El pasado 10 de diciembre se firmó, después de una larga negociación, el nuevo tratado comercial entre Canadá, Estados Unidos (EU) y México, más conocido como T-MEC, acuerdo que sustituyo al TLCAN vigente desde enero de 1994.

La entrada en vigor del TLC permitió el desarrollo vertiginoso de la producción manufacturera, agropecuaria y agroindustrial de grandes trasnacionales a costa de la vida de millones de mujeres y hombres de la clase trabajadora. Anualmente el T-MEC hace circular más de un billón de dólares en comercio regional, significando por ejemplo en 2017 mil 486 millones de dólares al día, 61 millones de dólares cada hora. Por supuesto, los trabajadores, campesinos y jornaleros han visto una ínfima parte de esas grotescas ganancias que por más de un cuarto de siglo han generado con su trabajo semiesclavo en la maquila y los surcos.

Este “nuevo” convenio comercial se enmarca en el contexto de la crisis económica mundial y la pugna comercial imperialista entre China y EU por adueñarse de cada pequeña parte del mercado mundial. Para el imperialismo norteamericano era prescindible firmar un acuerdo que le permita seguir siendo competitivo y dar tranquilidad al empresariado que está ligado por millones de hilos con el mercado en la zona.  

Una de las industrias más beneficiadas a lo largo del tratado ha sido la automotriz. Todas las empresas norteamericanas se volvieron más competitivas trasladando gran parte de su producción a México bajando así los costos de producción, la más importante, la mano de obra, del lado sur del Río Bravo las y los obreros cobramos menos que la clase obrera estadounidense por el mismo trabajo.

La otra rama inmensamente beneficiada es la agroindustria, la importación de maíz y demás productos agrícolas llevó a la ruina a millones de campesinos mexicanos, entre 1991 y 2007 hubo 4.9 millones agricultores mexicanos desplazados; mientras que el trabajo estacional en las industrias de agroexportación se incrementó en cerca de 3 millones. Esto significó una pérdida neta de 1.9 millones de puestos de trabajo y con esto se esfumo otra de las promesas del tratado: frenar la migración hacia el norte. Entre 1994 y 2000, el número anual de mexicanos que emigraron a Estados Unidos se disparó en un 79%.

Y hay más pero no terminaríamos de enumerar las calamidades que ha significado para el campo y la clase obrera el T-MEC a lo largo de esto 26 años. En este sentido una de las preocupaciones más importantes en la negociación era mantener la competitividad y el mercado de la zona. Es por eso que las reglas de origen de las mercancías pasaron de 62.5% al 75%, esto significa que para que una mercancía esté libre de arancel tiene que estar hecha con tres cuartas partes de acero, aluminio o materia prima provenida de norteamericana, esto con la plena intención de cerrarle el camino a las mercancías y materias primas chinas, en concreto el acero.     

En otro punto, unas de las modificaciones más interesantes implican que entre el 40 y 45 por ciento de los autos provengan de zonas donde el salario sea más alto que 16 dólares la hora además de garantizar que se cumpla con el derecho laboral de libre asociación y negociación colectiva, con esto Trump cumple con una de sus promesas de campaña y por otro lado el gobierno mexicano presume beneficios para la clase obrera. Pero en términos de las importaciones de productos agrícolas las condiciones se quedan básicamente igual. 

Ante esto último todas las cámaras empresariales están muy temerosas de cómo estas modificaciones serán interpretadas por las y los obreros. La clase obrera sin duda está aprovechando cada hendidura para abrirse camino a sus derechos y mejorar sus condiciones de vida, el ejemplo de Matamoros aún sigue muy fresco y vivo en gran parte de los trabajadores y sin duda no titubearán en abrirse paso a través de esta brizna.

El actual T- MEC no sólo nos ata aún más al imperialismo, sino que encamina a hundir aún más el cuchillo sobre nosotros. Es por eso que seguimos reivindicando la ruptura de este acuerdo que imposibilita el desarrollo del campo y mata de hambre a las comunidades, las desplazadas o las arroja a las fauces del crimen organizando. Basta ya de ser mano de obra barata, exigimos salario justo de acuerdo a los costos de la vida y la canasta básica; basta de jornadas interminables en los centros de trabajo, exigimos la disminución de la jornada a seis horas sin disminución salarial, que el trabajo se reparta en todas las manos disponibles. Por una inversión urgente del rescate al campo y por el suministro de servicios en todas las comunidades, estos mecanismos son los que permitirán realmente una mejora real a nuestras condiciones.

  


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