En estos últimos días se ha traído y llevado un nuevo referéndum orientado a la construcción del Tren Maya en la península yucateca.

Ahora que ya se tiene financiamiento seguro, proveniente de la inversión estadounidense para iniciar la obra, por fin, algunos líderes indígenas de los pueblos en esa región también lograron ser escuchados en las mesas instaladas por la Secretaría de Turismo y la de Medio Ambiente. Sin embargo, los intereses de los empresarios y el Estado se están consolidando más o menos en este proyecto. La encrucijada está en que la mayoría de las comunidades pretende incorporarse en una suerte de cooperativa para conducir la tala de árboles y la devastación regulada de las zonas agrícolas, no precisamente la venta de terrenos, por ahora. 

Después de que varias secretarías han pasado y repasado el asunto tanto ambiental como financiero, a pesar de las críticas producidas desde algunos sectores empresariales y exfuncionarios de sexenios anteriores, últimamente parecen haber quedado en ciertos acuerdos de cara a las comunidades indígenas locales. 

Esto se ha producido junto a la noticia de que el magnate mexicano Carlos Slim se suma al proyecto con los inversionistas norteamericanos y a los acuerdos con el gobierno de Andrés Manuel López Obrador (AMLO). También parece que invertirán pobladores y campesinos tanto directa como indirectamente; todo esto se generó porque surgieron interesados en un nuevo presupuesto destinado a una ruta tranviaria nueva. Últimamente se confirmó también que pasará por 130 comunidades mayas; el problema es que el tren no parará en ninguna de ellas.

Falta ver si los supuestos líderes de sus comunidades realmente representan de forma legítima a los pueblos locales. Estos mismos lideres sin el control democratico de las comunidades locales son susceptibles de ceder a los sobornos de ganancias ofrecidas por los consorcios interesados en el proyecto.

Los poblados aledaños no se oponen al avance de las carreteras y vías férreas, pero, sabemos que la inversión capitalista no conoce límites de respeto a casi nada. Sin embargo, las ventajas o desventajas no se desarrollan por decreto. La oposición derechista difunde que afecta ecológicamente a las generaciones posteriores, y a la flora y la fauna de la región peninsular ¡Que hipocrecia, cuando sus regimenes han generados miles de proyectos destructores de la naturaleza y las comunidades! Algunos sectores de la misma burguesía denuncia estos proyectos, porque ellos no serán participes de las ganancias que se avizoran.

Los marxistas de Militante pensamos que se debe respetar a las comunidades aledañas y el medioambiente de la flora y la fauna; no tememos al avance y los aspectos tecnológicos, pero si nos opondremos mientras se produzcan en detrimento de los jornaleros del campo, la cultura y a base del despojo de las comunidades. Cualquier decisión sobre alguna obra en beneficio de la mayoría debe quedar a disposición de la clase obrera.

“El emplazamiento actual de las montañas, ríos, campos, prados y estepas, bosques y orillas no pueden ser considerados definitivos. El hombre ha realizado ya ciertos cambios no carentes de importancia sobre el mapa de la naturaleza; simples ejercicios de estudiante en comparación con lo que ocurrirá. La fe sólo podía prometer desplazar montañas; la técnica, que no admite nada “por fe”, las abatirá y las desplazará en la realidad. Hasta ahora no lo ha hecho más que por objetivos comerciales o industriales (minas y túneles); en el futuro, lo hará en una escala incomparablemente mayor, conforme a planes productivos amplios. El hombre hará un nuevo inventario de montañas y ríos. Enmendará rigurosamente y en más de una ocasión a la naturaleza. Remodelará en ocasiones la tierra a su gusto.” León Trotsky “Arte revolucionario y arte socialista”.

Los marxistas reivindicamos las propuestas de la clase trabajadora que conlleven a una sociedad más igualitaria, que nos conduzcan hacia el socialismo. Nos oponemos a este proyecto porque la urbanización del campo alrededor del Tren Maya no está proyectada con beneficio social, sino sólo para incrementar las ganancias de los inversionistas; no obstante, la tecnificación del campo no necesariamente es negativa si el fin es sacar del ailamiento y brindar servicios a las comunidades hasta hoy aisladas.

Las comunidades indígenas de la región deben participar junto a los trabajadores ferroviarios, pero esta consigna no está en manos de los academicistas o expertos, y menos de las derechas enfurecidas contra el gobierno actual. El destino tanto del proyecto como de los beneficios en sus alrededores ahora mismo está en función de la capacidad de movilización y resistencia que los trabajdores del país, pero principalmente los jornaleros y campesinos de la península yucateca demuestren.

   

 

    


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