Mujer

Después de las grandes movilizaciones del 8M de 2020, y la continuidad de estas en 2021 (inclusive tras la pandemia) se ha demostrado la gran fuerza del movimiento feminista llenando las calles, de la CDMX y de los diversos estados de la República Mexicana. Esto ha reflejado no solamente que la violencia machista no ha parado ni ha estado en cuarentena, sino por lo contrario, se ha recrudecido. La necesidad de avanzar en una lucha organizada contra el feminicidio, las precariedades que vivimos y toda la violencia machista e institucional a la que nos enfrentamos las mujeres de la clase trabajadora, que somos las que pagamos todas las facturas de este sistema patriarcal, es porque sólo la lucha constante y combativa en las calles nos permitirá alcanzas nuestras demandas.

En diciembre de 2018, una compañera de Libres y Combativas e Izquierda Revolucionaria fue sobreviviente de un ataque machista en el que fue secuestrada, robada y violada en la Alcaldía de Iztapalapa. A partir de entonces, comenzamos una campaña política firme y tenaz exigiendo justicia para nuestra compañera y el resto de víctimas. Sin embargo, como muchas más nos enfrentamos al machismo y la negligencia institucional que nos confirmó que la única manera de obtener justicia es con la lucha y la organización.

Las y los abajo firmantes exigimos justicia para nuestra compañera V., violada, secuestrada y robada el pasado 20 de diciembre de 2018. Tras dos años de doloroso proceso en el que hemos sufrido la complicidad criminal de las instituciones y su negligencia, finalmente enfrentaremos una audiencia este 25 de marzo de 2021.

Este 8 de marzo miles de mujeres trabajadoras y jóvenes, brillando con luz propia, hemos vuelto a llenar las calles de la CDMX y en cada Estado del país. Una vez más, demostramos que ni la pandemia ni el machismo frena nuestra lucha y mucho menos nuestra movilización. Salimos a denunciar que a un año de iniciada la primera cuarentena los motivos para luchar no sólo siguen presentes, sino que se han extendido.

Este 5 de marzo se cumplen 150 años del nacimiento de Rosa Luxemburgo, la marxista intransigente que desafió a la dirección de su propio partido, que levantó la bandera del internacionalismo proletario, que jamás cedió a las presiones de sus adversarios por muy fuertes que fuesen, pagó su lealtad a los trabajadores con el ostracismo, la prisión y la muerte.

Los avances científicos y tecnológicos dentro del sistema capitalista desarrollan nuevas formas de explotación laboral; y la misma lógica siguen los deseos en dicho sistema, estos se vuelven objetos, nuevas mercancías de consumo para quien pueda pagar por ellas. Estas son algunas primicias sobre las que se mueve la llamada “maternidad subrogada”, nombre que la moral burguesa utiliza para ocultar la industria lucrativa de gestar la vida sobre los cuerpos de las mujeres de la clase trabajadora, los llamados vientres de alquiler.

La opresión sufrida por el colectivo trans, sistemática y brutal bajo el sistema capitalista, ha sido ocultada conscientemente por los defensores de la moral y el orden establecido. Incluso ahora, cuando existe una sensibilidad social creciente para defender los derechos trans, se escuchan barbaridades tránsfobas provenientes de la derecha más reaccionaria y, lamentablemente, también de sectores del feminismo acomodado e institucional.

En todos los rincones del país las mujeres trabajadoras están poniendo su sello a las luchas que protagonizan. Desde la guerra contra los megaproyectos de muerte en sus comunidades, formando autodefensas contra el narcotráfico, parando los ranchos para exigir el pago de salario hasta las huelgas por aumento salarial, contra los despidos y por democracia sindical, las vemos en primera línea y en cada faena.

En 1910, la dirigente marxista Clara Zetkin presentó ante la Segunda Conferencia de Mujeres Socialistas la propuesta de establecer el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, y conmemorar así la lucha de miles de mujeres que en distintas partes del mundo impulsaban una batalla encarnizada contra un sistema que ejercía (y sigue ejerciendo) una brutal opresión de clase unida a la de género.

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