El pasado 4 de julio se desarrollaron elecciones en 14 estados; en 12 de ellos se disputaron las gubernaturas. Para Calderón y para el PAN dichas elecciones se presentaban como una posibilidad de recuperar algo del terreno perdido pues después del fraude lectoral del 2006 han ido de fracaso en fracaso electoral. Tan sólo entre las elecciones federales del 2006 y las del 2009, Calderón y el PAN ya habían perdido más de 5 millones 250 mil votos.

La bancarrota electoral del PAN se ha vuelto en una realdad estrujante para Calderón, misma que ha contribuido a debilitar su administración y a hacerla cada vez más dependiente del PRI. Por ejemplo, la composición de la Cámara de Diputados federal pasó de los 206 curules ganados en 2006 por el PAN a los apenas 143 logrados en las elecciones del 2009; el caso del PRI durante ese procesos fue el contrario, escalando de las 121 a las 237 diputaciones durante ese mismo periodo. El PRI, dada la dependencia de Calderón hacia este partido, ha vendido muy caro los favores al gobierno, subordinado su apoyo a su objetivo de posicionarse para su regreso a la Residencia de Los Pinos tras las elecciones del 2012. Ello ha acarreado una serie de choques internos en el PAN pues el ala del ex presidente Fox no está dispuesta a ceder la presidencia. Pero Calderón no ha tenido otro remedio: o acepta los términos impuestos por el PRI o simplemente no gobierna.

El problema es que para Calderón ese panorama se ha complicado aun más tras las elecciones del pasado 4 de julio, pues de las 12 gubernaturas en disputa nueve fueron ganadas por el PRI. Por su parte la alianza PAN y el PRD festejan que le hayan ganado a dicho partido tres estados (Oaxaca, Puebla y Sinaloa) sin embargo por su parte el PRI les arrebató al PAN Aguascalientes y Tlaxcala, además de Zacatecas al PRD.

Si bien las alianzas electorales con la izquierda se presentaron como una medida para tratar de revertir en algo la bancarrota electoral del PAN y otorgarle con ello mayor estabilidad a Calderón, el resultado ha sido el contrario (ya se comenta, por ejemplo, la posible salida de Gómez Mont de la Secretaría de Gobernación) pues Calderón se verá obligado a tolerar un control aun mayor por parte de un PRI el cual considerará como un recta final en su carrera por la silla presidencial los dos años restantes antes de las elecciones del 2012.

Por otra parte la fracasada estrategia que apoyaron Jesús Ortega y Camacho Solís para el DIA (PRD, PT y Convergencia) en auxilio del régimen, ha tenido un costo muy alto para la izquierda partidaria, en especial para el PRD, la cual a pesar de los casos de Puebla y Oaxaca no registró ningún avance trascendente en las pasadas elecciones y por el contrario perdió Zacatecas.

Los resultados del pasado 4 de julio parecieran ratificar la tendencia electoral que ha favorecido desde el 2007 a la fecha al PRI y sus aspiraciones de regresar a Los Pinos, sin embargo cuando miramos las cosas de manera detenida nos damos cuenta que en realidad la ecuación no es tan simple. En el 2006 las autoridades celebraron como un gran triunfo el que el abstencionismo haya sido del 41%, sin embargo este resultado no sólo no se ha repetido en los posteriores procesos electorales sino que además se ha agudizado teniendo como media el 50% en la asistencia las urnas. Y el caso del pasado 4 de julio no sólo no fue la excepción, sino que incluso expresó una tendencia aún más aguda pues en Tamaulipas, Chihuahua y Quintana Roo el abstencionismo fue del 74, 70 y 65% respectivamente. Casos contrarios fueron los de, por ejemplo, Puebla (43%) y Sinaloa (42%) donde la baja participación representó menores índices. La cuestión es que a pesar de estos últimos ejemplos, la tendencia abstencionista no se modificó sino que por el contrario arrojó resultados que indican una mayor profundización.

Muchos analistas atribuyen al pánico generado por las bandas de narcotraficantes el grado de abstencionismo registrado en Chihuahua y Tamaulipas; no hay que olvidar incluso que el candidato original del PRI a la gubernatura de éste último estado, Rodolfo Torre Cantú, fue asesinado unos días antes del 4 de julio. Si bien en parte eso es cierto, dicho argumento está lejos de agotar el análisis pues las motivaciones para no ir a votar por parte de un sector importante de las masas también expresa el desprestigio del sistema electoral y de los partidos que participan, así como la desesperanza ante el régimen por parte de millones.

