Desde la invasión rusa a Ucrania a finales de febrero, se han disparado múltiples y complejos procesos internacionales, y se han expuesto los intereses de las potencias económicas en una etapa de crisis capitalista a costa de las y los trabajadores de ambas naciones, quienes sufren las consecuencias más despiadadas de un conflicto bélico.

A los bloqueos económicos impuestos sobre Rusia, se le suma el veto cultural que diversos países han ejecutado sobre distintas disciplinas: artes escénicas, música, literatura, deportes, entre otros; una medida reduccionista e inútil que delata una estrategia discursiva como una faceta más del enfrentamiento entre países.

Una guerra no se hace únicamente en el campo de batalla, las narrativas alrededor de ella y la mediatización juegan un papel fundamental en el control económico; la Guerra Fría constituye un buen ejemplo de ello. Los medios de comunicación occidentales han hecho eco de los intereses que representan y existe un contraataque mediático constante contra todo lo que provenga del territorio ruso, incluida la cultura. A partir de ello, desde la invasión se ha prohibido la participación rusa en concursos artísticos, festivales de cine, literatura y artes escénicas. México es uno de los pocos países donde a nivel oficial no se ha establecido un veto cultural declarado, pero aun así instituciones como la Feria Internacional del Libro de Guadalajara han roto relaciones con editores provenientes de Rusia. ¡Que hipocresía tan grande! ¿Por qué durante toda la operación Cóndor orquestada por Estados Unidos en América Latina no se protestó o se hizo algo al respecto? 

Resulta necesario remarcar que quien está pagando esta clase de medidas no es Putin ni la alta burguesía que está detrás de la guerra, sino las trabajadoras y trabajadores del arte, quienes ven afectados sus medios de ingreso a partir de estas cancelaciones y despidos. Por otro lado, la manipulación mediática hace gala de un cinismo e hipocresía mayúsculos, pues evidentemente no tiene interés alguno en construir narrativas generalizadas en contra de la guerra; de ser así, Estados Unidos y la Unión Europea resultarían censurados por completo. Ante la devastación producida en países de América Latina, Yemen, Siria, Afganistán, República del Congo –por mencionar poquísimos ejemplos–, la mediatización se centra en construir justificaciones; todo lo contrario a lo que sucede actualmente con la invasión del territorio ucraniano.

Más allá de una cuestionable medida de presión hacia el gobierno ruso, ¿qué objetivo persiguen estas disposiciones? La guerra es una continuación de la política económica capitalista y se legitima de diversas maneras; una de ellas es a nivel de discurso. El veto no implica únicamente que la gente no consuma cultura del bando contrario, sino un esfuerzo por convencer a la población de que el bloque ruso representa lo “malo”, el “otro”, lo “cancelable”, frente a lo “bueno”, el “yo” con el cual se puede identificar, y de esta forma tomar partido frente a un adversario falaz determinado por la nacionalidad, en lugar de visualizar claramente al enemigo real, el cual radica en la clase, o sea en las diversas burguesías nacionales como imperialistas.  

La carta del nacionalismo y del chovinismo se usa una vez más, mientras el pueblo ruso y el ucraniano son oprimidos en la misma medida por los intereses económicos de la burguesía. La patria representa una categoría imaginaria que justifica la masacre entre trabajadores, independientemente de su nacionalidad.

Por supuesto, la invasión de Rusia es un acto deplorable cuyas consecuencias serán pagadas por la clase trabajadora rusa, ucraniana y del resto del mundo. De la misma forma, el alcance de la OTAN resulta nauseabundo e indignante; en el fuego cruzado quedan miles de personas desplazadas, refugiadas y asesinadas. Vetar la cultura rusa del mundo occidental resulta peligroso no únicamente por sus implicaciones discursivas, sino porque de esta forma se le otorga más poder a un aparato como los medios de comunicación y las instituciones “culturales” al servicio quienes únicamente protegen los intereses propios de su clase. Algunos países, como el Estado Español, han declarado que los artistas rusos tienen cabida en su agenda cultural, siempre y cuando se posicionen no sólo en contra de la guerra, sino de Putin, lo cual expone claramente el objetivo de estas medidas.

Limitar el alcance de las diversas manifestaciones del arte en un momento de guerra como el actual representa una atrocidad reaccionaria, al margen de lo que conlleva políticamente. Los periodos bélicos a lo largo de la historia han tenido un impacto muy profundo en el terreno artístico, y las obras que se desprenden de esas etapas tienen una gran resonancia con la población en general; el hambre, la muerte, la tristeza, el dolor y el exilio representados a través del arte permiten la catarsis necesaria para traducir la experiencia de esta barbarie y sanar un poco las consecuencias de la política de muerte llevada por las altas esferas de poder.

Por eso, cancelar los conciertos de Anna Netrebko, las presentaciones del Ballet Bolshoi o impedir la entrada editorial de la literatura rusa es una decisión que, además de resultar incongruente, afecta profundamente el entendimiento que se pueda tener del panorama actual, y pone de nuevo en tela de juicio el alcance mediático y las narrativas occidentales a través de las cuales se ejerce un control por parte de las clases dominantes ¡Las y los oprimidos no tenemos patria! 


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