y se pierde la sana distancia”. Entonces, ¿por qué ha decidido ceder frente a las presiones de este sector empresarial antes que a las demandas de las luchas de las y los trabajadores de la industria restaurantera? ¿Acaso no llevan los trabajadores del delivery denunciado las condiciones criminales que llevan soportando toda la pandemia?

¿Cuál es la alternativa?

Los empresarios llevan desde que empezó la pandemia llevándonos a una retórica de falsa dicotomía. Ellos plantean que, si no se les deja abrir sus empresas, no hay prosperidad económica y los trabajadores no tienen trabajo. Pero esto no es así, no son los empresarios quienes hacen funcionar la economía y no son ellos los que “amablemente” nos dan trabajo. Al contrario, ellos son los parásitos que nos quitan la riqueza y nos impiden una planificación social de la economía acorde a las necesidades del momento.

¿Por qué tenemos que fabricar sus coches en lugar de poner la producción a generar respiradores? Lo mismo pasa en el sector restaurantero, ¿por qué tienen que abrir los restaurantes si no es esa la prioridad? Si hablamos de este sector, las necesidades ahora mismo son otras. Para empezar, necesitamos un plan por el que nadie se quede sin ingresos, donde se descanse a la mayoría de trabajadores posibles para detener los contagios, pero sin que nadie pase dificultades económicas. El empresariado debe mandar a todos a casa y pagar el salario completo ¡No pagaremos con nuestra salud sus beneficios! Y si tanto es verdad que les interesan los trabajadores y si también es verdad que están en quiebra deben de acordar con el Estado un subsidio de desempleo a cada empleo acorde al monto de la canasta básica, ese es el camino y no la apertura poniendo en riesgo a las y los trabajadores.

Otro paso fundamental sería la creación de comedores públicos, donde se contrate a todo el personal con salario digno sin depender de las propinas y con prestaciones médicas. Que estos pudiesen ser una alternativa de alimentación asequible y de calidad, no solo para las y los trabajadores que son esenciales y tienen que continuar trabajando, sino que también supusiesen la liberación para todas esas mujeres que sostienen el trabajo del hogar y a las que esta pandemia ha castigado especialmente redoblando las labores. Por supuesto que hay alternativa, pero para ello hay que pensar en un plan, no al servicio de las ganancias de unos pocos, sino al servicio del conjunto de la sociedad y, en especial, de las y los trabajadores que somos quienes cada día engrosamos los números de fallecidos por esta pandemia.


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