Decir que las bandas del narco son los responsables de los altos índices de abstencionismo es tratar de ocultar el sol con un dedo y distraer la atención sobre un problema de mucho calado y preocupante para la burguesía: el sistema electoral, importantísima herramienta de legitimización del Estado burgués, cada vez está más en entre dicho ante las masas. Es cierto que en Chihuahua y Tamaulipas la actividad del narco es apabullante, teniendo ello un cierto impacto en la baja asistencia a las urnas en esta clase de casos ¿pero Sinaloa, donde se registró uno de los índices de abstencionismo más bajos, a caso no es la sede del poderoso cartel capitaneado por el Chapo Guzmán, uno de los mil hombres más ricos del mundo de acuerdo a la revista Forbes? Este último caso por sí mismo ya impone sobradas dudas sobre las tesis que tratan de explicar el alto índice de abstencionismo registrado el pasado 4 de julio teniendo al narco como el principal factor.

El sistema electoral está en franca crisis y por ello los resultados no representan ninguna garantía firme como para que los priístas se sientan confiados. De los 30 millones de mexicanos convocados a las urnas el pasado 4 de julio, sólo respondieron al llamado el 50% de ellos, de entre los cuales aproximadamente sólo 6 millones 380 mil otorgaron su voto al PRI; es decir, solamente la quinta parte del total del padrón electoral de los 14 estados que estuvieron en contienda. Esta ha sido la norma en las pasadas elecciones y sobre esta es la base en la que el PRI ha experimentando su recuperación electoral desde 2007 a la fecha. Dicho de otra manera, ¡el PRI está ganando las elecciones con la mayoría de la minoría que acude a las urnas! Dicha realidad, por consecuencia, no otorga ninguna clase de certidumbre sólida al PRI pues, pues el abstencionismo, el cual bajo las condiciones actuales tampoco se puede explicar solamente como producto del hecho de que los “sectores mas atrasados no votan”, también es una expresión del descredito del régimen entre las masas y por consecuencia de las fuertes tensione sociales que sacuden a estas.

Vivimos un ambiente muy volátil producto de la polarización social, en el cual se puede esperar toda clase da cambios brusco y repentinos. Lejos está de haberse dicho la última palabra respecto al posible retorno del PRI al poder; y lejos también está la posibilidad de que dicho retorno, en caso de suceder, no se desarrolle en un contexto de más choques y crisis al interior y entre los partido clásicos de la burguesía, el PAN y el PRI, así como de mayor efervescencia y polarización social, traduciéndose todo ello en mayor inestabilidad entre las clase y debilidad para el régimen.

Ese giro a la izquierda tendrá que incluir una ruptura total con los gobiernos emanados las alianzas electorales PAN-PRD en Puebla y en Oaxaca. En ambos casos se tratará de administraciones sumamente controladas por el PAN y las cuales no se atreverán a tomar ninguna medida mas allá de migajas para solucionar los problemas que laceran a estos que son dos de los estados con más pobres en todo México.

La Jornada del pasado 2 de junio, la campaña electoral fue apoyada por connotados priistas como los ex gobernadores de Oaxaca José Murat, Diódoro Carrasco y Heladio Ramírez. También lo apoyaron el senador Francisco Labastida y otro ex gobernador, Juan S. Millán. Lo que en el fondo pretenden estos priístas es tirar lastre (Ulises Ruiz, actual gobernador del estado y las implicaciones que habría tenido el triunfo electoral del candidato de éste último) para que en esencia todo continúen igual en Oaxaca.

Ese giro a la izquierda que se necesita para que el PRD y el DIA puedan movilizar masivamente a su base de apoyo hacia las urnas en el 2012 para cerrarle el paso al PRI, e incluso al PAN, no vendrá de parte del ala de derechas perredista que tiene bajo su control al partido, ni tampoco de Camacho Solís. Esta clase de dirigentes no son más que un instrumento al servicio de Calderón. Es por ello que para cerrarle el paso al PRI y luchar al mismo tiempo contra el PAN, la lucha también consiste en organizarnos para expulsar a los Ortega y Camacho Solís de la dirección de los partidos de izquierda para rescatar al PRD y al DIA y ponerlos bajo el control de los militantes de base y al servicio del los trabajadores.

 


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